Hoy asistí a un pequeño concierto.

El lugar estaba lleno de jóvenes que cantaban con entusiasmo. Algunos conocían cada letra. Otros seguían el ritmo con las manos. Otros simplemente sonreían.

Yo disfrutaba del espectáculo cuando, entre una canción y otra, alguien pasó junto a mí, sonrió y me dijo:

—Hola, dama de las leyendas.

Confieso que me hizo sonreír.

No porque fuera un nombre especial.

Sino porque, por un instante, pensé en el largo camino que recorren las historias.

Mientras regresaba a casa seguía recordando ese saludo.

A veces creemos que las historias terminan cuando dejamos de contarlas.

A veces pensamos que se quedan encerradas en un libro o en una página de internet.

Y, sin embargo, siguen viajando.

Pasan de una persona a otra.

Se quedan en la memoria.

Cambian un poco con cada voz.

Y un día aparecen donde menos las esperamos.

Entonces comprendí que las historias nunca nos pertenecen del todo.

Solo las cuidamos durante un tiempo.

Después continúan su camino.

Y quizá ahí resida su verdadera belleza.

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