
Tenemos tantas contraseñas que ya no sabemos dónde guardarlas.
Algunos tenemos una libretita.
Otros las anotan en el celular.
Otros prefieren la agenda.
Y también están quienes recurren a un papelito y lo guardan en un lugar tan seguro que después no recuerdan dónde está.
Mientras tengamos cerca nuestra pequeña memoria auxiliar, todo funciona.
Buscamos.
Consultamos.
Y entramos.
El problema comienza cuando no tenemos ninguna de esas ayudas.
Entonces confiamos en nuestra memoria.
Primero, con seguridad.
Escribimos la contraseña.
La página responde:
Contraseña incorrecta.
No importa.
Seguramente era la otra.
Probamos de nuevo.
La respuesta es la misma:
Contraseña incorrecta.
Entonces buscamos otras posibilidades.
El año de nacimiento.
El aniversario de bodas, si todavía recordamos la fecha.
El nombre de la mascota, porque a esas alturas confiamos más en el cariño que en la memoria.
Nada.
Podemos recordar la letra de una canción de hace treinta años, el nombre de una compañera de escuela y hasta el traje que llevábamos en una fiesta.
Pero la contraseña que inventamos hace dos meses ha desaparecido.
Por completo.
Después de varios intentos, la página parece comprender nuestra situación y nos ofrece una salida:
¿Olvidó su contraseña?
La miramos.
Todavía nos resistimos.
Probamos una vez más.
Y otra.
Hasta que aceptamos la derrota y hacemos clic:
Olvidé mi contraseña.
Pero olvidarla era apenas el comienzo.
Recuperarla es otra cosa.
Es asomarse al abismo.
Nos mandan un correo.
Abrimos el correo.
Hacemos clic en el enlace.
Regresamos a la página.
Ahora nos pide crear una nueva contraseña.
Ocho caracteres.
Una mayúscula.
Una minúscula.
Un número.
Un símbolo.
La conseguimos.
La escribimos.
Y cuando creemos que hemos llegado al final, la página responde:
No puede utilizar ninguna de sus últimas cinco contraseñas.
¿Las últimas cinco?
Si no recordábamos la última, ¿cómo esperan que recordemos las cinco anteriores?
Comienza entonces la excavación arqueológica.
Buscamos entre los restos de nuestra memoria hasta que rescatamos una.
Antigua.
Remotísima.
Una contraseña tan vieja que casi tiene acta de nacimiento.
La escribimos.
Esperamos.
Esta vez, la página nos da la bienvenida:
Contraseña aceptada.
Hemos regresado.
A nuestra propia cuenta.
Respiramos tranquilos.
Esta vez sí vamos a recordarla.
La anotamos, por supuesto.
Solo queda un pequeño problema.
Recordar dónde guardamos la libretita.
Dónde dejamos el papelito.
O dónde está el celular.
Dorys Rueda, Reflexiones, Volumen III, obra inédita.
