
El destino, como un dios implacable y con un sentido del humor bastante ácido, había decidido que nuestra historia se midiera en tres estaciones exactas: los veinte, los cuarenta y los sesenta.
A los veinte no nos importaban las etiquetas, los horarios ni, por lo visto, algunas convenciones sobre el uso de la ropa.
Yo era un joven periodista. Ella, una secretaria.
Trabajábamos en la misma oficina. Allí habíamos aprendido el arte de no conocernos.
Nos cruzábamos. Entrábamos. Salíamos. Ni una mirada de más.
Afuera era distinto.
Nos buscábamos.
En mi casa. En su coche. Donde el mundo tuviera la cortesía de mirar hacia otro lado.
A veces ella aparecía a medianoche con un pijama blanco y una elegancia difícil de justificar a esas horas.
Cerrábamos la puerta. Dejábamos que la noche hiciera lo suyo.
Y lo hacía.
Adentro, las horas perdían el compás. Afuera, el tiempo seguía andando.
Así se nos fue un año.
Hasta que terminamos.
Yo ayudé bastante.
Aspiraba a ser poeta y, por lo visto, también a complicarme la vida.
Me metí en otra historia. Con una mujer casada.
Salí de aquella experiencia con material para varios poemas.
Pasaron veinte años.
A los cuarenta volvimos a encontrarnos.
Yo estaba casado. Ella estaba libre.
Nos sentamos a hablar. Sin prisa.
Nos había ido bien y no hicimos demasiado esfuerzo por disimularlo.
Hasta que apareció el pasado.
Ella me contó que, debido a un problema de salud, había perdido algunos recuerdos. Entre ellos, buena parte de nuestra historia.
Luego guardó silencio.
Yo recordaba bastante más.
No pregunté. No insistí.
A los cuarenta yo ya sabía cuándo era mejor callarme.
Nos despedimos. Cada uno volvió a su vida.
Pasaron otros veinte años.
A los sesenta volvimos a encontrarnos.
Los dos estábamos casados.
Por primera vez hablamos de nosotros sin escondernos. De los veinte, de los cuarenta, de lo que recordábamos y de lo que habíamos callado.
Ya no había que correr.
Tampoco necesitábamos recuperar lo perdido.
Nos queríamos de otra manera.
Estaban la conversación y la voz del otro.
Habíamos descubierto que también la palabra sabía acercarnos.
Era mucho. Y era suficiente.
Ahora hablamos como si cada conversación pudiera ser la última y, al mismo tiempo, como si fuéramos a continuarla al día siguiente.
A veces el café se enfría.
Ninguno parece darse cuenta.
Nos abrazamos al encontrarnos. También al despedirnos.
Sin medir el tiempo.
Y el destino, aquel dios implacable que había organizado nuestra historia en tres estaciones exactas, sufrió su primer revés.
A los veinte nos juntó.
A los cuarenta nos recordó.
A los sesenta volvió a ponernos frente a frente.
Pero esta vez no hicimos nada de lo que esperaba.
Nos sentamos a conversar.
Y el pobre dios se quedó sin argumento.
Dorys Rueda, Cuentos en voz baja, Volumen II, obra inédita, 2026.
