El candidato a la alcaldía de Quito buscó al Diablo la víspera del cierre de campaña.

—Quiero que se cumpla todo lo que prometa. Si la gente lo ve con sus propios ojos, gano el domingo.

—Perfecto —dijo el Diablo—. A cambio, quiero un puesto en la Alcaldía.

—¿Qué piensa hacer allí?

—Mejorar lo que ya hacen.

Al candidato le gustó que hablara de continuidad. Firmó.

Al día siguiente, en la Plaza Grande, se acercó al micrófono.

—¡Quito sin cuestas!

La subida a San Juan se volvió plana. Un vecino que llevaba cuarenta años llegando sin aliento a su casa pasó de largo. Siempre había reconocido su puerta por las ganas de sentarse.

Desde la tarima, el candidato vio que todavía quedaban paraguas abiertos.

—¡Lluvia solo de noche!

La llovizna paró en seco. Se cerraron los paraguas y el candidato se animó.

—¡Y el Metro hasta la puerta de su casa!

En La Amazonas, una señora oyó el timbre. Abrió y vio, en el lugar de la vereda, una escalera por la que subían veinte pasajeros.

—Disculpe, señora —dijo el primero—. ¿Por dónde se sale a la calle?

—Por la cocina, joven. Y si ya va para allá, apágueme el gas.

El jefe de campaña le hizo señas para que terminara. El candidato levantó dos dedos. Todavía le quedaban dos promesas.

—¡Un árbol frente a cada casa!

Brotaron árboles en toda la ciudad. En La Gasca, cada tronco creció justo en el umbral de una casa. Los vecinos se asomaron por las ventanas y comprobaron que en toda la avenida había ocurrido lo mismo. Ninguna puerta se abría lo suficiente para dejar pasar a una persona.

En la Plaza Grande, el candidato bajó un dedo.

—¡Y el domingo nadie se quedará sin votar!

El domingo votaron todos. En San Juan, los vecinos llegaron a pie y sin apuro. En La Gasca, los bomberos fueron de casa en casa sacando a la gente por las ventanas.

El candidato ganó la alcaldía. En San Juan ganó por goleada. En La Gasca perdió. Una vecina explicó por qué al llegar al recinto:

—Yo iba a votar por él. Se me quitaron las ganas a medio bajar por la escalera.

El día de la posesión, el Diablo llegó con el contrato bajo el brazo. El alcalde le entregó las llaves de una oficina. Esa misma tarde, el Diablo reunió a tres directores y abrió su cuaderno.

—Empecemos por los nombramientos. Usted contrata al sobrino de su colega y él contrata al suyo. Así, si les preguntan, cada uno puede decir que en su oficina no trabaja ningún pariente.

—Eso hacíamos antes —dijo un director—. Ahora los sobrinos se juntaron y abrieron una consultora.

—¿Y cómo justificaron que había que contratarla?

—Con un informe técnico.

—¿Quién lo hizo?

—Los sobrinos. Fue su primer trabajo.

El Diablo tachó la primera idea.

—Pasemos al puente. Podemos inaugurarlo antes de poner la primera piedra.

—Ya lo inauguramos dos veces —dijo la directora de Obras—. Ayer aprobamos el presupuesto para el mantenimiento.

—¿Y qué se supone que van a reparar?

—Todavía nada. Estamos esperando que lo construyan.

El Diablo tachó la segunda idea. El tercer director le acercó una hoja.

—Firme aquí, por favor. Es la lista de asistencia al curso de ética.

—¿Cuándo es el curso?

—Lo cancelamos. Salía más barato imprimir los certificados.

El Diablo firmó. Después se quitó el saco y lo colgó en el respaldo de la silla.

Hacía siglos que no se sentía tan en casa.

Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.

Imagen ilustrativa creada con inteligencia artificial.

 

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