Otavalo, 29 de agosto de 2025

Querida Dorys:

Te escribe el Carbunco de Cotopaxi.

No el de Otavalo.

Ese ya se hizo famoso.

Yo sigo viviendo entre el páramo, la neblina y esos caminos donde el viento todavía sabe guardar secretos.

Te escribo porque últimamente me ocurre algo bastante preocupante.

La gente ha dejado de reconocer a los espantos.

Hace no muchos años bastaba que apareciera junto a un sendero para que un viajero apretara el paso, abandonara la carga o empezara a rezar.

Ni siquiera tenía que esforzarme.

Un gruñido.

Un destello del diamante.

Y asunto resuelto.

La semana pasada vi subir a unos excursionistas.

Esperé detrás de una loma hasta que estuvieron cerca.

Entonces aparecí con toda la solemnidad que merece una criatura de mi categoría.

Uno de ellos me vio.

Yo pensé:

«Ahora sí».

Pero el hombre sonrió, sacó el celular y gritó:

—¡Vengan a ver este perrito!

Todavía me cuesta escribir esa palabra.

No soy un perrito.

Soy el Carbunco.

Tengo siglos de experiencia espantando caminantes.

Otro quiso acariciarme.

Un tercero preguntó si mordía.

Y una muchacha aseguró que seguramente me había escapado de alguna hacienda.

Decidí marcharme.

Hay momentos en que la dignidad pesa más que el orgullo.

Lo que más me preocupa no es la falta de respeto.

Es el olvido.

Antes la gente conocía las historias de los caminos.

Sabía distinguir un espanto de un perro y una advertencia de una simple sombra.

Ahora conocen todas las claves del Wi-Fi, pero ya no reconocen un Carbunco cuando lo tienen delante.

Aun así, sigo haciendo mis recorridos.

Alguien tiene que vigilar los senderos del páramo.

Alguien tiene que recordar que la neblina todavía guarda antiguos habitantes.

Y, aunque algunos excursionistas me confundan con una mascota perdida, sigo siendo el mismo.

El diamante continúa brillando.

Los colmillos siguen donde siempre.

Y todavía hay caminantes que, al verme surgir entre la niebla, aprietan el paso sin mirar hacia atrás.

Son pocos.

Pero bastan para recordarme que las leyendas no desaparecen mientras alguien siga creyendo en ellas.

Con un gruñido respetuoso,

El Carbunco de Cotopaxi

P. D. Si algún día subes al páramo y me encuentras, no me pidas una selfie. Con un saludo respetuoso será suficiente.

 Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026

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