
Fuente oral: María Flores
Versión literaria: Dorys Rueda
Mi hermana estaba segura de que era el cumpleaños de Ramiro Santa Cruz.
Segurísima.
Y cuando mi hermana estaba segura de algo, los demás no teníamos demasiados motivos para desconfiar.
—Hay que hacerle una fiesta sorpresa —dijo.
La idea nos pareció magnífica.
Trabajábamos en un periódico y Ramiro entraba por la noche, así que teníamos tiempo suficiente para preparar todo antes de que llegara.
La noticia comenzó a circular entre los compañeros.
—Que Ramiro no se entere.
—Nadie le diga nada.
—Cuidado se les escapa algo.
Todos colaboraron.
Alguien consiguió serpentinas. Otro apareció con globos. Colgamos carteles de «Feliz cumpleaños» y preparamos una mesa con bocaditos y el pastel.
También conseguimos una grabadora y un casete de mariachis.
Mi hermana dirigía las operaciones.
—Ese globo más arriba.
—¿Aquí?
—Un poquito más.
—¿Y el pastel?
—En el centro.
—¿La grabadora?
—Lista.
No se le escapaba un detalle.
Cuando faltaba poco para que llegara Ramiro, alguien avisó:
—¡Ya viene!
Comenzamos a correr.
—¡Apaguen las luces!
—¡Que la grabadora esté lista!
—¡Silencio, silencio!
Las luces se apagaron.
Quedamos todos a oscuras, tratando de no reírnos.
Escuchamos la puerta.
Ramiro entró.
Las luces se prendieron de golpe.
—¡Sorpresaaaa!
Ramiro dio un salto.
Se quedó junto a la puerta, con una mano todavía en el picaporte.
Primero nos miró a nosotros.
Después los globos.
Las serpentinas.
El pastel.
Alguien prendió la grabadora y los mariachis comenzaron a sonar.
—¡Cumpleaños feliz…!
Ramiro permanecía en silencio.
Nosotros cantábamos.
Y mientras más cantábamos, más serio se ponía.
—¡Cumpleaños feliz…!
Mi hermana sonreía.
Hasta que miró a Ramiro.
Estaba lívido.
—Oye, amigo, ¿qué te pasa?
Ramiro miró a mi hermana y después a todos nosotros.
—¿Por qué están haciendo esto?
Mi hermana se rio.
—¿Cómo que por qué? Porque es tu cumpleaños.
Ramiro abrió los ojos.
—¡No! ¡Mi cumpleaños no es hoy!
Dejamos de cantar.
—¿Cómo que no?
Silencio total.
Mi hermana lo miró desconcertada.
—Claro que es hoy.
—¡Que no!
—Ramiro, yo tenía anotada esta fecha.
—¡Pues la anotaste mal!
Hizo una pausa.
—Yo sí sé cuándo nací.
Alguien se rio.
Después otro.
En pocos segundos nos reíamos todos.
Mi hermana todavía intentó defenderse.
—Bueno, me equivoqué por unos días. Tampoco es para tanto.
Para Ramiro sí lo era.
—¡Los cumpleaños no se adelantan!
—¿Y qué pasa si se adelantan? —preguntó un periodista.
—¡Traen mala suerte!
—Pero si son apenas unos días.
—¡Peor!
Nadie preguntó por qué.
Mi hermana trató de tranquilizarlo.
—Ramiro, no te va a pasar nada.
—Eso dices tú.
Uno de los compañeros señaló el pastel.
—¿Y ahora qué hacemos con esto?
Ramiro lo miró.
—No sé. Pero velas no voy a soplar.
—Entonces las soplamos nosotros —dijo alguien.
Ramiro reaccionó enseguida.
—¡Y tampoco pidan deseos por mí!
Las carcajadas llenaron la redacción.
Mi hermana intentaba disculparse.
—Yo juraba que era hoy.
—¡No jures nada más esta noche! —le dije.
Volvimos a reírnos.
Alguien de la imprenta dijo en voz alta:
—Ya que está todo listo, festejemos.
Nadie se opuso.
Ni siquiera Ramiro.
Cortamos el pastel, dimos buena cuenta de los bocaditos y dejamos que los mariachis de la grabadora siguieran haciendo su trabajo.
Al poco rato, Ramiro terminó sumándose a la fiesta.
Comía, conversaba y hasta se reía.
Las velas, eso sí, permanecieron lejos de él.
La celebración continuó durante buena parte de la noche.
Y cada vez que alguien recordaba el motivo de la fiesta, las carcajadas comenzaban de nuevo.
Mi hermana había pensado en todo.
Los globos.
Las serpentinas.
El pastel.
Los bocaditos.
La música.
No se le había escapado nada.
Salvo la fecha.
Dorys Rueda, Historias que me contaron, obra inédita.
