Cuento: La doble y única mujer
Autor: Pablo Palacio
(Loja, 25 de enero de 1906 – Guayaquil 7 de enero de 1947)
(Ha sido preciso que me adapte a una serie de expresiones difíciles que sólo puedo emplear yo, en mi caso particular. Son necesarias para explicar mis actitudes intelectuales y mis conformaciones naturales, que se presentan de manera extraordinaria, excepcionalmente, al revés de lo que sucede en la mayoría de los «animales que ríen»).
Mi espalda, mi atrás, es, si nadie se opone, mi pecho de ella. Mi vientre está contrapuesto a mi vientre de ella. Tengo dos cabezas, cuatro brazos, cuatro senos, cuatro piernas, y me han dicho que mis columnas vertebrales, dos hasta la altura de los omóplatos, se unen allí para seguir –robustecida– hasta la región coxígea.
Yo-primera soy menor que yo-segunda.
– (Aquí me permito, insistiendo en la aclaración hecha previamente, pedir perdón por todas las incorrecciones que cometeré. Incorrecciones que elevo a la consideración de los gramáticos con el objeto de que se sirvan modificar, para los posibles casos en que pueda repetirse el fenómeno, la muletilla de los pronombres personales, la conjugación de los verbos, los adjetivos posesivos y demostrativos, etc., todo en su parte pertinente. Creo que no está demás, asimismo, hacer extensiva esta petición a los moralistas, en el sentido de que se molesten alargando un poquito su moral; que me cubran y que me perdonen por el cúmulo de conveniencias atadas naturalmente a ciertos procedimientos que traen consigo las posiciones características que ocupo entre los seres únicos).
Digo esto porque yo-segunda soy evidentemente más débil, de cara y cuerpo más delgados, por ciertas manifestaciones que no declararé por delicadeza, inherentes al sexo, reveladoras de la afirmación que acabo de hacer; y porque yo-primera voy para adelante, arrastrando a mi atrás, hábil en seguirme, y que me coloca, aunque inversamente, en una situación algo así como la de ciertas comunidades religiosas que se pasean por los corredores de sus conventos, después de las comidas, en dos filas, y dándose siempre las caras –siendo como soy, dos y una.
Debo explicar el origen de esta dirección que me colocó en adelante a la cabeza de yo – ella: fue la única divergencia entre mis opiniones que ahora, y sólo ahora, creo que me autoriza para hablar de mí como de nosotras, porque fue el momento aislado en que cada una, cuando estuvo apta para andar, quiso tomar por su lado. Ella –adviértase bien: la que hoy es yo-segunda– quería ir, por atavismo sin duda, como todos van, mirando hacia donde van; yo quería hacer lo mismo, ver a dónde iba, de lo que se suscitó un enérgico perneo, que tenía sólidas bases puesto que estábamos en la posición de los cuadrúpedos, y hasta nos ayudábamos con los brazos de manera que, casi sentadas como estábamos, con aquéllos al centro, ofrecimos un conjunto octópodo con dos voluntades y en equilibrio unos instantes debido a la tensión de fuerzas contrarias. Acabé por vencerla, levantándome fuertemente y arrastrándola, produciéndose entre nosotras, desde mi triunfo, una superioridad inequívoca de mi parte primera sobre mi segunda y formándose la unidad de que he hablado.
Pero no; es preciso sentar una modificación en mis conceptos, que, ahora caigo en ello, se han desarrollado así por liviandad en el razonamiento. Indudablemente, la explicación que he pensado dar a posteriores hechos, puede aplicarse también a lo referido; lo que aclarará perfectamente mi empecinamiento en designarme siempre de la manera en que vengo haciéndolo: yo, y que desbaratará completamente la clasificación de los teratólogos, que han nominado a casos semejantes como monstruos dobles, y que se empecinan, a su vez, en hablar de éstos como si en cada caso fueran dos seres distintos, en plural, ellos. Los teratólogos sólo han atendido a la parte visible que origina una separación orgánica, aunque en verdad los puntos de contacto son infinitos; y no sólo de contacto, puesto que existen órganos indivisibles que sirven a la vez para la vida de la comunidad aparentemente establecida. Acaso la hipótesis de la doble personalidad, que me obligó antes a hablar de nosotras, tenga en este caso un valor parcial debido a que era ése el momento inicial en que iba a definirse el cuerpo directivo de esta vida visiblemente doble y complicada; pero en el fondo no lo tiene. Casi sólo le doy un interés expresivo, de palabras, que establece un contraste comprensible para los espíritus extraños, y que en vez de ir como prueba de que en un momento dado pudo existir en mí un doble aspecto volitivo, viene directamente a comprobar que existe dentro de este cuerpo doble un solo motor intelectual que da por resultado una perfecta unicidad en sus actitudes intelectuales.
