
Durante años, Don Giga caminó por las faldas del Imbabura convencido de que la parte más difícil de ser gigante era cargar tanto tamaño.
Estaba equivocado.
La parte más difícil era soportar a los turistas.
Al principio todo parecía inofensivo.
Una fotografía por aquí.
Otra por allá.
Una pregunta sobre leyendas.
Un saludo.
Nada grave.
Pero la situación comenzó a complicarse.
Una mañana una pareja le pidió que señalara el lago para una foto.
A la siguiente semana, un muchacho le preguntó si podía repetir la pose porque había salido con los ojos cerrados.
Y un domingo una señora le entregó su celular y le dijo:
—Póngase un poco más hacia la izquierda.
—¿Así?
—No. La otra izquierda.
Aquello fue humillante.
Por eso una mañana decidió escapar.
Bajó temprano hasta la orilla del Lago San Pablo.
No había turistas.
No había cámaras.
No había nadie.
Se sentó sobre una roca y respiró tranquilo.
El lago estaba sereno y el viento apenas movía el agua.
—Por fin un poco de paz —murmuró.
Duró exactamente siete minutos.
Dos visitantes aparecieron por el sendero.
Lo vieron.
Se detuvieron.
Y comenzaron a conversar.
—Mira.
—¿Qué?
—El gigante.
—¡Qué suerte tenemos!
Don Giga cerró los ojos.
Sabía perfectamente lo que venía.
—¿Nos permite una fotografía?
—Adelante —respondió resignado.
La pareja se acomodó frente al lago.
Tomó varias fotografías.
Después otras más.
Y finalmente una tercera serie.
Don Giga pensó que habían terminado.
Pero no.
—¿Le podemos pedir un favor?
—Depende.
—¿Podría mirar hacia el horizonte como si estuviera reflexionando sobre la vida?
El gigante permaneció en silencio.
—¿Y si pone cara de sabiduría ancestral?
—No sé cuál es esa cara.
—La de las personas que entienden cosas profundas.
Don Giga miró el lago.
Luego miró a los turistas.
Después volvió a mirar el lago.
—Si supiera tantas cosas profundas, no estaría aquí posando desde hace veinte minutos.
La pareja no entendió el comentario.
Pero igual tomó otra fotografía.
Cuando finalmente se marcharon, el gigante volvió a quedarse solo.
O al menos eso creyó.
Poco después apareció un niño.
Lo observó unos segundos y preguntó:
—¿Usted sale en Google Maps?
—No que yo sepa.
—Debería.
—¿Por qué?
—Porque todo el mundo viene a buscarlo.
El niño parecía completamente convencido.
Luego señaló el lago.
—Mi papá dice que usted es parte del paisaje.
Aquella frase lo dejó pensando.
Parte del paisaje.
Durante años había caminado por montañas, senderos y quebradas.
Siempre creyó que observaba el mundo desde arriba y ahora resultaba que el mundo también lo observaba a él.
El niño se despidió y siguió caminando.
Don Giga permaneció junto al lago hasta el atardecer.
Miró el agua.
Miró el Imbabura.
Miró las pequeñas embarcaciones que cruzaban el lago.
Y pensó que su vida no era tan mala.
Al fin y al cabo, las leyendas existen para que alguien las recuerde, aunque a veces eso implique posar para demasiadas fotografías.
Desde entonces sigue visitando el Lago San Pablo para descansar.
Nadie le cree.
La semana pasada una señora le pidió que sostuviera el sol entre los dedos para una foto.
Y él, con alegría, aceptó.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.
