El licenciado Gustavo Gutiérrez llega a casa.
Deja las llaves sobre la mesa.
—Gus, ¿quieres café?
La palabra licenciado se ha desvanecido en el aire.
Y no es el único caso.
Al llegar a casa, la doctora Isabel Pérez se convierte en Isa; el abogado Alejandro, en Ale; el arquitecto Rodrigo, en Rodri; y la maestra Susana, en Susy.
Los títulos también tienen horario de oficina.
Pero hay casas donde el nombre puede reducirse todavía más.
Hasta desaparecer.
El ingeniero Fernando Rodríguez pasa el día entre reuniones, informes y personas que lo llaman ingeniero o señor Rodríguez.
Regresa a casa.
Abre la puerta.
—¡Llegó mi gordito!
Y el ingeniero Rodríguez acepta el cambio de identidad sin presentar objeciones.
También están flaco, chiquita y bebé.
No importa que el flaco haya engordado, que la chiquita tenga setenta años o que el bebé mida un metro ochenta.
Todo marcha bien.
Hasta que un día, en casa, escuchamos nuestro nombre.
A secas.
—Fernando.
Nos detenemos.
Hace un momento éramos gordito.
Ahora somos Fernando.
Algo hicimos.
Y si al nombre se suman el segundo nombre y los dos apellidos, ya no queda ninguna duda.
—¡Mario Fernando Rodríguez Rosero!
Entonces ocurre algo extraño.
Podemos tener cuarenta, cincuenta o sesenta años.
No importa.
Por un instante volvemos a nuestra infancia.
Volvemos a aquella casa.
A la voz de nuestra madre, de la abuelita, de una tía o de una hermana mayor llamándonos desde otra habitación.
A esos pocos segundos en los que intentábamos recordar qué habíamos hecho.
Y, sobre todo, qué sabía ella.
Porque hay nombres que, cuando vuelven a sonar, también nos devuelven la edad.
Dorys Rueda, Reflexiones, Volumen III, obra inédita.

