Eran las siete de la noche.

Solo mi fila estaba llena.

A mi lado, mi sobrina nieta esperaba emocionada el comienzo.
Tiene catorce años. Es admiradora y lectora de Homero.

Al otro lado, una pareja de esposos empezaba con las palomitas de maíz.

El resto de los asientos estaba vacío.

Pero, antes de que comenzara la película, la gente empezó a entrar.

Una persona.
Otra.
Y otra más.

La sala quedó abarrotada en pocos minutos.
Aquello ya me llamaba la atención: las veces que había ido, nunca la había visto llena.

La Odisea nos había reunido allí.

Alrededor de una historia.

Para algunos, conocida.
Para otros, no.

Y allí permanecimos durante tres horas, sin que nadie quisiera cambiar lo que veíamos.

En una escena conteníamos la respiración.

En otra, una exclamación recorría la sala.

Estábamos allí.

Personas de distintas edades.

Desconocidos casi todos.

Todos pendientes de la pantalla.

Cuando se encendieron las luces, cada uno volvió a su mundo.

A su teléfono.
A sus conversaciones.
A su camino.

Pero durante tres horas ocurrió algo que empieza a parecernos extraordinario: mirar y sentir juntos.

Dorys Rueda, Reflexiones, Volumen III, obra inédita.

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