
Ella tenía 5 años.
Yo, 6.
Éramos primos y vivíamos en la misma casa.
Pasábamos el día juntos.
Corríamos de un lado a otro, discutíamos por cualquier cosa y, pocos minutos después, ya habíamos olvidado el motivo.
También jugábamos al papá y a la mamá.
Ella era la mamá.
Yo, el papá.
Inventábamos una casa, una familia, una vida.
No sabíamos qué era el amor.
Tampoco necesitábamos saberlo.
Nos bastaba estar juntos.
Pero ella era revoltosa.
Mucho.
Un día mi madre decidió regresarla a su casa.
Fue nuestra primera separación.
Sin abogados ni juicios.
Pasaron 10 años.
Nos reencontramos cuando ella tenía 16 y yo, 17.
Nos miramos de otra manera.
Ya no éramos aquellos niños.
Y esta vez no estábamos jugando.
Yo estaba enamorado.
Creía que ella también.
Queríamos estar juntos a todas horas.
Nos buscábamos con verdadera pasión.
Me parecía imposible que algo pudiera separarnos.
Hasta que descubrí que no era el único en su vida.
Había otros compañeros del colegio.
Aquello me dolió.
Y todo terminó.
Después cada uno tomó su camino.
Ella se fue a Estados Unidos.
Yo continué con mi vida.
Pasaron los años.
Muchos.
Pero nunca la olvidé.
De alguna manera, aquella niña siguió viviendo en mí.
Yo tenía 65 años cuando volvió a escribirme. Era periodista y trabajaba en un diario local.
Ella tenía 64, era ama de casa y vivía en Nueva York.
Me contó que se había casado 2 veces.
Que no había sido feliz.
Y después escribió algo que me devolvió de golpe a la infancia.
Me amaba como cuando ella tenía 5 años y yo, 6.
Podríamos vivir en España.
Volveríamos a ser aquellos niños.
Estaríamos juntos hasta viejitos.
Esta última parte la leí 2 veces.
Hubiese querido preguntarle dónde comenzaba exactamente lo de «viejitos».
No respondí.
Han pasado 5 años.
Tengo 70; ella, 69.
Y algunas noches ocurre lo mismo.
A las 11:47, la pantalla de mi celular se ilumina con un “te amo”.
Leo el mensaje una y otra vez.
Mi mujer duerme a mi lado.
«Yo también» no parece una buena respuesta.
«Yo no», tampoco sería verdad.
Vuelvo a mirar a mi esposa dormida y hago lo más prudente:
Nada.
Apago la pantalla.
A los 70 años todavía no he aprendido qué responderle a una niña de 5.
Dorys Rueda, Cuentos en voz baja, Volumen II, obra inédita.