En efecto: en el momento en que estaba apta para andar, y que fue precedido por los chispazos cerebrales «andar», idea nacida en mis dos cabezas, simultáneamente, aunque algo confusa por el desconocimiento práctico del hecho y que tendía sólo a la imitación de un fenómeno percibido en los demás, surgió en mi primer cerebro el mandato «Ir adelante»; «Ir adelante» se perfiló claro también en mi segundo cerebro y las partes correspondientes de mi cuerpo obedecieron a la sugestión cerebral que tentaba un desprendimiento, una separación de miembros. Este intento fue anulado por la superioridad física de yo – primera sobre yo – segunda y originó el aspecto analizado. He aquí la verdadera razón que apoya mi unicidad. Si los mandatos cerebrales hubieran sido; «Ir adelante» e «Ir atrás», entonces sí no existiría duda alguna acerca de mi dualidad, de la diferencia absoluta entre los procesos formativos de la idea de movimiento; pero esa igualdad anotada me coloca en el justo término de apreciación. Cuanto a la particularidad de que hayan existido en mí dos partes constitutivas que obedecieron a dos órganos independientes, no le doy sino el valor circunstancial que tiene, puesto que he desdeñado ya el criterio superficial que, de acuerdo con otros casos, me da una constitución plural. Desde ese momento yo-primera, como superior, ordeno los actos, que son cumplidos sin réplica por yo – segunda. En el momento de una determinación o de un pensamiento, éstos surgen a la vez en mis dos cerebros; por ejemplo «Voy a pasear», y yo-primera soy quien dirige el paseo y recojo con prioridad todas las sensaciones presentadas ante mí, sensaciones que comunico inmediatamente a yo-segunda. Igual sucede con las sensaciones recibidas por esta otra parte de mi ser. De manera que, al revés de lo que considero que sucede con los demás hombres, siempre tengo yo una comprensión, una recepción doble de los objetos. Les veo, casi a la vez, por los lados –cuando estoy en movimiento– y con respecto a lo inmóvil, me es fácil darme cuenta perfecta de su inmovilidad con sólo apresurar el paso de manera que yo-se¬gunda contemple casi al mismo tiempo el objeto inmóvil. Si se trata de un paisaje, lo miro, sin moverme, de uno y otro lado, obteniendo así la más completa recepción de él, en todos sus aspectos. Yo no sé lo que sería de mí de estar constituida como la mayoría de los hombres; creo que me volvería loca, porque cuando cierro los ojos de yo-segunda o los de yo-primera, tengo la sensación de que la parte del paisaje que no veo se mueve, salta, se viene contra mi y espero que al abrir los ojos lo encontraré totalmente cambiado. Además, la visión lateral me anonada: será como ver la vida por un huequito. Ya he dicho que mis pensamientos generales y voliciones aparecen simultáneamente en mis dos partes; cuando se trata de actos, de ejecución de mandatos, mi cerebro segundo calla, deja de estar en actividad, esperando la determinación del primero, de manera que se encuentra en condiciones idénticas a las de la garrafa vacía que hemos de llenar de agua o al papel blanco donde hemos de escribir. Pero en ciertos casos, especialmente cuando se trata de recuerdos, mis cerebros ejercen funciones independientes, la mayor parte alternativas, y que siempre están determinadas, para la intensidad de aquéllos, por la prioridad en la recepción de las imágenes. En ocasiones estoy meditando acerca de tal o cual punto y llega un momento en que me urge un recuerdo, que seguramente, un rincón obscuro en nuestras evocaciones es lo que más martiriza nuestra vida intelectiva, y, sin haber evocado mi desequilibrio, sólo por mi detenimiento vacilante en la asociación de ideas que sigo, mi boca posterior contesta en alta voz, iluminando la obscuridad repentina. Si se ha tratado de un sujeto borroso, por ejemplo, a quien he visto alguna vez, mi boca de ella contesa, más o menos: «¡Ah el señor Miller, aquel alemán con quien me encontré en casa de los Sánchez y que explicaba con entusiasmo el paralelogramo de las fuerzas aplicado a los choques de vehículos».
Lo que ha hecho afirmar a mis espectadores que existe en mi la dualidad que he refutado, ha sido principalmente, la propiedad que tengo de poder mantener conversación ya sea por uno u otro lado. Les ha engañado eso de lado. Si alguno se dirige a mi parte posterior, le contesto siempre con mi parte posterior, por educación y comodidad; lo mismo sucede con la otra. Y mientras la parte aparente¬mente pasiva trabaja igual que la activa, con el pensamiento. Cuando se dirigen a la vez a mis dos lados, casi nunca hablo por estos a la vez también, aunque me es posible debido a mi doble recepción; me cuido mucho de probables vacilaciones y no podría desarrollar dos pensamientos hondos, simultáneamente. La posibilidad a que me refiero sólo tiene que ver con los casos en que se trate de sensaciones y recuerdos, en los que experimento una especie de separación de mí misma, comparable con la de aquellos hombres que pueden conversar y escribir a la vez cosas distintas. Todo esto no quiere decir, pues, que yo sea dos. Las emociones, las sensaciones, los esfuerzos intelectivos de yo-segunda son los de yo-primera; lo mismo inversamente. Hay entre mí –primera vez que he escrito bien entre mí– un centro a donde afluyen y de donde refluyen todo el cúmulo de fenómenos espirituales, o materiales desconocidos, o anímicos, o como se quiera.
Verdaderamente, no sé cómo explicar la existencia de este centro, su posición en mi organismo y, en general, todo lo relacionado con mi psicología o metafísica, aunque esta palabra creo ha sido suprimida completamente, por ahora, del lenguaje filosófico. Esta dificultad, que de seguro no será allanada por nadie, sé que me va a traer el calificativo de desequilibrada porque a pesar de la distancia domina todavía la ingenua filosofía cartesiana, que pretende que para escuchar la verdad basta poner atención a las ideas claras que cada uno tiene dentro de sí, según más o menos lo explica cierto caballero francés; pero como me importa poco la opinión errada de los demás, tengo que decir lo que comprendo y lo que no comprendo de mí misma.
Ahora es necesario que apresure un poco esta narración, yendo a los hechos y dejando el especular para más tarde.
