En 1989, leí por primera vez El Gran Gatsby.
Con una amiga escribimos un ensayo.
Aquel texto fue publicado y, sin saberlo entonces, marcó el comienzo de mi escritura.
Han pasado más de tres décadas.
Desde entonces he seguido leyendo y escribiendo.
Hoy vuelvo a la misma novela.
Pero ya no soy la misma lectora.
No regreso para darle la razón ni para desmentir a aquella joven que escribió su primer ensayo importante.
La novela sigue siendo la misma.
Quien ha cambiado soy yo como lectora.
Volver a Gatsby
Pocas novelas del siglo XX han ejercido tanta fascinación como El Gran Gatsby. Tradicionalmente se la ha leído como una crítica al sueño americano, una historia de amor imposible o el retrato de la sociedad estadounidense durante los años veinte. Todas esas lecturas encuentran sólidos fundamentos en la novela. Sin embargo, volver a ella después de muchos años permite descubrir otra posibilidad.
El Gran Gatsby también puede leerse como una novela sobre la relectura. Fitzgerald construye un relato que nos obliga a reinterpretar continuamente la identidad de su protagonista. James Gatz relee su propio pasado para convertirse en Jay Gatsby; Nick Carraway relee ese relato mientras intenta comprender quién fue realmente y, finalmente, cada lector recorre ese mismo camino al descubrir que ninguna lectura de la novela puede ser definitiva.
Desde esta perspectiva, la identidad deja de ser el punto de partida del análisis para convertirse en una consecuencia del propio acto de leer. Gatsby no aparece ante nosotros como un personaje completamente definido. Su identidad cambia a medida que cambia nuestra lectura de la novela.
Quizá allí resida una de las mayores originalidades de Fitzgerald. No solo construye un personaje complejo. Construye una novela que obliga al lector a revisar continuamente aquello que creía haber comprendido.
Volver a leer El Gran Gatsby significa descubrir que Fitzgerald nunca presenta a su protagonista de manera inmediata. Cuando la novela comienza, Jay Gatsby ya es un personaje rodeado de rumores. Antes de verlo, escuchamos hablar de él. Antes de conocer su historia, conocemos las versiones que otros construyen sobre ella.
En una primera lectura, esos rumores contribuyen principalmente a crear una atmósfera de misterio. Sin embargo, al volver sobre la novela adquieren un significado distinto. Fitzgerald no pretende únicamente despertar la curiosidad del lector. Está mostrando que toda identidad comienza siendo una interpretación.
Nadie sabe con certeza quién es Gatsby. En las fiestas se dice que había sido espía alemán, asesino o sobrino de un emperador. Cada invitado añade una nueva versión y ninguna consigue imponerse sobre las demás. Antes de convertirse en un personaje, Gatsby ya es un relato construido por quienes hablan de él.
Solo más adelante aparece la voz del propio protagonista. Gatsby ofrece a Nick una biografía perfectamente organizada: una familia acomodada del Medio Oeste, estudios en Oxford, condecoraciones militares y una fortuna heredada. Al principio, ese relato parece responder las preguntas planteadas en las primeras páginas. Una relectura, sin embargo, permite advertir algo diferente: Fitzgerald no sustituye unos relatos por otros. Los superpone.
La duda permanece.
El lector comprende entonces que la identidad de Gatsby nunca se ofrece como un hecho terminado. Se construye mediante relatos sucesivos que se corrigen, se contradicen y se completan unos a otros.
Ese procedimiento alcanza uno de sus momentos más reveladores cuando Nick descubre que Jay Gatsby nació con otro nombre. Detrás del personaje admirado por la alta sociedad aparece James Gatz, un joven de origen humilde que decidió reinventar su vida.
En una primera lectura, esta revelación suele entenderse como el descubrimiento de la verdadera identidad del protagonista. Al regresar a la novela, sin embargo, comprendemos que Fitzgerald propone algo más complejo. James Gatz tampoco constituye una verdad definitiva. También él es conocido a través de relatos, recuerdos y documentos que otros personajes ponen en circulación.
La libreta que su padre muestra al final de la novela resulta especialmente significativa. En ella aparecen horarios, lecturas, ejercicios físicos y objetivos cuidadosamente anotados. Mucho antes de adoptar el nombre de Jay Gatsby, James Gatz ya había comenzado a escribir el proyecto de la persona que deseaba llegar a ser. La relectura permite descubrir que la construcción de esa identidad no empieza con el cambio de nombre. Comienza mucho antes, cuando el joven imagina una vida distinta de la que ha recibido.
La relectura no termina cuando aparece James Gatz.
Apenas comienza.
Si la primera parte de la novela obliga al lector a revisar la imagen que había construido de Gatsby, la segunda introduce un nuevo movimiento. Ya no se trata únicamente de descubrir quién fue el protagonista, sino de comprender cómo llegamos a conocerlo.
