
Los acuerdos se desgastan en todas partes.
Hace tiempo no era necesario firmarlo todo o enviar la captura de pantalla, por si acaso. Bastaba con la palabra:
“nos vemos mañana”,
“yo estoy ahí temprano”.
Ahora no.
Hoy confirmamos hasta lo obvio.
—“Entonces sí vienes mañana, ¿no?”
—“Sí, sí voy”.
—“¿Seguro?”.
—“Seguro”.
—“Porque la última vez me dejaste plantada y terminé saludando sola al mesero.”
—“Te dije que me compliqué. Ya me disculpé”.
—“Sí, tres horas después”.
—“Bueno, pero mañana sí voy, en punto”.
—“Está bien. Entonces me llamas cuando salgas”.
—“Ajá.”
—“Me avisas cuando llegues”.
—“Sí, te mando un WhatsApp”.
—“Y cuando te estaciones”.
—“…¿También?”
—“Sí, porque contigo uno nunca sabe si ya llegaste o sigues buscando parqueadero en otra provincia”.
—“Exagerada”.
—“Y me llamas cuando estés entrando”.
Y aun después de toda esa logística emocional, siempre queda una pequeña desconfianza respirando en silencio.
Porque ya no se rompen únicamente las grandes promesas. El desgaste aparece incluso en cosas pequeñas.
—“Estoy llegando”.
Uno se tranquiliza un poco, porque imagina que la persona aparecerá en cualquier momento.
Pasan los minutos.
Nada.
Entonces llama.
Y descubre que el “estoy llegando” en realidad quería decir: “recién estoy saliendo de la casa”.
O el clásico: —“En cinco minutos estoy. No te vayas, por favor”.
Una frase bastante difícil de entender. Puede significar diez minutos… o media eternidad.
Y qué decir del:
—“Ve tú primero y yo te alcanzo después”.
Una frase que casi siempre empieza con entusiasmo y termina con el celular vibrando.
—“Amor, surgió algo”.
Y ese “algo” rara vez viene explicado completo.
A veces es tráfico.
A veces un amigo que se apareció de la nada.
A veces una conversación que se alargó más de la cuenta.
O un compañero de la oficina que “solo lo invitó a una cerveza”.
Y así, entre una vuelta rápida que terminó siendo media ciudad y esa extraña facilidad humana para perder la noción del tiempo justo cuando alguien lo está esperando, los acuerdos van llegando cada vez más cansados.
Y no ocurre solo en las parejas.
Ese desgaste también aparece entre padres e hijos.
Los padres dicen:
—“Solo media hora en el celular”.
—“A las diez ya estás dormido”.
—“Hoy sí quiero ver ese cuarto ordenado”.
—“No dejes todo para última hora”.
—“Cuando llegues del colegio, primero haces los deberes”.
—“Y no me digas ‘ya voy’, porque llevo escuchando ese ‘ya voy’ desde hace veinte minutos”.
—“Esta vez sí vas a guardar la ropa donde corresponde, no en la famosa silla”.
—“Quiero la mochila lista desde hoy, no mañana cinco minutos antes de salir”.
Y los hijos también hacen sus propios acuerdos:
—“Solo voy a salir un ratito”.
—“La tarea ya casi está terminada”.
—“No me voy a dormir tarde”.
—“Mañana sí me levanto apenas suene la alarma”.
—“Solo voy a ver un video más”.
Y, aun así, la ropa sigue viviendo sobre la silla como si hubiera firmado contrato de arrendamiento, las tareas aparecen milagrosamente a última hora y ese “solo un video más” termina convirtiéndose en madrugada.
Tal vez por eso seguimos haciendo acuerdos, aunque sepamos que algunos llegarán tarde, otros cambiarán sobre la marcha y varios terminarán perdiéndose entre el cansancio, el tráfico y la vida diaria.
Porque, en el fondo, vivir con otros también consiste en eso:
en seguir creyendo que esta vez sí vamos a cumplir un poco más lo que prometemos.