Unos pocos detalles acerca de mis padres, que fueron individuos ricos y por consiguiente nobles, bastará para aclarar el misterio de mi origen: mi madre era muy dada a lecturas perniciosas y generalmente novelescas; parece ser que después de mi concepción, su marido y mi padre viajo por motivos de salud. En el ínterin, un su amigo, médico, entabló estrechas relaciones con mi madre, claro que de honrada amistad, y como la pobrecilla estaba tan sola y aburrida, éste su amigo tenía que distraerla y la distraía con unos cuentos extraños que parece que impresionaron la maternidad de mi madre. A los cuentos añádase el examen de unas cuantas estampas que el médico le llevaba; de esas peligrosas estampas que dibujan algunos señores en estos últimos tiempos, dislocadas, absurdas, y que mientras ellos creen que dan la sensación de movimiento, sólo sirven para impresionar a las sencillas señoras que creen que existen en realidad mujeres como las dibujadas, con todo su desequilibrio de músculos, estrabismos de ojos y más locuras. No son raros los casos en que los hijos pagan esas inclinaciones de los padres: una señora amiga mía fue madre de un gato. Ventajosamente, procuraré que mis relaciones no sean leídas por señoras que puedan estar en peligro de impresionarse y así estaré segura de no ser nunca causa de una repetición humana de mi caso. Pues, sucedió con mi madre, que, en cierto modo ayudada por aquel señor médico, llegó a creer tanto en la existencia de individuos extraños que poco a poco llegó a figurarse un fenómeno del que soy retrato, con el que se entretenía a veces, mirándolo, y se horrorizaba las más. En esos momentos gritaba y se le ponían los pelos de punta. (Todo esto se lo he oído después a ella misma en unos enormes interrogatorios que le hicieron el médico, el comisario y el obispo, quien naturalmente necesitaba conocer los antecedentes del suceso para poder darle la absolución.) Nací más o menos dentro del período normal, aunque no aseguro que fueran normales los sufrimientos por que tuvo que pasar mi pobre madre, no sólo durante el trance sino después, porque apenas me vieron, horrorizados, el médico y el ayudante, se lo contaron a mi padre, y éste, encolerizado, la insultó y le pegó, talvez con la misma justicia, más o menos, que la que asiste a algunos maridos que maltratan a sus mujeres porque le dieron la hija en vez de un varón como querían.
Madre me tenía una cierta compasión insultante para mí, que era tan hija suya como podía haberlo sido una tipa igual a todas, de esas que nacen para hacer pucheritos con la boca, zapatear y coquetear. Padre, cuando me encontraba sola, me daba de puntapiés y corría; yo era capaz de matarlo al ver que a mis llantos, era de los primeros en ir a mi lado; acariciándome uno de los brazos, me preguntaba, con su voz hipócrita: «Qué es lo que te ha pasado hijita». Yo me callaba, no sé bien por qué; pero una vez no pude ya soportarlo y le contesté, queriendo latiguearlo con mi rabia: «Tú me pateaste en este momento y corriste, hipócrita.» Pero como mi padre era un hombre serio, y aparentaba delante de todos quererme, y le habían visto entrar sorprendido, y, por último, merecía más crédito que yo, todos me miraron, abriendo mu¬cho la boca y se vieron después las caras; un momento después, al retirarse, oí que mi padre dijo en voz baja: «Tendremos que mandar a esta pobre niña al Hospital; yo desconfío de que esté bien de la cabeza; el doctor me ha manifestado también sus dudas. Caramba, caramba, qué desgracia.» Al oír esto, quedé absorta.
No me daba cuenta de lo que podía ser un Hospital; pero por el sentido de la frase comprendí que se trataba de algún lugar donde se recluiría a los locos. La idea de separarme de mis padres no era para mí nada dolorosa; la habría aceptado más bien con placer, ya que contaba con el odio del uno y la compasión de la otra, que tal vez no era lo menos. Pero como no conocía el Hospicio, no sabía qué era lo preferible; éste se me presentaba algunas veces como amenazador, cuando encontraba en mi casa alguna comodidad o algún cariño entre los criados, que hacían que tomara ese ambiente como mío; pero en otras, ante la cara contraída de mi madre o una mirada envenenada de mi padre, deseaba ardientemente salir de aquella casa que me era tan hostil. Habría prevalecido en mí este deseo de no haber sorprendido una tarde entre los criados una conversación en la que se me compadecía, diciéndome a cada momento pobrecita y en la que descubrí además algunos espantables procedimientos de los guardianes de aquella casa, agrandado, sin duda, extraordinariamente, por la imaginación encogida y servil de los que hablaban. Los criados siempre están listos a figurarse las cosas más inverosímiles e imposibles. Decían que a todos los locos les azotaban, les bañaban con agua helada, les colgaban de los dedos de los pies, por tres días, en el vacío; lo que acabó por sobrecogerme. Fui lo más pronto que pude donde mi padre, a quien encontré discutiendo en alta voz con su mujer, me puse a llorar delante de él, diciéndole que seguramente me había equivocado el otro día y que debía haber sido otro el que me había maltratado, que yo le amaba y respetaba mucho y que me perdonase. Si lo habría podido hacer, me hubiera arrodillado de buena gana para pedírselo, porque había alcanzado a observar que las súplicas, los lamentos y alguna que otra tontería, adquieren un carácter más grave y enternecedor en esa difícil posición; hombres y mujeres pudieran dar lo que se les pida, si se lo hace arrodillados, porque parece que esta actitud elevara a los concedentes a una altura igual a la de las santas imágenes en los altares, desde donde pueden derrochar favores sin mengua de su hacienda ni de su integridad. Al oírme, mí padre, no sé por qué me miró de una manera especial, entre furioso y amargado; se paró violentamente. Creo que vi humedecerse sus ojos. Al fin dijo, cogiéndose la cabeza: «Este demonio ya a acabar por matarme», y salió sin regresar a ver. Pensé que era ése el último momento de mi vida en aquella casa. Después de poco, oí un ruido extraordinario, seguido de movimiento de criados y algunos llantos. Me cogieron, y a pesar de mis pataleos me llevaron a mi dormitorio, donde me encerraron con llave, y no volví a ver a mi mas grande enemigo. Después de algún tiempo supe que se había suicidado, noticia que la recibí con gran alegría puesto que vino a comprobar una de las hipótesis dulces que contrapesaban y hacían balancear mi tranquilidad, en oposición a otras amargas anunciadoras de un cambio desgraciado en mi vida.
