
Fuente oral: Soraya Andrade Rueda
Versión literaria: Dorys Rueda
Era una tarde lluviosa de octubre. Mi esposo y yo habíamos pasado el día haciendo diligencias y nos quedaba una sola.
La última.
Ir al Hospital de las Fuerzas Armadas, en Quito, para que me curaran el dedo índice.
Dos días antes me lo había cortado por accidente y allí mismo me habían puesto algunos puntos. Solo regresaba para una curación.
Hasta ese momento, toda nuestra preocupación cabía en un dedo.
Llegamos a Emergencias, pero ni siquiera alcanzamos a entrar. Una persona nos explicó que ese tipo de curaciones se realizaba en un centro de salud y no en el hospital.
No había nada más que hacer, así que esperamos el ascensor para bajar a la planta baja.
Entramos mi esposo y yo. También una enfermera que llevaba varios insumos médicos en los brazos, un señor con un suero puesto y envuelto en una cobija, una mujer con muletas, su esposo en silla de ruedas y un familiar que los acompañaba.
Éramos siete.
Alguien presionó el botón de la planta baja y comenzamos a descender.
Todo iba como debía hasta que sentimos un fuerte sacudón.
El ascensor se detuvo.
Por los botones calculamos que estábamos muy cerca de la planta baja. Pulsé la alarma.
—No se preocupen. Enseguida vienen a sacarnos.
Todos esperamos.
Al principio estábamos tranquilos. Habíamos hecho sonar la alarma y suponíamos que alguien acudiría.
Pasaron unos minutos.
Nadie vino.
Volví a pulsarla.
Esperamos otra vez.
Nada.
Dentro de un ascensor detenido, los minutos tienen otra duración. Cinco empiezan a parecer muchos y, cuando pasan algunos más, uno comienza a mirar la puerta como si pudiera abrirla con la vista.
Poco a poco dejamos de estar tranquilos.
Fue entonces cuando sacamos los celulares.
No había señal.
Mirábamos los teléfonos, los botones, la puerta. Cualquier cosa que pudiera comunicarnos con el exterior.
De pronto, mi celular recuperó la señal.
—¡Tengo señal!
Llamé al 911.
—Estamos siete personas atrapadas en un ascensor del Hospital de las Fuerzas Armadas.
La operadora me explicó que no tenía ninguna unidad cerca y que iba a transferirme al Cuerpo de Bomberos.
—No necesito una unidad. Solo necesito que llamen al hospital y les digan que estamos encerrados en uno de sus ascensores.
Me transfirió al Cuerpo de Bomberos.
Volví a explicar la situación.
Para avisar al hospital de que estábamos atrapados dentro del hospital, habíamos tenido que llamar al 911.
Mientras tanto, la inquietud aumentaba.
—¿Y si aquí hubiera una mujer embarazada? ¿O alguien con claustrofobia? —comentó el hombre de la silla de ruedas.
Su esposa decidió que ya habíamos confiado suficiente en la alarma. Levantó una de sus muletas y comenzó a golpear la puerta.
—¡Auxilio! ¡Estamos encerrados!
Golpeó otra vez.
—¡Auxilio!
La alarma no había dado resultado.
La muleta tampoco, pero por lo menos hacía más ruido.
Y seguimos esperando.
El calor comenzó a sentirse. Éramos siete personas encerradas en un espacio pequeño y, aunque había ventilación, empezábamos a transpirar.
La enfermera miró al hombre que seguía envuelto en la cobija.
—Mejor quítese eso. No vaya a ver desmayos.
El hombre obedeció.
Pasaban los minutos.
A esas alturas, nadie sabía cuánto tiempo llevábamos allí. Lo único cierto era que aquel «enseguida» con el que yo había intentado tranquilizar a todos se había alargado bastante.
Después de lo que nos pareció muchísimo tiempo, escuchamos voces al otro lado.
Todos reaccionamos a la vez.
—¡Aquí estamos!
—¡Ayuda!
Entonces, por la puerta aparecieron dos alambres.
Mi esposo los miró.
—¿Qué están haciendo?
Nadie respondió.
Los alambres siguieron moviéndose.
Finalmente, la puerta comenzó a abrirse y del otro lado aparecieron dos soldados.
El ascensor había quedado detenido un poco por encima de la planta baja, de modo que tuvimos que saltar a una especie de grada para salir.
Fuimos saliendo uno por uno.
Cuando todos estuvimos afuera, supimos que habíamos permanecido encerrados poco más de media hora.
No parecía tanto.
Desde afuera.
Nadie se acercó a preguntarnos cómo estábamos ni a explicarnos qué había ocurrido. Pero estábamos afuera y eso, en ese momento, era suficiente.
Entonces alguien propuso:
—Tomémonos una foto.
Sacamos los celulares y nos acomodamos como pudimos.
Habíamos entrado al ascensor como desconocidos.
Media hora después ya teníamos una foto de grupo.
