
En Otavalo, como en muchas ciudades del Ecuador, tenemos un sobrenombre que nos distingue: “Apaga velas”.
La historia viene de antaño y mezcla picardía, rivalidad y valor. Algunos dicen que todo empezó en un juego de cartas entre otavaleños e ibarreños, cuando, al ver la derrota inminente, uno de los nuestros sopló las velas, recogió las apuestas y salió corriendo.
Otros aseguran que el apodo se ganó gracias a la leyenda de dos jóvenes que, sin miedo, apagaron la vela del temido espectro de la Caja Ronca y descubrieron que, detrás del espanto, se escondía un ladrón disfrazado.
Pero esta vez la historia ocurre en pleno siglo XXI.
La Caja Ronca ya no avanzaba por las calles empedradas del pasado. Ahora aparecía por la calle Modesto Jaramillo, en plena Plaza Cívica —el antiguo Mercado 24 de Mayo— y se dirigía lentamente hacia el Parque Bolívar.
No eran pocos los que comentaban que, después de su paso, desaparecían mercaderías de varios locales. Otros aseguraban haber visto sombras extrañas en las grabaciones de las cámaras de seguridad.
Dos jóvenes, intrigados por las historias que circulaban en grupos de WhatsApp y publicaciones de Facebook, decidieron averiguar qué estaba ocurriendo.
Aquella noche se apostaron en la entrada de la Cámara de Comercio de Otavalo.
Llevaban sus celulares en modo avión para que ninguna notificación interrumpiera la misión, pequeñas cámaras sujetas al pecho para registrar lo que ocurriera y una linterna táctica que, según ellos, era capaz de asustar hasta al mismísimo diablo.
—¿Y si es la Caja Ronca? —preguntó uno.
—Entonces tendremos la mejor historia para contar.
—¿Y si no?
—También.
Esperaron.
A medianoche vieron cómo se aproximaba una procesión silenciosa encabezada por un esqueleto con una vela encendida, seguido por cinco figuras encapuchadas que cargaban un ataúd.
Era como si los personajes de La Monja, El Conjuro y El Aro hubieran decidido salir a pasear por Otavalo.
Cuando el cortejo pasó frente a ellos, uno de los jóvenes dio un salto y apagó la vela de un soplido.
El otro se lanzó sobre el esqueleto.
Hubo empujones.
Un tropiezo.
Dos gritos.
Y, de pronto, el disfraz del esqueleto cayó al suelo.
Debajo apareció un hombre de carne y hueso.
Nada de fantasmas.
Nada de espectros.
Nada de apariciones.
Solo un integrante de una banda que aprovechaba el miedo para cometer robos.
—¿Así que usted era la Caja Ronca? —preguntó uno de los jóvenes.
—Más o menos.
—¿Y el ataúd?
—Prestado.
—¿Y los encapuchados?
—Primos.
—¿Y la procesión?
—Trabajo en equipo.
El video quedó grabado desde varios ángulos.
Antes de que amaneciera ya circulaba por toda la ciudad.
A la mañana siguiente no se hablaba de otra cosa.
Los celulares vibraban sin descanso.
Aparecieron memes, stickers y videos de parodia por todas partes.
Como era de esperarse, alguien creó el hashtag #ApagaVelasChallenge.
Hubo montajes con música de Misión Imposible, videos en cámara lenta como si se tratara de la final de un Mundial y recreaciones caseras donde nunca faltaba un esqueleto improvisado.
Algunos grababan reacciones.
Otros analizaban el famoso soplido cuadro por cuadro.
Y no faltó quien afirmara que había sido el mejor soplido en la historia de Otavalo.
Al día siguiente ya había camisetas a la venta con la frase:
“Yo también soplé”.
Después llegaron las tazas.
Las gorras.
Los llaveros.
Y hasta velas que se apagaban solas cuando alguien se acercaba.
Los restaurantes tampoco perdieron tiempo.
La chicha apagavelas se volvió popular.
La hamburguesa Caja Ronca apareció en más de un menú.
Y los Soplitos, unas pequeñas empanadas doradas y crujientes, terminaron convirtiéndose en los favoritos de turistas y vecinos.
En las discotecas sonaba una canción que repetía:
—¡Apaga velas! ¡Apaga velas!
Entre una estrofa y otra.
En las escuelas los estudiantes representaban la escena durante los recreos.
En la Universidad de Otavalo se organizó un concurso de cortometrajes inspirado en la historia.
Los artesanos bordaban la escena del famoso soplido.
Los talladores de madera fabricaban pequeñas figuras de la Caja Ronca.
Y los músicos componían pasillos, sanjuanitos y hasta alguna que otra canción humorística inspirada en el acontecimiento.
Los turistas recorrían el trayecto entre la Plaza Cívica y el Parque Bolívar tratando de encontrar el lugar exacto donde ocurrió todo.
Ni los equipos barriales se salvaron del entusiasmo.
Algunos mandaron a confeccionar camisetas con velas apagadas estampadas en el pecho.
En ciertos campeonatos, el saque inicial se realizaba apagando una vela colocada en el centro de la cancha.
Y al finalizar los partidos, el equipo ganador recibía una réplica artesanal de la famosa vela.
Meses después, alguien preguntó a uno de los dos jóvenes si había valido la pena pasar frío aquella noche.
—Claro que sí.
—¿Por descubrir a los ladrones?
—No.
—¿Entonces?
—Porque ahora todo el mundo sabe por qué nos dicen Apaga velas.
Y dicho eso, sopló la vela que adornaba la mesa del café.
Por costumbre.
Y también por si acaso.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre Leyendas y Sonrisas, 2026.
