
Esta historia ocurrió hace muchos años, en el Quito de antaño.
Se cuenta que en el centro de la ciudad vivía una adinerada familia española con cinco hijos varones y una sola hija, reconocida por su belleza y distinción.
Su presencia no pasaba inadvertida. Dondequiera que iba, atraía las miradas, algo que sus padres y hermanos no veían con buenos ojos. Por esta razón, apenas le permitían salir de casa.
Ella se sentía prisionera entre aquellas paredes.
Las pocas veces que salía eran para asistir a la misa de los domingos y a las procesiones religiosas.
Siempre llevaba joyas de gran valor.
Unas veces, perlas.
Otras, zafiros, esmeraldas o rubíes.
Pero lo que más destacaba era el anillo de oro que brillaba en su dedo anular. Había sido un obsequio de sus padres en su fiesta de quince años.
Desde aquel día, la muchacha nunca pudo quitárselo. Lo intentó varias veces, incluso frotándose el dedo con aceite, pero la argolla no se movía.
Permaneció allí desde entonces.
Al cumplir veintisiete años, durante una procesión religiosa, un joven de origen humilde se fijó en ella.
Cuando sus ojos se encontraron, los dos entendieron que algo profundo había nacido.
Pero un día la joven murió de manera repentina.
Nadie sabía la causa.
Su familia preparó el entierro y la amortajó con todas sus joyas.
Le pusieron los aretes.
El collar.
El prendedor.
Y, junto a su cuerpo, dejaron una cajita con las demás joyas.
El anillo de los quince años seguía en su dedo anular.
Las familias más pudientes de Quito asistieron al funeral.
El muchacho, con mucho dolor, quiso verla por última vez.
Aquella noche tomó un pico y una pala y se dirigió al cementerio de la ciudad.
Llegó a doce en punto.
Abrió la sepultura.
Después, el féretro.
Cuando la vio, se quedó sin palabras.
Ella parecía dormida.
Estaba enjoyada y, junto a su cuerpo, descansaba la cajita de joyas.
El joven la abrió y tomó una cadena de oro, como recuerdo
Al hacerlo, la ambición pudo más.
Tomó la cajita y la escondió entre su capa. Después le quitó los aretes, el collar y el prendedor.
Solo faltaba el enorme anillo.
El muchacho lo sujetó y tiró.
Nada.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Puso saliva en el dedo y jaló con más fuerza, pero el anillo no se movió.
Entonces empezó a halarlo con los dientes.
Una vez.
Otra.
Y otra.
Al morderle repetidamente el dedo para quitarle el anillo, hizo que la sangre de la joven volviera a circular.
Ella salió del estado de catalepsia en el que se encontraba.
Abrió los ojos y se sentó de golpe.
El joven todavía tenía el anillo entre los dedos.
Ella lo miró.
Levantó los brazos hacia él para que la ayudara a salir del cajón, pero el muchacho estaba paralizado de miedo.
Retrocedió y cayó muerto en el acto.
La joven, al ver el cuerpo de su admirador tendido junto al ataúd y encontrarse sola, sentada en la caja, en medio de la oscuridad del cementerio, no pudo más.
También murió.
Dicen que, a partir de aquella doble muerte, los quiteños comenzaron a velar a sus muertos durante tres días y tres noches.
A la mañana siguiente, el cuidador del cementerio encontró el cuerpo inerte del joven junto al féretro.
La muchacha estaba recostada de lado.
Parecía mirar, desde allí, el cuerpo del muchacho.