Ese proceso recae sobre Nick Carraway.
Con frecuencia se lo ha considerado simplemente el narrador de la historia. Sin embargo, su función resulta mucho más compleja. Antes de contar la vida de Gatsby, debe aprender a leerla. Fitzgerald convierte a Nick en el primer lector del protagonista y hace que su proceso de comprensión coincida con el del propio lector.
Nick nunca recibe una historia completa.
Recibe fragmentos.
Escucha los rumores que circulan durante las fiestas. Después oye la versión que Gatsby ofrece sobre sí mismo. Más tarde conoce el relato de Jordan Baker acerca de Daisy, presencia el enfrentamiento entre Gatsby y Tom Buchanan y, finalmente, conversa con el padre de James Gatz. Ninguno de esos testimonios basta por sí solo para explicar al personaje. Cada uno obliga a reinterpretar el anterior.
En un primer recorrido, estos episodios parecen aportar simplemente nueva información. Al regresar a ellos, advertimos que Fitzgerald ha organizado cuidadosamente ese movimiento. Cada revelación modifica el significado de las escenas anteriores y obliga al lector a reorganizar la imagen que había construido de Gatsby.
La estructura misma de la novela reproduce así el movimiento de toda relectura. Comprender no consiste en acumular datos, sino en volver constantemente sobre ellos para descubrir relaciones que antes habían pasado inadvertidas.
Por eso Nick no actúa como un narrador omnisciente. También él interpreta, duda, rectifica y vuelve a interpretar. Su conocimiento del protagonista nunca es inmediato. Se construye lentamente, a medida que confronta versiones distintas de una misma historia.
La escena de la biblioteca permite comprender con claridad este procedimiento. Owl Eyes descubre con sorpresa que los libros de Gatsby son auténticos. Sin embargo, observa también que permanecen intactos, como si nunca hubieran sido leídos. En un primer momento, la escena puede entenderse como una excentricidad del personaje. Al regresar a ella adquiere otro sentido. Fitzgerald parece sugerir que la autenticidad de los objetos no garantiza la autenticidad del relato que los rodea. La biblioteca no solo habla de Gatsby. Habla también de nuestra manera de leerlo.
A partir de ese momento, el lector comprende que ninguna versión del protagonista puede aceptarse de manera definitiva. La identidad de Gatsby no aparece escondida detrás de las apariencias, esperando ser descubierta. Se transforma cada vez que una nueva lectura reorganiza los mismos acontecimientos desde otra perspectiva.
Así, Nick deja de ser únicamente el narrador de la novela. Se convierte en la figura que anticipa el recorrido de todos los lectores. Igual que nosotros, necesita volver una y otra vez sobre los mismos hechos antes de comprender que Gatsby nunca fue una identidad fija, sino un personaje que cambia con cada lectura.
Hasta aquí, la relectura ha ocurrido dentro de la propia novela. Gatsby reorganiza su pasado para construir una nueva vida. Nick relee ese relato mientras intenta comprender quién fue realmente el protagonista. Sin embargo, Fitzgerald reserva un último movimiento que permanece fuera de la ficción y solo se completa cuando alguien vuelve a abrir el libro.
Ese lector somos nosotros.
Al terminar la novela creemos conocer finalmente a Gatsby. Sin embargo, basta regresar a las primeras páginas para descubrir que nuestra lectura también ha cambiado. Los rumores que antes parecían simples recursos de suspenso anuncian ya la dificultad de fijar una identidad. La conversación inicial con Gatsby deja de parecer una confesión y comienza a revelar la elaboración de un personaje. Incluso la biblioteca, que en una primera lectura podía entenderse como una extravagancia, se convierte ahora en una reflexión sobre la diferencia entre la apariencia y la interpretación.
La novela permanece idéntica.
Lo que cambia es la mirada del lector.
Cada regreso reorganiza las relaciones entre escenas que antes parecían independientes. Un detalle aparentemente secundario adquiere un nuevo significado. Un diálogo modifica el sentido de otro. Un personaje que parecía transparente revela zonas que habían permanecido ocultas. La novela no cambia. Cambia la manera de recorrerla.
Quizá allí resida una de las mayores virtudes de El Gran Gatsby. Fitzgerald no construye un relato que se agota cuando conocemos el desenlace. Construye una novela que invita a ser leída de nuevo. La primera lectura despierta preguntas. La segunda reorganiza las respuestas. Y cada regreso modifica aquello que creíamos comprender.
Al volver sobre estas páginas más de tres décadas después, descubrí que Fitzgerald había construido una novela que cambia cada vez que volvemos a ella, porque también nosotros hemos cambiado.
Regresé a Gatsby para leerlo de nuevo y comprendí que esta vez la novela también hablaba de mí.
Dorys Rueda.
Agosto, 2026.

