Tenía 19 años y por las mañanas trabajaba como profesor en varias escuelitas de Otavalo. Por las tardes viajaba a Quito para estudiar en la Facultad de Artes de la Universidad Central del Ecuador.

A pesar de tantos compromisos, todavía encontraba tiempo para enamorarme.

La conocí en un bus, camino a Quito. Ella se subió en Cayambe y comenzamos a conversar.

Era hermosa.

Empezamos a salir.

Una tarde, al llegar a la universidad, una de mis profesoras me detuvo.

Era joven y guapa.

—¿Estás saliendo con mi sobrina?

—Sí, profesora.

—Mi sobrina es sagrada para mí. Y por más que estudies, no vas a aprobar mi materia.

—¿Está segura?

—Yo me encargaré.

No discutí.

Además, la sobrina era más guapa que la profesora.

Seguí viéndola.

El noviazgo avanzó hasta que llegó el momento de conocer a su madre.

La señora me recibió amablemente y, mientras conversábamos, me contó algo que me dejó sorprendido.

—Tengo quince hijas.

Quince.

—Y a las catorce les he dado una casa para que vivan con sus esposos.

Aquello comenzaba a parecer una conversación sobre mi futuro.

—¿Y tú qué piensas? —me preguntó.

Le expliqué que mi madre me había enseñado a conseguir las cosas con mi propio esfuerzo.

—Yo prefiero ganarme mi propia casa, señora.

No le gustó.

A su hija, tampoco.

Y allí terminaron mis posibilidades de convertirme en el yerno número quince.

Antes de despedirnos, mi novia me hizo una advertencia:

—Tú no me olvidarás.

Una semana después se casó con otro.

Tenía razón.

¿Cómo iba a olvidarla?

Su tía se encargaba de recordármela cada vez que me hacía reprobar el examen.

Y fueron varias veces.

Dorys Rueda, Historias que me contaron, obra inédita.

Imagen ilustrada con inteligencia artificial.

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