
Que quede claro desde el principio: los muertos también tenemos obligaciones.
La gente cree que uno pasa la eternidad arrastrando cadenas, apareciéndose en corredores oscuros o asustando a quien regresa tarde a casa.
Ojalá.
También tenemos reuniones.
Ayer, por ejemplo, debía asistir al Primer Congreso Nacional de Apariciones, Espantos y Presencias Persistentes, convocado en una vieja casona del Centro Histórico de Quito.
No podía faltar.
Había llegado gente de todas partes.
Un ánima de Latacunga presentaría una ponencia sobre desapariciones elegantes.
Una viuda de Riobamba hablaría de nuevas técnicas para perfeccionar el lamento.
Un difunto de Ambato expondría sobre métodos para aparecer sin ser anunciado.
Y un espectro de Sangolquí tendría a su cargo la conferencia magistral.
El programa era bastante serio.
Había incluso certificados de asistencia.
Salí temprano.
Decidí usar el Metro de Quito porque incluso los muertos apreciamos la puntualidad.
Todo iba bien hasta que llegué a la estación.
El Metro se había detenido.
Nadie sabía qué pasaba.
Al principio, la gente esperó con paciencia.
Después comenzaron los murmullos.
Luego llegaron las quejas.
Y finalmente, como ocurre cuando nadie sabe nada, aparecieron los expertos.
Una señora decía que era una falla técnica.
Un estudiante aseguraba que era sabotaje.
Y un señor juraba que todo estaba embrujado.
Aquello último me pareció una falta de respeto profesional.
Pasaron los minutos.
Después, una hora.
Luego otra.
Yo seguía allí.
Esperando.
El congreso ya debía haber comenzado.
Tal vez estaban sirviendo el café.
Peor aún: quizá ya habían repartido los certificados.
Cuando finalmente el servicio volvió a funcionar, la multitud avanzó de golpe.
Yo también.
Atravesé un par de cuerpos porque las circunstancias lo ameritaban.
Llegué al Centro Histórico cuando todo había terminado.
Las velas estaban apagadas.
Las sillas, vacías.
En el salón encontré únicamente al espectro de Sangolquí, que guardaba las actas del congreso dentro de una carpeta negra.
Me observó unos segundos.
— Qué puntualidad la suya. Admirable.
—No fue culpa mía.
—Naturalmente.
—El Metro.
—¿Qué pasó?
—Se detuvo.
—¿Y usted se quedó esperando?
—Como todos.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Varias horas.
El espectro de Sangolquí me observó.
—Compañero.
—¿Sí?
—Usted es un fantasma.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué se quedó esperando el Metro?
No respondí enseguida.
Había una explicación.
El problema era encontrarla.
El espectro suspiró.
— Llevo doscientos años trabajando con almas en pena y cada vez entiendo menos ciertas cosas.
—Los vivos tienen excusa. Usted no.
Sacó una pluma negra y abrió una libreta.
—¿Qué hace?
—La sanción correspondiente.
—¿Qué sanción?
—Quince noches de servicio comunitario.
—¿Dónde?
—En el redondel de El Ciclista.
—¿Haciendo qué?
—Penando.
Escribió algo más.
Firmó.
Cerró la libreta.
No hubo apelación.
Esa misma noche comencé a cumplir la sanción.
Desde entonces aparezco en el redondel de El Ciclista.
No es un mal sitio, en absoluto.
Pasan carros.
Pasa gente.
De vez en cuando alguien me ve y acelera el paso.
Yo cumplo con mi trabajo.
Lo único que ya no hago es esperar el Metro.
No porque haya perdido la confianza.
Simplemente recordé que estoy muerto.
