
Durante muchos años fui el espanto de las vueltas de Otón.
Los choferes me veían aparecer entre la neblina y apretaban el volante con tanta fuerza que después les dolían las manos durante horas.
Yo caminaba en medio de la carretera o al menos eso parecía.
La verdad es que nunca caminé.
Flotaba.
Esa era precisamente la parte que más impresionaba.
Al amanecer, los conductores llegaban a Otavalo contando la historia y yo me sentía satisfecho.
Era bueno en mi trabajo.
Pero los tiempos cambiaron.
La carretera cambió.
Los vehículos cambiaron.
Y los miedos también.
Una noche observé cómo unos delincuentes colocaban piedras sobre la vía para detener a los conductores.
Nadie prestó atención a mi aparición.
Estaban demasiado ocupados intentando escapar.
Aquello me dejó pensando.
Durante años había dedicado mis esfuerzos a asustar viajeros honestos.
Mientras tanto, los verdaderos problemas pasaban frente a mis ojos.
Esa misma noche tomé una decisión.
Si la gente ya no necesitaba un espanto, tal vez necesitaba un guardián.
Por eso me presenté en la Escuela de Formación.
No fue fácil.
El primer problema apareció cuando intentaron hacerme marchar.
Mientras los demás avanzaban con el pie izquierdo, yo seguía flotando varios centímetros sobre el suelo.
El instructor me observó durante un largo rato.
—Cadete, usted está fuera de formación.
—Es mi forma natural de desplazarme —respondí.
Las prácticas tampoco fueron sencillas.
Durante los ejercicios de control, los instructores intentaban corregirme la postura con una palmada en el hombro.
Sus manos me atravesaban.
Al tercer intento decidieron dar las indicaciones desde una distancia prudente.
Lo agradecí.
No faltaron las sesiones con psicólogos.
Según los especialistas, yo debía aprender a dosificar el miedo.
Durante varias semanas me mostraron fotografías de reacciones humanas.
—Esto es un susto leve —explicaba el psicólogo.
La persona de la foto apenas levantaba las cejas.
—Esto es un susto moderado.
La siguiente había derramado el café.
—Y esto es excesivo.
En esa imagen aparecía un conductor que me había visto en las vueltas de Otón en 1900.
Al parecer yo tenía algunos problemas para calcular la intensidad.
Después de varios ejercicios logramos avances importantes.
Aprendí a distinguir entre un ciudadano distraído y un delincuente decidido.
También aprendí que no todas las personas necesitan el mismo susto.
Hay quienes corrigen una mala conducta con una mirada.
Y hay quienes requieren una aparición completa con neblina incluida.
Cuando terminé la formación regresé a las carreteras.
Y luego a las calles de Otavalo.
La ciudad se acostumbró rápido a mi presencia.
Cada noche salía de ronda.
No llevaba linterna.
Tampoco patrullero.
Nunca los necesité.
Los delincuentes aprendieron a reconocerme antes que los ciudadanos.
Bastaba que alguien intentara arrebatar un bolso o forzar una cerradura para que el aire se enfriara unos grados.
Entonces aparecía yo.
Suspendido a pocos centímetros del suelo.
Sin decir una palabra.
La mayoría comprendía el mensaje inmediatamente.
Los más tercos necesitaban una segunda aparición.
Muy pocos llegaban a la tercera.
Con el tiempo me convertí en una especie de símbolo local.
Los comerciantes me saludaban cuando abrían sus negocios al amanecer.
Los conductores tocaban la bocina al pasar por las viejas curvas de Otón.
Y los niños…
Cuando me veían aparecer al final de una calle, levantaban la mano y gritaban:
—¡Ahí va el Caminante!
Algunos corrían detrás de mí unas cuadras.
Otros me pedían que flotara más alto.
Una niña me regaló un dibujo donde aparecía con capa, placa policial y una sonrisa enorme.
Debo admitir que me hizo ilusión.
Con el tiempo, la gente dejó de hablar del espanto de las vueltas de Otón.
Ahora hablaban del guardián que recorría la ciudad cuando todos dormían.
Y aunque sigo siendo un fantasma, debo reconocer que prefiero esta versión de la historia.
Porque descubrí algo importante.
Hay épocas en que una ciudad necesita espantos.
Y hay épocas en que necesita guardianes.
Yo tuve la suerte de convertirme en ambos.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.
