Los ancianos de Otavalo cuentan que la Caja Ronca aparece en la noche y la madrugada.

Es un cortejo vestido de negro.

Lleva un ataúd, flautas y tambores.

Más valía no cruzarse en su camino.

David Salazar conocía la historia, pero no le prestaba atención.

Le gustaban la discoteca, el karaoke y el canelazo.

Todos los fines de semana viajaba de Espejo a Otavalo a divertirse.

Su madre siempre le advertía:

—David, un día te va a llevar la Caja Ronca.

—Primero, que me encuentre —decía entre risas.

Aquella noche fue a Otavalo y ya había cantado dos pasillos y tres reguetones en la discoteca.

Pero como era medianoche, decidió regresar caminando a Espejo.

En ese momento escuchó una flauta.

Después, un tambor.

Se volvió y allí estaban los encapuchados.

Con el ataúd, las velas y todo el cortejo.

Cualquier otro joven hubiera salido corriendo, aterrorizado.

David no.

Se quedó observándolos unos segundos.

Luego sonrió.

—¡Qué estilo!

La procesión siguió avanzando.

—¿Van a algún concierto? —preguntó David.

Nadie respondió.

—Porque si van a tocar, les cuento que conozco una discoteca donde les iría de maravilla.

Los hombres se detuvieron.

—¿Nos está invitando? —preguntó el del tambor.

—Claro.

—¿A una discoteca?

—Sí.

—¿Con el ataúd?

David se encogió de hombros.

—Cada grupo tiene su estilo.

Y así fue como la Caja Ronca terminó entrando en una discoteca de Otavalo.

El guardia vio llegar a la procesión. Todos vestidos de negro. Avanzando en perfecta formación.

Miró el ataúd.

Miró los instrumentos.

Y pensó que se trataba de la banda que debía presentarse a las tres de la mañana.

—Pasen nomás —dijo—. Si quieren, lleven el ataúd. Si no, déjenlo en la puerta.

Todos subieron al escenario con el ataúd.

La flauta empezó con un ritmo hipnótico y profundo.

El tambor la siguió con un ritmo de ultratumba.

La pista vibró.

La gente aplaudía, desbordada.

Y coreaba cada vez que el ataúd era alzado por el cortejo.

Algunos lloraban sin saber si de emoción o de miedo y nadie entendía lo que les ocurría.

A las cuatro de la mañana salieron rumbo a Espejo.

David caminaba feliz.

Los músicos avanzaban detrás.

En ese momento, David se acercó a ver la foto que estaba sobre el ataúd.

Con terror vio que la fotografía era suya.

La borrachera se le pasó en un segundo.

—Ahora sí tengo miedo —dijo en voz baja.

Después se desmayó.

—¿Está muerto? —preguntó el de la flauta.

—No —respondió el del tambor—. Solo le entró el susto.

—Es simpático —dijo un tercero—. Me agrada.

—Entonces dejémoslo que viva —exclamó el del tambor—. Pero que tiemble cada vez que escuche una flauta.

David despertó frente a la puerta de su casa.

Estaba aterrado.

Miró a todos lados.

No encontró rastro de la procesión del más allá.

Sus amigos trataban de convencerlo de que todo lo vivido había sido producto del alcohol.

Pero no tuvieron éxito.

Desde esa madrugada, David sale menos.

Mucho menos.

Y cuando escucha una flauta de madrugada cambia de acera.

Por si acaso.

Después de todo, no todos pueden decir que fueron a una discoteca con la Caja Ronca y regresaron para contarlo.

 

Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.

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