
—Fue hermoso, pero muy corto. Es mejor que terminemos.
Lo dijo con una tranquilidad admirable.
Yo coincidía con la primera parte.
Con la segunda, bastante menos.
Era de Manta. Había sido reina de belleza y conservaba algo de aquellos tiempos: entraba en un lugar y las miradas parecían saber adónde dirigirse.
La mía también.
Después se fue con una tranquilidad capaz de sorprender a cualquiera.
A mí, sobre todo.
Me quedé solo.
Lloré.
Bastante.
Hasta que, entre lágrima y lágrima, recordé a otra mujer.
También era hermosa.
La había conocido poco tiempo antes. Tenía veinte años, era de Chone.
Mi memoria, pese a las lágrimas, funcionaba perfectamente.
Miré la hora.
Era de madrugada.
La llamé.
Contestó.
—Sé que es muy tarde. ¿Podemos vernos?
—Sí. Voy para allá.
Llegó poco después.
Nos sentamos a conversar.
Hablamos unos minutos.
No mencioné a la reina.
Ella tampoco hizo preguntas.
Hasta que me miró.
—Si tú quieres y yo quiero, podemos estar juntos.
Así de sencillo.
Una frase cerró una historia.
Otra abrió una nueva.
A la mañana siguiente, junto a ella, pensé en la reina.
Me sorprendió lo tarde que llegó su recuerdo.
Dorys Rueda, Cuentos en voz baja, Volumen II, obra inédita.