Cuando tuve 21 años me separé de mi madre que era entonces todavía mujer joven. Ella aparentó un gran dolor, que talvez habría tenido algo de verdadero, puesto que mi separación representaba una notabilísima disminución de la fortuna que ella usufructuaba.
Con lo que me tocó en herencia me he instalado muy bien, y como no soy pesimista, de no haberme ocurrido la mortal desgracia que conoceréis más tarde, no habría desesperado de encontrar un buen partido.
Mi instalación fue de la más difíciles. Necesito una cantidad enorme de muebles especiales. Pero de todo lo que tengo, lo que más me impresiona son las sillas, que tienen algo de inerte y de humano, anchas, sin respaldo porque soy respaldo de mí misma, y que deben servir por uno y otro lado. Me impresionan porque yo formo parte del objeto «silla»; cuando está vacía, cuando no estoy en ella, nadie que la vea puede formarse una idea perfecta del mueblecito aquél, ancho, alargado, con brazos opuestos, y que parece que le faltara algo. Ese algo soy yo que, al sentarme, lleno un vacío que la idea «silla» tal como está formada vulgarmente había motivado en «mi silla»: el respaldo, que se lo he puesto yo y que no podía tenerlo antes porque precisamente, casi siempre, la condición esencial para que un mueble mío sea mueble en el cerebro de los demás, es que forme yo parte de ese objeto que me sirve y que no puede tener en ningún momento vida íntegra e independiente.
Casi lo mismo sucede con las mesas de trabajo. Mis mesas de trabajo dan media vuelta –no activamente, se entiende, sino pasivamente–; así que su línea máxima es casi una semicircunferencia, algo achatada en sus partes opuestas: quiero decir que tiene la forma de una bala, perfilada, cuyo extremo anterior es una semicircunferencia. Una sintetización de la mitad del Mar Adriático, hacia el golfo de Venecia, creo que sería también sumamente parecida a la forma exterior de las tablas de mis mesas. El centro está recortado y vacío, en la misma forma que la ya descrita, de manera que allí puedo entrar yo y mi silla, y tener mesa por ambos lados. Claro que podía obviar la dificultad de estas innovaciones con sólo tener dos mesas, entre las cuales me colocaría; pero ha sido un capricho, que tiende a establecer mi unidad exterior magníficamente, ya que nadie puede decir: «Trabaja en mesas», sino «en una mesa». Y la posibilidad de que yo trabaje por un solo lado me pone en desequilibrio: no podría dejar vacío el frente de mi otro lado. Esto sería la dureza de corazón de una madre que teniendo un pan lo diera entero a uno de sus dos hijos.
Mi tocador es doble: no tengo necesidad de decir más, pues su uso en esta forma, es claramente comprensible.
La diversidad de mis muebles es causa del gran dolor que siento al no poder ir de visita. Sólo tengo una amiga que por tenerme con ella algunas veces ha mandado a confeccionar una de mis sillas. Mas, prefiriendo estar sola, se me ve por allí rara vez. No puedo soportar continuamente la situación absurda en que debo colocarme, siempre en medio de los visitantes, para que la visita sea de yo entera. Los otros, para comprender la forma exacta de mi presencia en una reunión, de sentarme como todos, deberían asistir a una de perfil y pensar en la curiosidad molestosa de los contertulios.
Y este dolor es nada frente a otros. En especial mi amor a los niños acaba por hacerme llorar. Quisiera tener a alguno en mis brazos y hacerle reír con mis gracias. Pero ellos, apenas me acerco, gritan asustados y corren. Yo, defraudada, me quedo en ademán trágico. Creo que algunos novelistas han descrito este ademán en las escenas últimas de su libros, cuando el protagonista, solo, en la ribera (casi nunca se acuerdan del muelle), contempla la separación del barco que se lleva una persona amiga o de la familia; más patético resulta eso cuando quien se va es la novia.
En casa de mi amiga de la silla conocí a un caballero alto y bien formado. Me miraba con especial atención. Este caballero debía ser motivo de la más aguda de mi crisis.
Diré pronto que estaba enamorada de él. Y como antes ya he explicado, este amor no podía surgir aisladamente en uno sólo de mis yos. Por mi manifiesta unicidad apareció a la vez en mis lados. Todos los fenómenos previos al amor, que aquí ya estarían demás, fueron apareciendo en ellos idénticamente. La lucha que se entabló entre mí es con facilidad imaginable. El mismo deseo de verlo y hablar con él era sentido por ambas partes, y como esto no era posible, según las alternativas, la una tenía celos de la otra. No sentía solamente celos, sino también, de parte de mi yo favorecido, un estado manifiesto de insatisfacción. Mientras yo – primera hablaba con él, me aguijoneaba el deseo de yo – segunda, y como yo – primera no podía dejarlo, ese placer era un placer a medias con el remordimiento de no haber permitido que hablara con yo-segunda.
