
Querida Dorys:
Créame cuando le digo que ya no sabemos qué hacer.
Las ánimas benditas estamos atravesando una crisis bastante seria.
Antes bastaba una cadena arrastrándose en mitad de la noche, una sombra cruzando lentamente un corredor o una puerta abriéndose sola para provocar rezos, desmayos y hasta mudanzas apresuradas.
Ahora no.
Ahora una puede aparecerse con toda la dignidad posible y la gente apenas murmura:
—Debe ser un problema eléctrico.
No es fácil para nosotras, Dorys.
Hace poco decidí que, si quería seguir causando algún tipo de impresión, debía comenzar a visitar escenarios más modernos.
Mi primera aparición contemporánea ocurrió en la Asamblea Nacional.
Elegí cuidadosamente el despacho de un asesor legislativo que trabajaba solo hasta tarde. Organicé un viento helado impecable, hice parpadear las luces, moví carpetas importantes y hasta arrastré unas cadenas con un eco digno del más allá.
Una aparición perfecta.
¿Y sabe qué hizo el hombre?
Ni siquiera se asustó.
Levantó apenas la cabeza, me miró con agotamiento y dijo:
—Señora, con todo respeto… aquí ya convivimos diariamente con cosas mucho más aterradoras.
Después siguió revisando contratos con absoluta tranquilidad.
Qué tristeza, Dorys.
Pero aquello no fue lo peor.
Una amiga ánima, bastante antigua y muy chismosa, me recomendó cambiar de escenario.
—Pruebe en Carondelet —me dijo—. Ahí la gente ya está acostumbrada a convivir con apariciones.
Y fui.
Debo reconocer que aparecerse en la Casa Presidencial exige cierta categoría espectral. Me deslicé lentamente por los corredores, hice temblar unas lámparas antiguas y provoqué una corriente helada verdaderamente memorable. Hasta logré abrir sola una puerta de madera que pesaba más que mis propios pecados.
Entonces un funcionario salió de una reunión nocturna y me vio flotando frente al pasillo.
Por un instante pensé:
“Ahora sí. Aquí sí vendrá el verdadero espanto”.
Pero el hombre apenas suspiró, acomodó la corbata y dijo:
—Otra aparición… Deben estar cerca las elecciones. Últimamente aquí aparecen promesas, alianzas, auditorías, planes emergentes y candidatos arrepentidos a cualquier hora de la noche. A estas alturas, señora, ya nadie sabe cuáles espectros pertenecen al más allá y cuáles están todavía en funciones públicas.
Y siguió caminando.
Comprenderá mi preocupación.
Si ni siquiera en la Asamblea Nacional o en Carondelet logramos asustar a alguien, las ánimas benditas estamos quedándonos sin prestigio.
Desesperada, fui hace unos días hasta San Juan a conversar con una vieja ánima y le conté lo que estaba ocurriendo.
Ella escuchó pacientemente, acomodándose el manto transparente que lleva puesto desde 1900 y después me dijo:
Tal vez necesitamos a alguien que todavía se tome en serio a nosotras, las aparecidas.
Y mencionó su nombre.
—Es la señora que anda modernizando espantos ecuatorianos —me explicó—. La única que se sienta a conversar con viudas, sirenas, carbuncos y ánimas sin pedir primero agua bendita, certificado parroquial o una foto para subirla a redes.
Debo admitir que al principio pensé que exageraba.
Pero luego escuché que la Viuda ya está metida en política, los duendes usan TikTok, las brujas venden escobas por internet, ciertos fantasmas ya trabajan como asesores de campaña y hasta el Diablo anda ofreciendo pactos en cómodas cuotas mensuales.
Mientras tanto, nosotras seguimos arrastrando cadenas desde el siglo XIX como si el miedo no hubiera evolucionado.
Entonces decidí escribirle esta carta.
Anoche vine personalmente a dejarla.
La encontré frente a la computadora, escribiendo sobre presencias que no pertenecen a este mundo, mientras tomaba café con una tranquilidad tan natural que, por un instante, pensé que quizá los vivos ya se habían acostumbrado demasiado a convivir con nosotras.
Intenté anunciar mi presencia con cierta dignidad. Hice descender un frío suave detrás de su nuca, moví apenas la cortina y provoqué un leve crujido en el escritorio.
Nada.
Ni siquiera levantó la mirada.
Por un instante pensé en atravesar directamente la pantalla del computador para provocarle un verdadero susto, pero tuve la sospecha de que usted simplemente asumiría que se trataba de alguna falla tecnológica, una actualización extraña o uno de esos errores digitales que hoy consiguen angustiar más a los vivos que a los muertos.
Así que dejé esta carta sobre el escritorio y me marché sin hacer ruido. Usted siguió escribiendo sin notar que acababa de recibir correspondencia de la otra vida.
Por eso necesito su ayuda, Dorys.
Necesito que escriba una historia donde todavía podamos provocar aunque sea un poco de miedo… un miedo elegante, moderado y compatible con los tiempos modernos. Algo que haga mirar dos veces un corredor vacío, desconfiar de un ruido en la madrugada o sentir un pequeño escalofrío cuando las luces parpadeen sin explicación.
No aspiramos ya a los desmayos colectivos ni a las procesiones con agua bendita. A estas alturas nos conformaríamos con que alguien cierre una ventana un poco más rápido o mire de reojo el reflejo de un espejo antes de dormir.
Qué tiempos estos, Dorys.
Antes los vivos nos tenían miedo a nosotras.
Ahora parece que comenzaron a superarnos.
Y eso empieza a preocuparnos seriamente en el más allá.
Con afecto espectral,
El Ánima Bendita.
