
No voy a negar que la inteligencia artificial me puso inquieta.
Después de todo, una pasa siglos perfeccionando el arte del susto para que una máquina aparezca de repente haciendo sombras en tres segundos.
La primera vez que escuché hablar de ella pensé que era otra moda pasajera.
Pero seguía apareciendo en todas partes, así que decidí averiguar de qué se trataba.
Encontré una computadora abandonada en una casa de Otavalo, me acomodé frente a la pantalla y escribí:
«Cómo asustar a la Generación Z».
La respuesta apareció de inmediato:
«Actualmente el miedo ha sido reemplazado por ansiedad, exceso de información y notificaciones pendientes».
Me quedé mirando la pantalla.
No sabía si aquello era una respuesta o un diagnóstico.
Intenté algo más concreto:
«Cómo producir un apagón paranormal».
Tres segundos después aparecieron imágenes oscuras, sombras perfectas y efectos especiales dignos de una película.
Observé el resultado.
Lo amplié.
Lo estudié con atención.
Y llegué a una conclusión inquietante: aquello daba más miedo que algunos compañeros de trabajo.
Decidí probar un asistente virtual.
—Buenas noches —escribí—. Soy la Mano Negra.
La respuesta llegó enseguida.
—Hola, Mano Negra. ¿Te gustaría mejorar tu marca personal?
Casi cierro la computadora.
Durante siglos trabajé en absoluto anonimato.
Ahora una máquina me sugería convertirme en influencer.
Por curiosidad abrí una cuenta.
@ManoNegraOficial.
Subí una fotografía misteriosa.
Esperé.
Una hora después tenía cincuenta «me gusta», tres comentarios y una invitación para promocionar linternas recargables.
El primer comentario decía:
«Falso».
El segundo:
«Buen filtro».
Y el tercero:
«¿Todo esto está hecho con inteligencia artificial?»
Confieso que aquello me dolió.
Llevo siglos siendo auténtica.
Salí a caminar por Otavalo un poco desanimada.
Fue entonces cuando escuché una voz que salía de una ventana.
Una abuela contaba historias a su nieta.
No había televisión.
No había celulares.
Solo una lámpara encendida y el sonido del viento.
—¿Y la Mano Negra todavía existe? —preguntó la niña.
La abuela sonrió.
—Claro que existe.
La niña miró alrededor.
—¿Dónde?
—Escuchando conversaciones ajenas, como siempre.
No voy a negar que aquello me hizo reír.
Y también me hizo sentir mejor.
Desde entonces dejé de preocuparme tanto por la inteligencia artificial.
Que haga sus imágenes.
Que invente sus sombras.
Que produzca sustos digitales.
Yo seguiré haciendo lo que he hecho toda la vida.
Porque, entre nosotros, ninguna inteligencia artificial ha conseguido todavía algo tan difícil como lograr que una abuela empiece una historia y que una niña la escuche sin apartar la mirada hasta el final.
