Todos los días, a las siete de la noche, ponía la mesa para merendar y se sentaba en la misma silla, junto a la ventana.

Desde allí veía terminar el día mientras comía despacio, casi siempre en silencio.

Después recogía la mesa, lavaba lo que había usado y seguía con su vida.

Siempre igual.

Hasta que una noche, al sentarse, encontró otra silla frente a él.

La mesa estaba puesta para dos.

No recordaba haberlo hecho y permaneció unos segundos mirando aquel lugar vacío.

Se levantó para retirar la silla.

No lo hizo.

Cuando volvió a sentarse y probó la comida, ya estaba fría.

Al día siguiente, la silla apareció nuevamente frente a él.

Y al siguiente.

Durante los primeros días se detenía a mirarla. Después dejó de preguntárselo.

Permanecía allí durante la merienda.

Vacía.

Con el paso de los días dejó de parecerle extraña. Algunas noches incluso terminaba de comer sin haberla mirado una sola vez.

Una noche puso la mesa para uno.

Dejó la otra silla donde estaba y se sentó.

Comió despacio, como antes.

Al terminar, recogió la mesa y, cuando volvió la mirada hacia la ventana, se quedó inmóvil.

Su silla estaba allí.

En el lugar de siempre.

Vacía.

Dorys Rueda, Cuentos en voz baja, Volumen II, obra inédita.

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