
Se dice que, hace muchos años, un joven esperaba transporte en la Panamericana cuando apareció un automóvil negro y elegante. Estaba a punto de subir cuando una fuerza invisible y sobrenatural lo apartó, y una voz le advirtió que aquel vehículo pertenecía al mismísimo diablo.
Pero el diablo nunca abandonó del todo el mundo del transporte. Los tiempos cambiaron, los automóviles también, y él supo adaptarse.
Dicen que todavía sigue recorriendo las carreteras y calles de Otavalo, buscando pasajeros y oportunidades de negocio.
Una madrugada, un joven, con varios tragos de más, salió de una discoteca a las dos de la mañana.
Caminó hasta la Panamericana porque su madre lo esperaba en Ibarra.
—Ojalá consiga transporte —se decía.
Llegó y descubrió que no pasaba ni un solo vehículo.
Esperó unos minutos.
Después, otros cuantos.
Justo cuando empezaba a resignarse, vio dos luces a lo lejos.
Era un automóvil que se aproximaba lentamente y se detuvo frente a él.
Estaba impecable, como si acabara de salir del concesionario.
Algo bastante sospechoso a esa hora.
La ventana bajó despacio.
—¿Va para Ibarra? —preguntó una voz.
—Creo que sí.
—¿Cómo que cree?
El muchacho se quedó pensando unos segundos.
—Sí, sí. Ibarra. Mi mamá vive allá.
—Entonces suba. Voy directo.
El muchacho se acercó tambaleándose un poco.
—¿Cuánto cobra?
—Nada.
—¿Gratis?
—Servicio especial.
—¿Y tiene música?
—Toda la que quiera.
—¿Qué clase de música?
—De todo. Salsa, reguetón, cumbia… incluso una excelente colección de Los Iracundos.
—¿Y quién escucha Los Iracundos a esta hora?
—Más gente de la que usted imagina. Allá abajo, en las profundidades donde tengo mi oficina.
—Buen público entonces.
—Muy fiel.
—¿Y el carro tiene aire acondicionado?
—Claro.
—¿Qué tan frío?
—Al principio bastante. Después depende del destino.
—¿Cómo así?
—Hay destinos que se ponen calientes.
—Ah.
El muchacho no entendió nada.
—¿Y algo para tomar?
—Lo que guste.
—¿Cerveza?
—Toda la que quiera.
—¿Canelazo?
—También.
—¿Y agua?
El chofer guardó silencio unos segundos.
—Agua no.
—¿No tiene?
—Digamos que no es muy popular entre mis clientes.
El joven sonrió.
—Qué buen servicio.
—Tenemos siglos de experiencia.
—¿Y mucha gente usa esta ruta?
—Más de la que debería.
—¿Y llega rápido?
—Rapidísimo.
—¿Más que un Uber?
—Muchísimo más.
—¿Cuánto me demoro?
—Depende.
—¿De qué?
—De cómo se haya portado.
El muchacho soltó una carcajada.
—Usted sí que tiene sentido del humor.
—Eso me dicen.
El joven ya tenía medio cuerpo dentro del automóvil cuando escuchó:
—Lo único que necesito es su alma…
El chofer tosió.
—Perdón. Quise decir su nombre.
El muchacho apoyó un pie dentro del vehículo.
Fue entonces cuando sintió que alguien lo sujetaba por los hombros y lo jalaba con fuerza.
Salió despedido hacia atrás.
Cayó sentado sobre el asfalto.
La puerta se cerró de golpe y el automóvil desapareció entre la neblina.
Durante unos segundos no escuchó nada.
Después una voz suave habló a sus espaldas.
—Da gracias a la Virgen. Te acabas de salvar.
El joven se puso de pie como pudo.
Miró a un lado.
Miró al otro.
No había nadie.
Ni un alma.
Aquella madrugada regresó a pie a Ibarra.
Llegó cansado, congelado y completamente sobrio.
Desde ese día sale menos.
Y cuando necesita transporte revisa la placa, pregunta el destino y observa bien al conductor.
Porque uno nunca sabe.
Sobre todo si el chofer ofrece viaje gratis.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026
