En la memoria oral de Otavalo se recuerda al Sacristán, un hombre más dado a la burla que a la devoción.

Se decía que lanzaba piropos a las muchachas durante la misa, amarraba a los borrachos a los postes para reírse de ellos al amanecer y que hasta en los velorios encontraba la manera de hacer alguna travesura.

Una madrugada, una de aquellas bromas le salió mal.

Mientras acomodaba a un difunto para asustar a los asistentes, el muerto abrió los ojos y le preguntó:

—¿Por qué no me dejas descansar?

El susto fue tan grande que el Sacristán cayó fulminado en el acto.

Desde entonces, la historia siguió contándose de generación en generación.

Y también se decía que uno de sus bisnietos había heredado la misma sonrisa traviesa y la misma afición por las bromas.

Por las mañanas ayudaba en una iglesia. Por las tardes manejaba un taxi amarillo que ya había conocido tiempos mejores.

Tenía la costumbre de bromear con todo el mundo. Coqueteaba con las muchachas desde la ventana del taxi y más de un borracho amaneció amarrado a un poste después de aceptar una de sus supuestas ayudas nocturnas.

—Los demás tienen GPS —decía con orgullo—. Yo tengo memoria.

Una noche, cerca de la medianoche, vio que en una casa del barrio Central estaban velando a un difunto.

Entró sin hacer ruido.

Los familiares estaban cansados y apenas notaron su presencia.

Se acercó al ataúd, sacó al difunto y lo sentó en una silla.

Luego dio unos pasos hacia atrás para admirar su travesura.

—Ahora sí —murmuró satisfecho.

Estaba a punto de marcharse cuando escuchó una voz.

—¿Qué estás haciendo?

El sacristán se quedó inmóvil.

Miró hacia la puerta.

Miró hacia las ventanas.

No vio a nadie.

—¿Quién me habla?

Entonces bajó lentamente la vista.

Y fue cuando lo vio.

El difunto lo estaba observando.

—¿No te parece suficiente con que me haya muerto?

Al sacristán casi se le cayó la gorra.

—Don difunto, disculpe usted…

—Yo estaba tranquilo.

—Sí.

—Descansando.

—Sí.

—Entonces, ¿para qué me sacas de la caja?

—Era una bromita.

—¿Una bromita?

—Sí.

—¿Y te parece que estoy para bromas?

El sacristán tragó saliva.

—Solo quería que estirara las piernas.

El muerto abrió más los ojos.

—¡Si estoy muerto!

El sacristán retrocedió un paso.

—Perdón.

—Más fuerte.

—Perdón.

—Mucho mejor.

El sacristán comenzó a caminar hacia la puerta.

—Ya me voy.

—Eso espero.

—No volverá a pasar.

—Más te vale.

Aquello fue suficiente.

Salió corriendo.

Atravesó la sala.

Empujó la puerta.

Y desapareció calle abajo.

Nadie volvió a verlo.

Años después, algunos aseguraban haberlo visto manejando un taxi en otra provincia.

Si era él, parecía haber aprendido una lección: los pasajeros pueden quedarse dormidos, pero los difuntos no siempre.

Dorys Rueda, Cuentos: Entre Leyendas y Sonrisas, 2026.

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