
Hay puertas que no se abren de inmediato.
Nos detenemos frente a ellas.
La mano se acerca.
Se detiene.
Permanece allí unos segundos.
Después, por fin, la puerta se abre.
Quien pasa junto a nosotros apenas repara en la escena.
Parece una vacilación cualquiera.
Un instante sin importancia.
Pero las decisiones importantes casi nunca hacen ruido.
Mientras permanecemos inmóviles, por dentro la conversación continúa.
Una parte de nosotros dice que ya es hora de entrar.
Otra pide esperar un poco más.
Una recuerda todo lo que dejamos atrás.
Otra mira lo que podría haber al otro lado.
Nadie escucha esa conversación.
Ni siquiera nosotros.
Solo sentimos que avanzar deja de ser un movimiento del cuerpo.
La misma escena se repite.
Cuando escribimos un mensaje y lo borramos antes de enviarlo.
Cuando estamos a punto de pedir perdón.
Cuando aceptamos un trabajo.
Cuando decidimos quedarnos.
O cuando llega el momento de marcharnos.
Hay días en que pareciera que dentro de nosotros hablan varias voces.
Cada una con sus razones.
Cada una con sus temores.
Cada una convencida de tener la razón.
Quizá por eso algunas decisiones tardan tanto.
No porque nos falte voluntad.
Sino porque, antes de dar un paso, necesitamos escucharnos.
Las puertas siguen siendo las mismas.
Nos detenemos frente a ellas.
La mano vuelve a acercarse.
Se detiene.
Tal vez nunca estuvimos dudando.
Tal vez solo nos estábamos escuchando.
Dorys Rueda, Reflexiones, Volumen 3, obra inédita.
