
Mi padre tenía veintiocho años cuando conoció a mi madre.
Fue en un tren.
Era martes y viajaba de Otavalo a Quito para hacer algunas compras para su almacén. En aquellos años, el ferrocarril era uno de los principales medios de transporte hacia la capital y él hacía aquel recorrido con cierta frecuencia por asuntos de su negocio.
Al detenerse el tren en San Rafael, subió una joven.
Era alta, morena, de ojos grandes y cabello negro, ondulado hasta los hombros. Se sentó en uno de los primeros puestos.
Mi padre la vio.
Había un asiento vacío junto a ella.
No permaneció vacío mucho tiempo.
Se levantó del suyo y fue a ocuparlo.
—Buenos días, señorita. ¿Viaja también a Quito?
La joven lo miró con cierta sorpresa, pero respondió con cortesía:
—Sí. Vivo allí. ¿Y usted?
—Voy a hacer unas compras para mi almacén. Me llamo Ángel. ¿Y usted?
—Angelita.
Aquello le hizo gracia.
Ángel y Angelita.
La coincidencia parecía suficiente para iniciar una conversación. Mi madre, sin embargo, no compartía el mismo entusiasmo. Contestaba con amabilidad, pero sin demasiadas ganas de prolongar el encuentro.
Mi padre entendió.
Y guardó silencio.
Por unos minutos.
Fue ella quien volvió a hablar.
—Dígame, ¿cuál es su primer nombre? El mío es María.
Mi padre soltó una carcajada.
Algunos pasajeros voltearon a mirarlo.
Mi madre no encontró ningún motivo para reírse.
—¿Por qué se burla de mi nombre?
—No me estoy burlando. Es que yo también me llamo María. Mi nombre completo es Ángel María.
Esta vez la sorpresa fue de ella.
—Yo me llamo María Angelita.
Ya no eran solamente Ángel y Angelita.
Eran Ángel María y María Angelita.
Mi padre quiso saber algo más.
—¿Y su apellido?
—Rodríguez.
Volvió a reírse.
Mi madre perdió la paciencia.
—¿Ahora qué?
—Yo soy Rueda.
Ella esperó.
—Los dos empiezan con R —aclaró él.
A partir de entonces, la conversación se hizo más fácil. Él le contó que tenía un almacén en Otavalo; ella, que tenía veintiséis años y trabajaba como modista en un local de ropa del centro de Quito.
Hablaron durante el resto del viaje.
Cuando se acercaban a Quito, mi padre hizo un último intento.
—Puedo acompañarla hasta su trabajo.
Mi madre sonrió y negó con la cabeza.
—Es mejor que este encuentro quede como una bonita coincidencia de viaje y de nombres.
Parecía bastante claro.
Mi padre aceptó la despedida.
Más o menos.
Cuando bajaron del tren, la siguió a cierta distancia y vio dónde trabajaba.
Ocho días después regresó a Quito.
Era martes otra vez.
Por la tarde fue hasta el almacén y esperó a que saliera. No tuvo que hacerlo durante mucho tiempo.
Mi madre apareció, lo vio y se detuvo.
—No puedo creer que haya venido hasta aquí. ¿Cómo me encontró?
Mi padre tenía preparada una explicación bastante conveniente.
—Este almacén es muy conocido. Pensé que podría encontrarla aquí.
No mencionó, por supuesto, que ocho días antes la había visto entrar.
—¿Me permite acompañarla?
Esta vez, mi madre aceptó.
Después vinieron otros encuentros.
Quito dejó de ser para mi padre solamente la ciudad a la que viajaba para comprar mercadería. Y aquel hombre de Otavalo que había cambiado de asiento en un tren dejó de ser para mi madre un desconocido demasiado conversador.
Se enamoraron y tiempo después se casaron.
Mi madre dejó Quito y llegó a Otavalo, una ciudad que al principio no era la suya y que, con los años, terminó convirtiéndose también en su casa.
Aquí formaron una familia.
Llegaron los hijos.
Después, los nietos.
Más tarde, los bisnietos.
Mis padres estuvieron juntos más de sesenta años.
Mi padre siempre recordaba con humor las coincidencias de aquel primer encuentro:
Ángel y Angelita;
Ángel María y María Angelita;
Rodríguez y Rueda.
Yo, en cambio, siempre he pensado que hubo otra coincidencia, quizá la más importante.
En aquel tren había un asiento vacío junto a mi madre.
Y mi padre decidió ocuparlo.
