El Diablo decidió colgar los guantes un par de días.

Estaba agotado de administrar la maldad del mundo: guerras interminables, líderes fascinados consigo mismos, políticos seducidos por el poder y humanos que habían empezado a hacer su trabajo sin pedirle asesoría.

Hasta el Diablo necesita vacaciones.

Eligió Baños de Agua Santa. Quería descansar, aunque las aguas termales le recordaran un poco a la oficina.

Antes de irse, reunió a las diablas del infierno y me eligió a mí.

Según él, mi belleza, mi cinismo refinado y mi conocimiento de las debilidades humanas me convertían en la candidata perfecta.

—Vas a hacer una pasantía en la Tierra.

—¿Una pasantía?

—Necesitamos actualizarnos.

Me entregó una dirección en Quito.

Era una agencia de imagen política.

Me ofendí.

Después de siglos tentando hombres, ¿qué podían enseñarme allí?

El Diablo se fue de vacaciones.

Yo, en cambio, el lunes empecé mi pasantía.

El director revisó mi experiencia.

—¿Ambición?

—Siglos.

—¿Vanidad?

—Especialista.

—¿Deseo de poder?

Sonreí.

—Una de mis fortalezas.

Pareció satisfecho.

—Entonces vas a trabajar con nuestro mejor asesor político.

Por fin algo a mi altura.

El hombre llegó media hora después.

—Primera regla: nunca mientas.

Lo miré decepcionada.

—¿En serio?

—Por supuesto. Di solo la parte de la verdad que te conviene.

Saqué mi cuaderno.

—Segunda: nunca prometas algo imposible. Promete que harás todo lo posible.

Anoté.

—Tercera: jamás cambies de opinión.

—Eso puede ser difícil.

—No. Si cambias, di que has evolucionado.

Seguí escribiendo.

—Cuarta: si no sabes qué responder, habla de la gente.

—¿Y qué digo?

—Que estás con ella.

Empecé a admirarlo.

—Y la última: si algo sale mal, nunca busques al culpable.

—¿Por qué?

Sonrió.

—Porque en política el culpable siempre es el anterior.

Cerré el cuaderno.

—Mañana vas a ver cómo funciona todo esto.

Al día siguiente acompañamos a un gobernador que buscaba ser elegido nuevamente.

Mi trabajo como pasante era observar.

La entrevista comenzó.

—Usted prometió reducir los gastos de la Gobernación.

—Y los hemos reducido en varias áreas.

—Pero el gasto total aumentó.

—Precisamente por eso debemos seguir reduciéndolo.

Miré al asesor.

Ni pestañeó.

—¿Promete reducirlo si vuelve a ser elegido?

—Haremos todo lo posible.

Reconocí la frase.

—Hace cuatro años se oponía a este proyecto. Ahora lo defiende.

—Las circunstancias cambian. Yo también he evolucionado.

Empecé a disfrutar de la pasantía.

—¿Qué hará para crear empleo?

El gobernador miró a la cámara.

—La gente quiere trabajo, oportunidades y un futuro mejor. Estamos con la gente.

—Pero ¿qué hará concretamente?

—Trabajar por la gente.

Tuve que contener la risa.

Llegó la última pregunta.

—Durante su administración quedaron varias obras inconclusas. ¿Quién es responsable?

El gobernador adoptó su mejor expresión de estadista.

—Recibimos una provincia con problemas acumulados durante años. No se puede resolver todo en un solo período.

Miré al asesor.

Sonreía.

Las cinco reglas funcionaban.

Al tercer día llamé al Diablo.

—Tengo una mala noticia.

—¿Qué pasó?

—Encontré a tu reemplazo.

Hubo un silencio.

—¿Es tan bueno?

—Mejor de lo que crees.

—¿Trabaja para nosotros?

Sonreí.

—Eso es lo más preocupante.

—¿No?

—Ni siquiera lo sabe.

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