
En aquellos tiempos en que las brujas de San Roque todavía recorrían los cielos de Quito, esperaban la luna tierna para emprender viaje.
Montadas en escobas de chilca y cabuya cruzaban sobre tejados, iglesias y plazas mientras repetían su antiguo mantra:
—¡De valle en valle! ¡De villa en villa! ¡Sin Dios ni la Virgen María!
Su destino era el puente del Vado, en Cuenca, donde las Zaldúas las esperaban para intercambiar secretos, remedios y noticias.
Pero una noche, cinco brujas decidieron cambiar la rutina.
Estaban cansadas de tanto viaje y resolvieron darse una vuelta por La Ronda.
Aterrizaron en una calle cercana, dejaron las escobas apoyadas contra una pared y empezaron a caminar.
Una compró morocho con empanada de viento y otra pidió espumilla.
La más anciana encargó un canelazo.
—Sin mucha canela —aclaró.
El vendedor la observó un instante. Decidió no hacer preguntas y se persignó.
Caminaron entre balcones, músicos y turistas.
Vieron parejas tomándose fotografías.
Escucharon serenatas.
Y comentaron, como buenas quiteñas, el estado de las calles, las obras sin terminar y el precio de las cosas.
La noche avanzaba tranquila, hasta que regresaron por las escobas.
Allí las esperaba un policía.
Miró las escobas.
Miró a las mujeres.
Y volvió a mirar las escobas.
—¿Son de ustedes?
—Claro —respondió una de las brujas.
—¿Todas?
—Las cinco.
El policía se acercó.
Observó una escoba de arriba abajo.
Luego abrió su libreta.
—No pueden dejarlas aquí.
—¿Por qué?
—Porque están ocupando espacio público.
—Son escobas.
—Eso veo.
—Entonces no estorban.
—Eso lo decidiré yo.
Las brujas se miraron.
La más anciana suspiró.
Ya conocía ese tono.
—Mijito, llevamos siglos estacionando escobas.
—No aquí.
—¿Y desde cuándo?
—Desde hoy.
El policía, con voz alta, exclamó:
—A ver, a ver. Presenten cédulas, papeleta de votación y matrícula de los vehículos. Rapidito…
—¿Vehículos? —dijo riéndose la más joven.
La anciana le dio un codazo.
—No te rías, que habla en serio.
El oficial empezó a inspeccionar las escobas.
—Miren, están lisas y esa es una infracción grave.
Luego enumeró los cargos:
—Estacionamiento indebido en zona patrimonial, intento de despegue en vehículos con desperfectos y presunto estado etílico colectivo.
—¿Estado etílico colectivo? —murmuró una de las brujas.
—Claro que sí, desde la esquina se siente tufo a canelazo.
Entonces el policía tomó el radio.
—Central, central… requiero apoyo urgente en La Ronda. Tengo cinco sospechosas con cinco escobas en alto.
En este momento, los curiosos habían rodeado al policía y a las brujas.
Un turista preguntó qué ocurría.
—Parece un operativo —respondió una joven.
—¿Operativo de qué?
—Antidrogas.
Poco después llegó un patrullero. Bajaron dos policías más.
El primero miró la escena y murmuró:
—Chuta… yo pensé que se trataba de una pelea.
El segundo se santiguó sin disimulo.
El oficial principal dijo:
—Quedan detenidas para investigaciones, por presunto consumo de alcohol en vía pública, alteración del orden y tentativa de fuga aérea.
No les dieron tiempo para protestar y las hicieron subir al patrullero.
Las brujas iban tan apretadas que la más joven se quejó.
La más anciana le dijo:
—Tranquila, hija. Peores transportes hemos tomado. ¿Ya se olvidaron del bus a Calderón en hora pico?
Se hizo un silencio inmediato.
Nadie discutió aquello.
Llegaron a la unidad policial cerca de la medianoche.
Un policía medio dormido comenzó con el trámite.
—Nombre.
—Martha de los Espantos.
—Edad.
—La necesaria.
—Ocupación.
—Bruja.
El hombre la miró unos segundos.
Después escribió: artesana.
Siguió con la siguiente.
—Nombre.
—Rosario del mal aire.
—Ocupación.
—Experta en cartas, limpias energéticas y asesoría sentimental.
El policía escribió: consultora especializada.
A la tercera le preguntó el estado civil.
—Si le explico, nos quedaríamos todo el día hablando…
El policía escribió: unión libre y siguió con las restantes.
Justo cuando iban a tomarles las huellas, una de ellas dijo:
—Siga nomás, oficial… que lo mejor recién empieza. Ya es medianoche.
Todas entendieron enseguida.
Las luces parpadearon.
Se apagaron.
Y durante algunos segundos la oscuridad cubrió toda la unidad.
Cuando la energía regresó, las celdas estaban vacías.
Las escobas habían desaparecido.
Y sobre el escritorio del oficial de turno humeaban cinco vasos de canelazo.
Nadie encontró explicación.
Hasta hoy.
Sin embargo, algunos policías veteranos aseguran que ciertas noches todavía sienten olor a canela en los pasillos.
Y cuando encuentran una escoba abandonada en la ciudad, prefieren no moverla.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.