Las cosas no pasaron de eso porque no era posible que fueran a más. Mi amor con un hombre se presentaba de una manera especial. Pensaba yo en la posibilidad de algo más avanzado: un abrazo, un beso, y si era en lo primero venía enseguida a mi imaginación la manera cómo podía dar ese abrazo, con los brazos de yo – primera, mientras yo-segunda agitaría los suyos o los dejaría caer con un gesto inexpresable. Si era un beso, sentía anticipadamente la amargura de mi boca de ella.
Todos estos pensamientos, que eran de solidaridad, estaban acompañados por un odio invencible a mi segunda parte; pero el mismo odio era sentido por ésta contra mi primera. Era una confusión, una mezcla absurda, que me daba vueltas por el cerebro y me vaciaba los sesos.
Pero el punto máximo de mis pensamientos, a este respecto, era el más amargo… ¿Por qué no decirlo? Se me ocurrió que alguna vez podía llegar a la satisfacción de mi deseo. Esta sola enunciación da una idea clara de los razonamientos que me haría. ¿Quién yo debía satisfacer mi deseo, o mejor su parte de mi deseo? ¿En qué forma podía ocurrírseme su satisfacción? ¿En qué posición quedaría mi otra parte ardiente? ¿Qué haría esa parte, olvidada, congestionada por el mismo ataque de pasión, sentido con la misma intensidad, y con el vago estremecimiento de lo satisfecho en medio de lo enorme insatisfecho? Talvez se entablaría una lucha, como en los comienzos de mi lucha, como en los comienzos de mi vida. Y vencería yo-primera como más fuerte, pero al mismo tiempo me vencería a mí misma. Sería sólo un triunfo de prioridad, acompañado por aquella tortura.
Y no sólo debía meditar en eso, sino también en la probable actitud de él frente a mí, en mi lucha. Primero, ¿era posible para él sentir deseo de satisfacer mi deseo? Segundo, ¿esperaría que una de mis partes se brindase, o tendría determinada inclinación, que haría inútil la guerra de mis yos?
Yo – segunda tengo los ojos azules y la cara fina y blanca. Hay dulces sombras de pestañas.
Yo – primera tal vez soy menos bella. Las mismas facciones son endurecidas por el entrecejo y por la Boca imperiosa.
Pero de esto no podía deducir quién yo sería la preferida.
Mi amor era imposible, mucho más imposible que los casos novelados de un joven pobre y obscuro con una joven al vez había un pequeño resquicio, pero ¡era tan poco romántico! ¡Si se pudiera querer a dos!
En fin, que no volví a verlo. Pude dominarme haciendo un esfuerzo. Como él tampoco ha hecho por verme, he pensado después que todas mis inquietudes eran fantasías inútiles. Yo partía del hecho de que él me quisiera, y eso, en mis circunstancias parece un poco absurdo. Nadie puede quererme, porque me han obligado a cargar con éste mi fardo, mi sombra; me han obligado a cargarme mi duplicación.
No sé bien si debo rabiar por ella o si debo elogiarla. Al sentirme otra; al ver cosas que los hombres sin duda no pueden ver; al sufrir la influencia y el funcionamiento de un mecanismo complicado que no es posible que alguien conozca fuera de mí, creo que todo esto es admirable y que soy para los mediocres como un pequeño dios. Pero ciertas exigencias de la vida en común que irremediablemente tengo que llevar y ciertas pasiones muy humanas que la naturaleza, al organizarme así, debió lógicamente suprimir o modificar, han hecho que más continuamente piense en lo contrario.
Naturalmente, esta organización distinta, trayéndome usos distintos, me ha obligado a aislarme casi por completo. A fuerza de costumbre y de soportar esta contrariedad, no siento absolutamente el principio social. Olvidando todas mis inquietudes me he hecho una solitaria.
Hace más o menos un mes, he sentido una insistente comezón en mis labios de ella. Luego apareció una manchita blancuzca, en el mismo sitio, que más tarde se convirtió en violácea; se agrandó, irritándose y sangrando.
Ha venido el médico y me ha hablado de proliferación de células, de neoformaciones. En fin, algo vago, pero que yo comprendo. El pobre habrá querido no impresionarme. ¿Qué me importa eso a mí, con la vida que llevo?
Si no fuera por esos dolores insistentes que siento en mis labios… En mis labios… bueno, ¡pero no son mis labios! Mis labios están aquí, adelante; puedo hablar libremente con ellos… ¿Y cómo es que siento los dolores de esos otros labios? Esta dualidad y esta unicidad al fin van a matarme. Una de mis partes envenena al todo. Esa Haga que se abre como una rosa y cuya sangre es absorbida por mi otro vientre irá comiéndose todo mi organismo. Desde que nací he tenido algo especial; he llevado en mi sangre gérmenes nocivos.
…Seguramente debo tener una sola alma… ¿Pero si después de muerta, mi alma va a ser así como mi cuerpo…? ¡Cómo quisiera no morir!
¿Y este cuerpo inverosímil, estas dos cabezas, estas cuatro piernas, esta proliferación reventada de los labios?
La construcción de la identidad en La doble y única mujer, de Pablo Palacio.
Una lectura desde la polifonía y el cronotopo

Dorys Rueda
El cuento La doble y única mujer apareció por primera vez en 1927 como parte de una colección de relatos de Pablo Palacio.
