Fuente oral: María Flores
Versión literaria: Dorys Rueda

 

Ocurrió en los años ochenta, en la imprenta de un periódico de Quito.

Durante toda la noche, mientras se imprimía el diario, los trabajadores permanecían frente a las impresoras. Las horas se hacían largas y, cuando el cansancio podía más, alguno terminaba vencido por el sueño.

Era entonces cuando aparecía el fantasma.

Nadie lo había visto, pero se hablaba de él.  A los que se quedaban dormidos les arrastraba la silla o les escondía la chompa.

Por la mañana, terminado el turno, comenzaban las novedades.

—Anoche me arrastraron la silla.

Patricio Santa Cruz lo miró sorprendido.

—¿Y no viste a nadie?

—A nadie. Cuando desperté, la silla estaba en otro lado.

Patricio frunció el ceño.

—¡Qué extraño!

Otro compañero buscaba su chompa.

—Yo la dejé aquí. Estoy seguro.

Patricio se interesó de inmediato.

—¿Y dónde apareció?

—Al otro lado de la sala.

—¿Y quién la llevaría?

—Eso quisiera saber.

Patricio miró hacia las impresoras, pensativo.

—Aquí están pasando cosas inexplicables.

En eso tenía razón.

También trabajaba allí un indígena a quien todos conocían como el Guapazo. A él le pasaban tantas cosas que terminó tomándose el asunto muy en serio.

Una mañana, cuando acabó el turno y todos se preparaban para regresar a sus casas, anunció su decisión:

—Aquí hay que hacer bendecir.

Patricio levantó la mirada.

—¿La imprenta?

—La imprenta y todo el periódico. Aquí pasan cosas raras.

Patricio observó el lugar, como si acabara de verlo con otros ojos.

—No estaría de más.

El Guapazo asintió.

—Hay que buscar un sacerdote.

—Mejor —convino Patricio—. Por si acaso.

—Esto no puede seguir así.

Patricio volvió a asentir.

—Por supuesto que no. Bastante tenemos con trabajar toda la noche como para aguantar también al fantasma.

Pero el fantasma no existía.

Los hermanos Santa Cruz eran quienes le daban vida. Durante la noche estaban pendientes de sus compañeros y, apenas alguno se quedaba dormido, dejaban por un momento sus obligaciones con el periódico para ocuparse de otros asuntos.

Se acercaban con cuidado, arrastraban una silla, escondían una chompa y regresaban a sus puestos como si nada hubiera ocurrido.

Entre los bromistas estaba, precisamente, Patricio.

De modo que, cuando terminaba el turno y comenzaban las novedades, nadie sabía tanto del fantasma como él. Escuchaba, hacía preguntas y se mostraba sorprendido ante cada nuevo episodio.

El Guapazo, mientras tanto, seguía pensando en el sacerdote. Estaba convencido de que una buena bendición acabaría con aquellas cosas.

Patricio no intentó disuadirlo.

Después de todo, conocía al fantasma mejor que nadie.

Dorys Rueda, Historias que me contaron, obra inédita,

error: Content is protected !!