
Cornelio era mi tío.
Se dedicaba a las limpias espirituales, leía las cartas, practicaba la sanación energética y, cuando las circunstancias lo exigían, conversaba con los muertos.
Aunque nunca supe si ellos tenían ganas de conversar con él.
Era un hombre querido por todos, uno de esos personajes que García Márquez hubiera podido sentar una tarde en Macondo sin necesidad de cambiarle el nombre.
Entrar en su casa era abandonar por un rato las reglas del mundo. Adentro, hasta lo extraño parecía tener permiso para quedarse.
La luz permanecía tenue incluso en la mañana. Parecía que el día entraba allí con cierta cautela. El incienso y el sahumerio se mezclaban en un olor intenso que impregnaba las cortinas, los muebles, la ropa.
Era imposible salir de la casa de Cornelio sin llevarse un poco de ella.
Todavía hoy podría reconocerla con los ojos cerrados.
Y en la mitad del cuarto estaba la mesa.
Redonda.
Como la del rey Arturo, solo que allí nadie buscaba el Santo Grial.
Buscábamos respuestas.
Cornelio extendía las cartas sobre la mesa y, una a una, les arrancaba secretos: amores, viajes, enfermedades, traiciones y futuros que todavía no habían tenido la delicadeza de suceder.
Nosotros mirábamos.
Él sabía.
O parecía saber, que para el caso era casi lo mismo.
A veces llegaba alguien buscando una limpia. Entonces Cornelio tomaba sus ramas y hierbas, las pasaba lentamente alrededor del cuerpo y murmuraba palabras que apenas alcanzábamos a escuchar. El olor de las plantas se mezclaba con el sahumerio mientras él observaba, muy serio, algo que parecía estar allí y que nosotros, por más que mirábamos, nunca conseguíamos ver.
Después daba su diagnóstico.
Casi siempre había malas energías.
Nunca entendí por qué las buenas tenían tan poca afición por visitar a la familia.
En un rincón estaba también la ouija.
Alguna vez intentamos llamar al mismísimo Eloy Alfaro. Pusimos los dedos sobre el tablero y esperamos una señal del Viejo Luchador.
Nunca llegó.
Supongo que tenía asuntos más urgentes en el más allá.
Las sesiones de espiritismo eran breves. Cornelio bajaba la luz, pedía silencio y esperaba.
Nosotros también.
A veces algo sonaba. O parecía moverse.
O no pasaba nada.
Y cuando no pasaba nada era cuando más miedo daba.
Pero Cornelio no solo sabía de muertos.
También sabía algunas cosas de los vivos.
Cuando yo tenía diecisiete años era tímido.
Muy tímido.
Demasiado.
Un día decidió leerme las cartas.
Se sentó frente a mí, barajó lentamente, cortó el mazo y las fue colocando sobre la mesa.
Las observó durante un largo rato.
Yo también.
Naturalmente, no vi nada.
Entonces levantó la cabeza.
—A partir de los veintiún años vas a cambiar.
Me preparé para lo peor.
—Vas a ser como tu padre. No habrá mujer que se te resista.
Volví a mirar las cartas.
Después lo miré a él.
A mis diecisiete años, aquello me pareció la prueba definitiva de que mi tío estaba perdiendo sus facultades.
Yo apenas podía sostenerle la mirada a una muchacha.
Salí impresionado.
Pasaron los años.
Algunos.
Y Cornelio acertó.
Mucho después, se fue a ese otro lado que tantas veces había intentado visitar.
Lo extraño.
A veces quisiera tenerlo otra vez frente a mí, inclinado sobre sus cartas.
Le pediría que barajara, que cortara, que mirara bien.
Y esta vez tendría una sola pregunta:
—Tío, ¿las cartas dijeron hasta qué edad?
Dorys Rueda, Cuentos en voz baja, Volumen II, obra inédita.