Desde el punto de vista narratológico, se trata de un relato homodiegético y autodiegético, según la clasificación propuesta por Gérard Genette. La narradora participa directamente en los acontecimientos y relata su propia experiencia en primera persona. Sin embargo, esa voz narrativa no permanece unificada. Por el contrario, se fragmenta en tres instancias de conciencia que dialogan entre sí y articulan el desarrollo del relato: Yo-primera, Yo-segunda y Yo-fusionada, surgida cuando la primera termina imponiéndose sobre la segunda. Aunque estas voces no intervienen con la misma intensidad, cada una desempeña una función específica dentro de la estructura narrativa y contribuye a la construcción del conflicto central.
El eje temático del cuento es la dualidad, o, más precisamente, el motivo literario del doble, anunciado desde el propio título y desarrollado a lo largo de toda la narración. La protagonista es, simultáneamente, dos mujeres y una sola. En un mismo cuerpo conviven dos conciencias contradictorias —Yo-primera y Yo-segunda—, cuya convivencia permanente genera una tensión que oscila entre la razón y la locura. Cuando una de ellas termina absorbiendo a la otra, el conflicto no desaparece; simplemente adquiere una nueva forma. La protagonista inicia entonces la búsqueda de una identidad propia y de una comprensión de sí misma.
La complejidad de esta construcción narrativa exige un lector activo, capaz de reconstruir el diálogo entre las distintas conciencias e interpretar un relato que rompe con buena parte de las convenciones narrativas de las primeras décadas del siglo XX.
En el presente estudio analizaremos dos conceptos fundamentales desarrollados por Mijaíl Bajtín para el estudio de la narrativa: la polifonía y el cronotopo. Aunque fueron formulados a partir del análisis de la novela, ambos ofrecen herramientas especialmente útiles para comprender la organización interna de este cuento de Pablo Palacio y la compleja configuración de su protagonista.
La polifonía textual
La polifonía constituye uno de los conceptos fundamentales desarrollados por Mijaíl Bajtín para el estudio de la novela. Desde una perspectiva social y dialógica, el crítico ruso entiende la narrativa como un espacio donde interactúan múltiples conciencias autónomas, sin que la voz del autor se imponga sobre ellas. Los personajes dejan de ser simples instrumentos del escritor para convertirse en pensamientos, ideas y visiones del mundo que dialogan, se confrontan y se complementan.
Aunque Pablo Palacio difícilmente conoció la obra de Bajtín —cuya recepción en Ecuador fue bastante tardía—, su concepción de la escritura se aproxima notablemente a esta perspectiva. En una carta dirigida a Carlos Manuel Espinosa afirma:
«Dos actitudes, pues, existen para mí en el escritor: la del encauzador, la del conductor y reformador —no en el sentido acomodaticio y oportunista— y la del expositor simplemente; y este último punto de vista es el que me corresponde: el descrédito de las realidades presentes.»
Esta postura encuentra eco en la observación de Benjamín Carrión cuando sostiene que los personajes de Palacio:
«…evolucionan, viven lejos de toda volición, de toda voluntariedad. Andan sueltos. Sueltos de la mano de Dios y —lo que en este caso es más grave— sueltos de la mano del autor mismo.»
Desde esta perspectiva, La doble y única mujer construye su universo narrativo mediante varias conciencias que dialogan entre sí y cuya interacción da forma al conflicto central del relato.
Yo-primera
La conciencia dominante es Yo-primera. Su discurso se dirige simultáneamente a sí misma, a Yo-segunda y al lector. Se trata de una voz crítica e irreverente que cuestiona las verdades aceptadas por la sociedad y desacredita a quienes representan el saber y la moral. Con un humor mordaz pide disculpas a los gramáticos por las incorrecciones del lenguaje y a los moralistas porque podrían escandalizarse ante su singular condición.
A través de esta conciencia también se desmonta la imagen tradicional de la familia burguesa. La madre deja de ser la esposa ejemplar y la madre abnegada para convertirse en un personaje ambiguo, aficionado a las lecturas consideradas perniciosas y vinculado afectivamente con el médico que la atendía durante el embarazo. Incluso el dolor que manifiesta al separarse de sus hijas aparece matizado por el interés económico que representaba conservarlas junto a ella.
La figura paterna tampoco escapa a esta mirada crítica. El padre encarna la autoridad patriarcal ejercida mediante la violencia. Insulta y golpea a la madre después del parto y, más adelante, agrede físicamente a sus hijas cuando nadie puede verlo. Su conducta revela el rechazo hacia unas niñas cuya paternidad parece poner en duda, razón por la cual intenta mantenerlas ocultas dentro de la casa.
Esta conciencia también deja al descubierto la profunda soledad de la protagonista. Cuando experimenta el amor por primera vez cree encontrar una posibilidad de escapar de su aislamiento. Sin embargo, ese sentimiento termina convirtiéndose en otra forma de frustración. Comprende que su condición hace imposible una vida afectiva y sexual semejante a la de cualquier otra mujer. Solo al final, cuando Yo-segunda enferma, permite que aflore la rabia acumulada durante toda su existencia y reconoce, con una dureza contenida, la pobreza de la vida que le ha tocado vivir.
La conciencia de Yo-primera incorpora, además, otras voces sociales que enriquecen el carácter polifónico del relato. Entre ellas aparecen los teratólogos que clasifican a las siamesas como «monstruos dobles»; las mujeres que atribuyen estos nacimientos a impresiones sufridas durante el embarazo; y las autoridades civiles y religiosas —el médico, el comisario y el obispo— que interrogan a la madre para determinar si el nacimiento es consecuencia del pecado o de una intervención demoníaca. Todas estas voces amplían el horizonte ideológico del cuento y muestran cómo la sociedad intenta explicar aquello que escapa a sus categorías de comprensión.
