
Dorys Rueda
En Quito todos conocen la historia del Padre Almeida.
Dicen que hace siglos un fraile del convento de San Diego tenía la costumbre de escaparse por las noches para disfrutar de las distracciones de la ciudad.
Para salir sin ser visto, se ayudaba del brazo de un Cristo de madera, hasta que una noche la imagen le habló.
—¿Hasta cuándo, Padre Almeida?
—Hasta la vuelta, Señor —respondió el fraile.
Y la respuesta terminó convirtiéndose en leyenda.
Mucho tiempo ha pasado desde entonces.
El convento sigue allí, pero alrededor ya no hay huertos ni calles silenciosas. Ahora hay cafeterías, automóviles, turistas y teléfonos que no dejan de sonar.
Y fue precisamente allí donde apareció el nuevo Padre Almeida.
Era joven y estaba encargado de todo lo que tuviera cables, pantallas o contraseñas.
Si fallaba el internet, lo llamaban a él.
Si el proyector no funcionaba, lo buscaban a él.
Y si alguien olvidaba la clave del Wi-Fi, también terminaba llamándolo a él.
Decía que utilizaba el celular únicamente para asuntos pastorales.
Nadie estaba completamente seguro de que aquello fuera verdad.
Una Nochebuena, mientras los demás preparaban la Misa del Gallo, Almeida se acercó a una ventana.
Quito brillaba de un extremo al otro.
Se escuchaba música a lo lejos.
La ciudad parecía estar pasándola demasiado bien.
Entonces vio pasar un Uber y dijo:
—Solo daré una vuelta.
Cinco minutos después ya estaba en la calle.
Y poco después, sin saber muy bien cómo, terminó apoyándose en el brazo del viejo Cristo antes de saltar el muro.
—¿A dónde lo llevo, padre? —preguntó el conductor.
—A donde haya buñuelos, buena conversación y gente despierta.
El chofer sonrió.
Recorrieron buena parte de la ciudad.
En La Ronda encontró guitarras, empanadas y chocolate caliente.
En Guápulo encontró música.
En La Mariscal encontró diversión.
Y en algunos lugares encontró personas que parecían convencidas de que la Navidad se celebra mejor después de la medianoche.
A cada sitio llegaba diciendo que se quedaría solo unos minutos.
Y en cada sitio terminaba quedándose un poco más.
Cuando llegaron a Calderón, el conductor miró la hora.
—Padre, creo que ya amaneció.
Almeida observó el reloj.
Tenía razón.
Y fue entonces cuando una brisa extraña cruzó la calle.
Entonces oyó una voz.
—¿Hasta cuándo, Padre Almeida?
El joven se quedó inmóvil.
Miró a un lado.
Miró al otro.
El conductor también miró, aunque no entendía qué estaba pasando.
Finalmente, Almeida sonrió.
—Hasta que cierren el karaoke, Señor.
Después volvió a subir al vehículo.
—Ahora sí, regresemos al convento.
Durante el camino apenas habló.
A la mañana siguiente llegó justo a tiempo para el desayuno.
Los demás notaron algo distinto en él.
Nadie preguntó qué había ocurrido aquella noche.
Tampoco hizo falta.
Desde entonces no volvió a escaparse.
Cada Nochebuena deja una pequeña luz encendida junto al muro del convento.
Cuando alguien le pregunta por qué, responde:
—Por si alguien sale a dar una vuelta y se le hace tarde para volver.
Todos regresan a ver al viejo Cristo de madera.
Por si acaso.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.
