
En Otavalo, los mayores todavía cuentan la historia de los dos jóvenes que quisieron demostrar quién era más valiente.
Una noche entraron al cementerio para clavar un clavo en una cruz.
La apuesta parecía sencilla.
Pero uno de ellos murió del susto al creer que un muerto lo había atrapado.
Desde entonces, la leyenda dejó una enseñanza: no siempre el miedo está donde uno cree.
Los tiempos cambiaron.
Ahora los jóvenes ya no se retan en los cementerios.
Prefieren las redes sociales.
Por eso, una noche apareció en TikTok un concurso llamado: «Los Valientes».
El premio era un vale de compras, una cena con la Reina de Otavalo y una placa que acreditaba al ganador como «Valiente Oficial del Cantón».
Dos muchachos aceptaron el desafío.
La prueba debía realizarse dentro del almacén AKÍ, después del cierre.
Todo sería transmitido en vivo.
A la entrada los esperaba don Eusebio, el guardia nocturno.
Era un hombre serio, de bigote respetable y linterna poderosa.
Cuando vio acercarse a los concursantes, frunció el ceño.
—¿Qué hacen aquí?
—Venimos por el concurso.
—¿Qué concurso?
—Los Valientes.
Don Eusebio los miró un momento.
—Ah, ese concurso… Está bien. Yo seré el juez. Pero les advierto una cosa: el que meta la mano en las fundas de caramelos queda descalificado.
Los muchachos asintieron.
La primera prueba consistía en atravesar un pasillo cargando un saco de arroz.
Los dos la superaron sin problemas.
La segunda era encontrar el producto más extraño del supermercado.
Uno apareció con una sandía gigantesca.
El otro con una papa torcida que parecía tener personalidad propia.
Don Eusebio declaró empate.
Entonces llegó la última prueba.
Don Eusebio guardó el reloj en el bolsillo, tomó los dos celulares y los colocó sobre una mesa.
—¿Qué hace?
—La prueba final.
—¿Cuál?
—Sesenta segundos sin celular.
Los dos muchachos se quedaron inmóviles.
—¿Nada más?
—Nada más.
—Eso es fácil.
—Comiencen.
Los primeros diez segundos transcurrieron sin dificultad.
A los veinte, uno preguntó:
—¿Y si me escribieron?
—No lo sé.
A los treinta, el otro miró la mesa.
—Capaz tengo mensajes.
—Capaz.
A los cuarenta, ambos comenzaron a caminar de un lado a otro.
A los cincuenta, uno ya sudaba.
—Esto no estaba en las bases.
—Ahora sí está —respondió don Eusebio.
Cuando el reloj marcó un minuto, los dos corrieron a recuperar sus teléfonos.
Revisaron mensajes.
Notificaciones.
Videos.
Y respiraron aliviados.
Don Eusebio los observó con cierta compasión.
Después guardó el reloj.
—Ya tenemos ganador.
—¿Quién?
—Ninguno.
—¿Por qué?
—Porque ninguno aguantó tranquilo un minuto.
Los muchachos protestaron.
El guardia levantó una mano.
—Antes los valientes entraban al cementerio de noche.
Ahora les quitan el celular un rato y casi llaman a los bomberos.
Los dos bajaron la cabeza.
Y, aunque nunca lo reconocieron públicamente, supieron que el viejo tenía razón.
Desde entonces, en Otavalo ya nadie pregunta:
—¿Te atreves a ir al cementerio?
La nueva prueba de valentía es mucho más difícil.
Consiste en quedarse un minuto sin revisar el celular.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre Leyendas y Sonrisas, 2026.