Yo-segunda
La segunda conciencia posee una participación menos extensa, pero no menos significativa. Yo-segunda representa la fragilidad. Ella misma reconoce ser la más débil física y emocionalmente, circunstancia que explica el dominio ejercido por Yo-primera. Obligada a caminar hacia atrás y sometida constantemente a la voluntad de su hermana, encarna una personalidad subordinada, incapaz de ejercer plenamente su libertad.
Paradójicamente, es descrita como la más hermosa de las dos. Sus ojos azules y la delicadeza de su rostro despiertan los celos de Yo-primera cuando ambas descubren el amor. De este modo, la tensión entre las dos conciencias no responde únicamente a una lucha por el control del cuerpo compartido, sino también a emociones profundamente humanas como el deseo, la rivalidad y la envidia.
Yo-fusionada
La tercera instancia narrativa corresponde a Yo-fusionada, surgida cuando Yo-primera termina imponiéndose sobre Yo-segunda. No se trata simplemente de la desaparición de una conciencia, sino del nacimiento de una nueva identidad.
Esta mujer reconoce que ha dejado atrás la idea de la doble personalidad y abandona definitivamente el «nosotras» para asumir un «yo» unificado. A los veintiún años decide independizarse e iniciar una vida propia. Poco a poco comprende el funcionamiento de su cuerpo y aprende a convivir con él. Aunque la adaptación resulta difícil, termina aceptando su singularidad sin considerarse un monstruo.
Paradójicamente, son los demás quienes encarnan la verdadera monstruosidad. Los espectadores que se burlan de su condición y quienes son incapaces de aceptar la diferencia revelan una deformidad moral mucho más profunda que cualquier anomalía física.
Al aproximarse la muerte, Yo-fusionada comprende que el precio de su existencia ha sido la soledad. La enfermedad de Yo-segunda termina destruyendo también su propio cuerpo y la obliga a enfrentarse al interrogante último de su identidad: si dos mujeres compartieron un mismo cuerpo durante toda la vida, ¿existirá finalmente una sola alma?
La intertextualidad
La pluralidad de conciencias presente en La doble y única mujer no solo dialoga internamente. También establece relaciones con otros textos y personajes de la tradición literaria. En este sentido, la obra de Pablo Palacio invita a una lectura intertextual, entendida, siguiendo a Julia Kristeva, como el diálogo permanente que un texto mantiene con otros textos anteriores o posteriores. Gérard Genette ampliará posteriormente esta perspectiva al proponer el concepto de transtextualidad, dentro del cual la hipertextualidad constituye una de las formas posibles de ese diálogo entre obras.
Desde esta perspectiva, la dualidad representada por Yo-primera y Yo-segunda encuentra resonancias en diversos personajes de la literatura universal.
Una primera aproximación conduce a Sméagol, conocido también como Gollum, personaje de El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien. Bajo la influencia del Anillo Único desarrolla una personalidad escindida en permanente conflicto consigo misma. La lucha entre su antigua humanidad y la corrupción provocada por el poder produce un diálogo interior semejante al enfrentamiento constante entre Yo-primera y Yo-segunda.
Una tensión similar aparece en El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson. Allí la escisión no se manifiesta mediante dos personas distintas, sino mediante dos identidades que alternan dentro de un mismo individuo. Aunque el origen del conflicto es diferente, ambas obras exploran la fractura del sujeto y la dificultad de construir una identidad unificada.
Otra relación significativa puede establecerse con La metamorfosis, de Franz Kafka. En este caso, el punto de encuentro no radica en la dualidad psicológica, sino en la percepción de la diferencia. Tanto Gregorio Samsa como la protagonista de La doble y única mujer experimentan una condición corporal que los convierte en seres incomprensibles para quienes los rodean. El verdadero conflicto deja de ser la anomalía física y pasa a ser la incapacidad de la sociedad para aceptar aquello que escapa a la norma. Aunque no existen evidencias de que Pablo Palacio conociera la obra de Kafka cuando escribió este cuento, las coincidencias temáticas permiten establecer un diálogo crítico entre ambos textos.
Finalmente, la búsqueda de identidad que atraviesa toda la narración aproxima a la protagonista a Jean-Baptiste Grenouille, personaje central de El perfume, de Patrick Süskind. Ambos personajes viven un proceso de construcción de sí mismos marcado por el aislamiento, la diferencia y una profunda dificultad para reconocerse plenamente. En los dos casos, la identidad no aparece como una condición dada, sino como una conquista lenta y dolorosa.
Estas relaciones no implican influencias directas entre las obras. Más bien ponen de manifiesto la permanencia de ciertas preocupaciones universales —la identidad, la alteridad, el cuerpo y la escisión del sujeto— que distintos escritores han abordado desde perspectivas diversas. Leída desde este horizonte, La doble y única mujer dialoga con una tradición literaria mucho más amplia y confirma la vigencia de la narrativa de Pablo Palacio dentro de la literatura moderna.
El cronotopo
Otro de los conceptos fundamentales desarrollados por Mijaíl Bajtín es el cronotopo, entendido como la articulación inseparable del tiempo y el espacio dentro de la obra literaria. Ambos dejan de ser simples coordenadas de la acción para convertirse en elementos que organizan el desarrollo de los personajes, orientan el argumento y contribuyen a la construcción del sentido del relato.
Desde esta perspectiva, en La doble y única mujer proponemos distinguir tres configuraciones cronotópicas que estructuran el proceso de transformación de la protagonista y acompañan la construcción de su identidad.
El camino como cronotopo
La primera configuración corresponde al camino, entendido como el espacio donde comienza la transformación de la protagonista.
