Nací en la guardianía de una subestación eléctrica.
No cualquiera puede decir lo mismo.
Mientras la energía llegaba hasta Santa Rosa para ser distribuida por el sistema nacional, mi madre se ocupaba de algo bastante más importante:
nosotros.
Éramos cinco.
Mis primeras obligaciones eran sencillas: comer, dormir y conseguir un buen sitio junto a mi madre.
Hasta que un guardia preguntó a los operadores si alguno quería llevarse un cachorro.
Héctor dijo que sí.
Sin consultarme.
Tuvieron, al menos, la prudencia de esperar hasta que pudiera separarme de mi madre.
Una noche, cerca de las once, Héctor terminó su turno, me envolvió en una pequeña manta y me llevó con él.
No me pareció una hora adecuada para una mudanza.
Yo era pequeño, de pelaje gris, marcas oscuras en el rostro y ojos azules.
Bastante distinguido.
Aunque aquella noche llegué envuelto en una manta.
Hasta los soberanos tenemos comienzos modestos.
La casa era desconocida.
Nuevos olores.
Nuevas voces.
Nuevos muebles.
Especialmente los muebles.
Me habían preparado una cama en una pequeña bodega. Cerca colocaron el arenero.
Inspeccioné ambas instalaciones.
No eran exactamente lo que habría elegido.
Decidí darles una oportunidad.
También me dieron un nombre.
Dino Gato.
Lo acepté.
Durante el día prefería dormir en la cama de Héctor. Por la noche me retiraba a la mía.
Puede parecer extraño que, teniendo cama propia, utilizara la de mi humano.
No lo era.
Aquella casa empezaba a ser mi territorio.
Y en mi territorio yo decidía dónde dormir.
De cachorro jugaba con cualquier hilo que apareciera y perseguía todo lo que tuviera la imprudencia de moverse delante de mí.
También mordía los muebles de la sala.
Mi madre humana no apreciaba esa actividad.
—¡Dino!
Yo me detenía.
Ella me apartaba del mueble.
No siempre conseguía mantener el enojo.
El mueble sí.
Con los años dejé de morderlos.
Aquella etapa había concluido.
Mis padres humanos mandaron a retapizar los muebles.
Me pareció una decisión razonable.
Yo ya había terminado mi trabajo.
Me volví serio.
Muy serio.

Nunca fui de muchos amigos.
Los afectos, como los territorios, deben administrarse con cuidado.
Mi territorio, en cambio, estaba bastante poblado.
Vivían con nosotros dos perritas shih tzu.
Corrían.
Jugaban.
Se perseguían.
Volvían a correr.
Nunca logré determinar qué asunto urgente tenían pendiente.
Yo las observaba desde mi sitio.
Alguien tenía que conservar la dignidad de aquella casa.
Mi madre aseguraba que yo también había sido travieso de pequeño.
Mencionaba con frecuencia ciertos muebles.
Consideré innecesario reabrir un asunto ya resuelto.
Y estaban Ámely e Ivana, las pequeñas nietas.
Llegaban de visita con una casa portátil, la abrían y en pocos minutos había juguetes por todas partes.
Sala.
Dormitorios.
Pasillos.
Si las hubiera dejado, habrían llegado hasta mi bodega.
Eso no.
Las dos no jugaban conmigo.
Se ocupaban de sus asuntos.
Yo de los míos.
Nos entendíamos perfectamente.
Mi padre seguía yendo a la misma subestación donde había comenzado mi historia.
Mi madre salía a dar clases en la universidad.                                                                                                              Ámely e Ivana crecían y las perritas seguían corriendo de un lado a otro.                                                                Yo permanecía allí.
Hasta que un día me enfermé.
Mis padres me llevaron a una clínica.
Mi madre me sostuvo entre sus brazos y lloró.
Había médicos, olores desconocidos, manos que me tocaban.
Después ellos se fueron.
Y me quedé solo.
Aquella no era mi casa.
No estaba mi cama.
No estaba mi bodega.
No estaban las voces de siempre.
No estaban ellos.
Pasé allí toda la noche.
Yo, que siempre había mantenido cierta distancia con el mundo, descubrí algo que habría preferido no admitir.
Tuve miedo.
A la mañana siguiente regresaron.
Los dos.
Mi madre volvió a tomarme entre sus brazos.
Nunca me había alegrado tanto de verlos.
Naturalmente, no hice ningún comentario.
El médico habló con ellos.
Yo no entendí sus palabras.
Solo vi las lágrimas de mi madre.
Después les dijo que se despidieran.
Yo tenía sueño.
Mucho sueño.
Mi padre me tomó en sus brazos.
Quise seguir mirándolo, pero los ojos se me cerraban.
Doce años antes, esas mismas manos me habían llevado desde la subestación hasta mi nueva casa, envuelto en una pequeña manta.
Ahora volvían a sostenerme.
Cerré los ojos.
Esta vez no tuve miedo.

Dorys Rueda, Historias de mascotas, obra inédita.

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