Era viernes por la noche.

Y yo había salido a recuperar mi prestigio.

Había escuchado que en un café, en el centro de Riobamba, celebrarían una velada dedicada a las leyendas ecuatorianas.

Pensé que había llegado mi momento.

Después de tantos siglos, era justo que alguien hablara del Cuco.

Llegué con la solemnidad que corresponde a un espanto respetable.

El lugar estaba lleno.

Había mesas ocupadas, tazas humeantes y un pequeño escenario iluminado.

Desde la puerta se escuchaban guitarras, aplausos y conversaciones en voz baja.

El guardia me observó de arriba abajo.

—Buenas noches.

—Buenas.

—Adelante.

Qué buena capa.

—No es una capa.

Es tradición.

El guardia sonrió.

—Mejor todavía.

Entré convencido de que, en cualquier momento, alguien anunciaría mi nombre.

Tomé asiento en la última fila.

El presentador comenzó la velada.

—Esta noche celebraremos nuestras leyendas.

Sonreí satisfecho.

Empezó hablando del Duende.

Después de la Sirena.

Luego del Carbunco.

Más tarde de la Viuda.

Esperé.

Seguro me estaban guardando para el final.

Pero siguieron las canciones.

Los poemas.

Las anécdotas.

Y mi turno nunca llegó.

Confieso que aquello me dolió un poco.

Al terminar la primera parte, pedí un café.

El mesero lo dejó sobre la mesa.

—¿Le está gustando el programa?

—Más o menos.

—¿Qué le falta?

—El Cuco.

El muchacho sonrió.

—Todavía falta la narración de cierre.

Volví a sentarme.

Una mujer subió al escenario.

No llevaba disfraces.

Ni efectos especiales.

Solo un libro entre las manos.

Esperó unos segundos.

Y comenzó a leer.

—Cuando era niño, mi abuelita apagaba la luz y decía:

«Duérmanse pronto, porque esta noche puede venir el Cuco».

Levanté la cabeza.

Continuó.

No habló de monstruos ni de gritos.

Habló de las noches de infancia.

De las abuelas.

De los cuentos antes de dormir.

De esos miedos que desaparecían apenas alguien encendía una lámpara.

Al terminar la lectura, el público guardó unos segundos de silencio.

Después comenzaron los aplausos.

Nadie me había visto.

Pero todos acababan de recordarme.

Permanecí sentado mientras el café se enfriaba.

Entonces comprendí algo que había tardado siglos en aprender.

Las leyendas no viven en los bosques.

Ni debajo de las camas.

Ni siquiera en la oscuridad.

Viven en la memoria de quienes vuelven a contarlas.

Cuando terminó la velada salí a la calle.

Riobamba seguía despierta.

Las luces iluminaban las aceras.

Caminé despacio.

Ya no tenía prisa por recuperar mi fama.

Al doblar la esquina escuché a una madre decirle a su hija:

—Cuando lleguemos a la casa te voy a contar un cuento que me contaba tu abuelita.

Sonreí.

Me acomodé la capa.

Y seguí mi camino.

Porque comprendí que, mientras alguien siguiera contando una historia al caer la noche…

el Cuco siempre encontraría una puerta abierta para volver a entrar.

Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.

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