El escenario es la casa familiar, un lugar que, aunque representa el espacio de origen y protección, también simboliza el encierro y la imposibilidad de desarrollar una identidad propia. Allí Yo-primera y Yo-segunda intentan caminar por primera vez. Ambas desean avanzar en direcciones opuestas y esa tensión física anticipa el conflicto que dominará toda la narración.
Finalmente, Yo-primera logra imponerse. Se incorpora y obliga a Yo-segunda a caminar hacia atrás. A partir de ese instante desaparece el equilibrio entre ambas conciencias y comienza el proceso que culminará en la formación de una nueva identidad. Como expresa la propia narradora:
«Desde ese momento Yo-primera, como superior, ordeno los actos, que son cumplidos sin réplica por Yo-segunda. He aquí la verdadera razón que apoya mi unicidad».
El camino deja así de ser un simple desplazamiento corporal para convertirse en el inicio de una transformación interior. El movimiento físico representa, al mismo tiempo, el nacimiento de una nueva conciencia.
El espacio propio como cronotopo
Una segunda configuración cronotópica aparece cuando la protagonista abandona la casa materna e inicia una vida independiente.
Este nuevo espacio constituye mucho más que un cambio de residencia. Representa la posibilidad de construir un territorio propio desde el cual comenzar a comprenderse y afirmarse como sujeto.
En ese lugar adapta los muebles a las particularidades de su cuerpo, establece una relación de amistad, descubre el amor y experimenta la desilusión afectiva. Cada una de estas experiencias contribuye al proceso de construcción de una identidad que ya no depende exclusivamente del conflicto entre Yo-primera y Yo-segunda, sino también de la relación con el mundo exterior.
La casa deja de ser un espacio heredado para convertirse en un ámbito elegido, donde la protagonista intenta organizar su existencia de acuerdo con sus propias necesidades. Este cronotopo simboliza, por tanto, el tránsito desde la dependencia hacia la búsqueda de autonomía.
El destino como cronotopo
La última configuración cronotópica corresponde al momento en que el médico visita a Yo-fusionada para comunicarle que Yo-segunda padece sífilis.
En este episodio confluyen el espacio íntimo del refugio y el tiempo irreversible de la enfermedad. La protagonista comprende que la muerte de una de sus partes significará inevitablemente la destrucción del cuerpo compartido. El conflicto que ha definido toda su existencia encuentra aquí su desenlace definitivo.
La enfermedad deja de ser únicamente un hecho biológico para convertirse en la materialización del destino que la acompaña desde el nacimiento. La dualidad que durante años configuró su identidad termina destruyendo la posibilidad misma de la supervivencia. Una de sus partes envenena al conjunto y convierte la muerte en una consecuencia inevitable.
Este último cronotopo condensa el sentido trágico del relato. La protagonista comprende que nunca podrá desprenderse de la condición que la constituye y que el proceso de construcción de su identidad concluye, paradójicamente, en la aceptación de su propia muerte. La pregunta que deja abierta el cuento —si un cuerpo compartido por dos conciencias posee finalmente una o dos almas— permanece sin respuesta, reforzando la ambigüedad que atraviesa toda la narración.
Conclusiones
La lectura de La doble y única mujer desde las categorías de la polifonía y el cronotopo permite comprender que Pablo Palacio construye un relato mucho más complejo de lo que una primera lectura podría sugerir. La aparente historia de unas hermanas siamesas se convierte en una profunda reflexión sobre la identidad, la diferencia y la condición humana.
La polifonía revela que la protagonista no constituye una conciencia homogénea. Las voces de Yo-primera, Yo-segunda y, finalmente, Yo-fusionada dialogan, se enfrentan y se transforman mutuamente, configurando una subjetividad en permanente construcción. La identidad deja de entenderse como una realidad fija para presentarse como un proceso dinámico, conflictivo e inacabado.
La perspectiva intertextual confirma que las preocupaciones planteadas por Palacio trascienden el ámbito de la literatura ecuatoriana. Los conflictos relacionados con la escisión del sujeto, la alteridad, la diferencia corporal y la búsqueda de identidad establecen un diálogo con personajes y obras fundamentales de la literatura universal. Esta red de relaciones pone de manifiesto la modernidad de una escritura que anticipa preocupaciones que décadas más tarde ocuparán un lugar central en la narrativa contemporánea.
Por su parte, el análisis del cronotopo evidencia que el proceso de construcción de la protagonista no puede separarse de los espacios que habita ni del tiempo que atraviesa. El camino, el espacio propio y el destino constituyen momentos sucesivos de una misma trayectoria vital en la que cada transformación espacial implica también una transformación interior. Tiempo y espacio dejan de ser el marco donde ocurre la historia para convertirse en elementos que participan activamente en la formación de la conciencia.
Desde esta perspectiva, La doble y única mujer deja de ser únicamente un relato sobre la dualidad. Es, sobre todo, una narración acerca de la búsqueda de una identidad posible dentro de una existencia marcada por la diferencia. La protagonista no lucha únicamente por imponerse sobre otra conciencia, sino por comprender quién es y cuál es su lugar en un mundo que la observa como una anomalía.
A casi un siglo de su publicación, el cuento conserva intacta su capacidad de interpelar al lector. La fragmentación de la conciencia, la incertidumbre de la identidad y la dificultad de aceptar al otro continúan siendo algunas de las preocupaciones esenciales de la literatura y del ser humano contemporáneo. En ese sentido, Pablo Palacio no solo se adelantó a muchas de las búsquedas narrativas del siglo XX, sino que escribió una obra cuya vigencia sigue renovándose con cada nueva lectura.

