
La cafetería era pequeña e íntima.
Pocas personas en el lugar.
Quedaba en las afueras de Quito.
El café, delicioso.
Ella era propietaria de un conocido colegio.
Él escribía poemas.
Se habían conocido por redes sociales.
Él le había escrito un poema.
No de amor.
Simplemente un poema.
A ella le gustó.
Muchísimo.
Hablaron
de libros,
de educación,
de la vida.
Nada hacía sospechar lo que ocurriría después.
Se despidieron.
Semanas más tarde volvieron a verse para un segundo café.
Ella lo vio y se reclinó sobre la mesa.
Lo miró fijamente.
Dijo que tenía una propuesta.
El escritor se asombró.
Pensó que tenía perfil de profesor.
De conferencista.
De asesor.
—El cargo es suyo —dijo.
Cargo directivo.
Sueldo extraordinario.
Carro a la puerta.
El escritor pensó que todo sonaba muy bien.
Pero ella añadió:
—Hay un motel a dos cuadras.
No llevo nada debajo del traje.
Vamos ahora mismo.
Y el contrato es suyo.
El escritor permaneció inmóvil.
No porque estuviera tentado.
Necesitaba un segundo para saber si había escuchado bien.
Respiró hondo.
Miró el café.
Miró la puerta.
La miró a ella.
Pensó…
Buen sueldo.
Un automóvil.
Estabilidad económica.
Sin concurso de méritos.
—No —dijo.
No por puritanismo.
Simplemente…
no.
Ella pagó el café.
Se despidió con cortesía.
Esa misma noche llegaron varios mensajes.
Ella lo tachaba de mediocre.
Decía que acababa de desperdiciar la oportunidad de su vida.
Él los leyó sin responder.
Después presionó Bloquear contacto.
Apagó el teléfono.
No todos los días se encontraba un buen cuento para escribir.
Dorys Rueda, Cuentos en voz baja, Volumen II, obra inédita.
