La cita era a las cinco, en lo alto del Panecillo, desde donde Quito se deja ver en todo su esplendor.

La idea era reunirse y esperar el Año Nuevo.

Las Brujas de San Roque llegaron primero, pero retrasadas.

Sus escobas se enredaron en los cables de los postes, formando una maraña aérea digna de una exposición de arte contemporáneo. Tras varios giros, algunos hechizos de emergencia y más de una palabra impronunciable, lograron aterrizar.

—Si los postes no aguantan —dijeron mientras se acomodaban los sombreros—, peor las escobas.

El Duende de Tumbaco llegó después, todavía nervioso.

Un amigo lo había dejado en motocicleta cerca del Cementerio de San Diego.

Apenas puso un pie en la vereda, intentaron secuestrarlo.

Cuando descubrieron que era un duende, los delincuentes pidieron disculpas y desaparecieron.

Pero la aventura no terminó ahí.

Unos metros más adelante casi cayó en una alcantarilla sin tapa.

—Todo eso me pasó en una sola cuadra —contó—. Uno sale de casa sin saber si vuelve caminando o convertido en estadística.

Los Fantasmas del antiguo Hospital San Juan de Dios llegaron tosiendo.

Venían cubiertos por una capa gris.

—¿Qué les pasó?

—Dos cuadras de tráfico.

—¿Y eso?

—Smog.

—Parece maquillaje.

—Ojalá fuera eso.

Poco después apareció Cantuña.

Venía de mal humor.

—Tres horas atrapado en un Uber.

—¿Desde dónde? —preguntó una bruja.

—Desde San Francisco y el conductor escuchó reguetón durante todo el viaje y discutió con ocho conductores, dos peatones y un semáforo.

La Sirena del Machángara fue la última en llegar.

Se dejó caer sobre una roca y, frunciendo el ceño, dijo:

—Hay conos por todas partes.

—¿Y las obras?

—Eso mismo me pregunto yo.

El grupo guardó silencio.

Desde lo alto, la ciudad brillaba entre luces, tráfico y bocinas lejanas.

Finalmente habló una de las brujas.

—Alguien debería administrar mejor esta ciudad.

—Eso dicen todos los años —comentó un fantasma.

—Y cada cuatro años lo prometen otra vez —añadió otro.

Cantuña miró al duende.

—Tú deberías lanzarte a la alcaldía.

El Duende de Tumbaco casi se atragantó.

—¿Yo?

—Sí, tú.

—¿Qué hice ahora?

—Nada. Solo conoces Quito.

—Todos conocemos Quito.

—No es lo mismo —intervino Cantuña.

Los fantasmas asintieron.

—Nosotros flotamos.

—Las brujas vuelan.

—La sirena vive en el río.

—Pero tú caminas la ciudad.

La Sirena del Río Machángara levantó una mano.

—Y hablas con la gente.

—Eso también cuenta —dijo una bruja.

—¿Hace cuánto escuchan promesas sin soluciones? —preguntó Cantuña.

Nadie respondió.

La pregunta había resultado incómoda.

—Además —intervino un fantasma—, inauguran espacios que todavía no existen.
—Y, cuando algo sale mal, siempre le echan la culpa al administrador anterior —agregó otro.

Varias cabezas asintieron.

El Duende de Tumbaco empezó a sentirse observado.

—Tampoco hago milagros.

—Nadie te los está pidiendo —respondió la Sirena del Río Machángara.

—¿Y cuál sería tu primera obra? —preguntó Cantuña.

El Duende de Tumbaco pensó un momento.

—Caminar Quito completo.

Todos lo miraron.

—¿Y después? —preguntó una bruja.

—Recién después decidiría qué hace falta.

Hubo un silencio.

Uno bastante largo.

Finalmente, un fantasma habló.

—Definitivamente no parece político.

Las risas se escucharon hasta el centro histórico.

La decisión se tomó aquella misma noche.

Pedirían ayuda a la Confederación del Más Allá del Distrito.

Convocarían a fantasmas, brujas, sirenas, ánimas benditas, aparecidos y demás habitantes del otro mundo.

Todos colaborarían.

Todos reunirían firmas.

Todos harían campaña.

El Duende de Tumbaco observó la ciudad desde lo alto del Panecillo.

Después respiró hondo.

—Está bien.

—¿Aceptas? —preguntó Cantuña.

—Acepto.

Una de las brujas abrió el antiguo Libro de lo Sobrenatural.

El Duende de Tumbaco firmó.

No hubo discursos.

No hubo pancartas.

No hubo promesas.

Solo una firma y una vista completa de la ciudad.

Desde entonces circula un rumor por Quito.

Dicen que, cuando los vivos se cansan de esperar soluciones, el más allá empieza a organizarse.

Y que existe un candidato respaldado por fantasmas, brujas, sirenas y duendes.

Lo curioso es que todavía no tiene eslogan.

Y, según cuentan quienes estuvieron aquella noche en el Panecillo, tampoco tiene asesores.

Eso último fue lo que más confianza les dio.

 

Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.

error: Content is protected !!