
Dorys Rueda
Mi nombre es Dolores Maldonado. Tengo 57 años y todavía hay noches en que evito mirar mucho tiempo la laguna de San Pablo. Al verla, recuerdo aquellas noches en que mis abuelitos hablaban de ella como si se tratara de alguien vivo.
Primero comenzaba mi abuelita, con voz baja:
—No es bueno caminar por ahí a las doce.
Mi abuelito completaba la frase:
—Porque hay aguas que guardan cosas.
Decían que, cuando alguien pasaba cerca del lago a medianoche, el agua comenzaba a moverse despacio aunque no hubiera viento.
Y la persona desaparecía.
Mi abuelita se persignaba al contar eso.
—El lago los absorbe —decía bajito.
Entonces mi abuelito levantaba la mirada y preguntaba:
—¿Se acuerdan del chico de la bicicleta?
Mi mamá suspiraba profundamente.
Entonces mi tío se unía a la conversación y comenzaba a contar despacio:
—Era el hijo único de una pareja de la zona. Le gustaba salir a hacer ciclismo por las noches porque el camino estaba vacío y solo se escuchaba el ruido de las llantas golpeando la tierra.
La mamá siempre le pedía que no pasara tan tarde cerca del lago. Le daba miedo esa hora.
—Regresa temprano —le decía.
Pero los jóvenes no creen mucho en esas cosas.
Esa noche salió igual.
Algunos vecinos contaron después que lo vieron pasar por la orilla cerca de las doce. Una pequeña luz de la bicicleta alumbraba el camino.
Y después… nada.
Ni el ruido de las llantas.
Ni el muchacho.
La familia comenzó a buscarlo al amanecer.
Salieron vecinos con linternas. Revisaron caminos, pajonales y quebradas. Gritaban su nombre cerca de la orilla, pero nadie quería acercarse demasiado al agua.
Dicen que el lago estaba extraño esos días.
Muy quieto, como dormido.
Tres días después encontraron al muchacho sin vida cerca de la orilla. La bicicleta apareció lejos, cubierta de lodo, como si hubiera estado bajo el agua muchísimo tiempo.
Ni bien mi tío terminó de contar eso, nadie habló durante un rato.
Solo se escuchaba el viento.
Entonces mi abuelito añadió bajito:
—El lago devuelve solo lo que quiere.
Hasta el día de hoy, cada vez que paso de noche por el Lago San Pablo, siento la necesidad de mirar rápido hacia otro lado, de no escuchar cómo el agua parece respirar en la oscuridad.
Fotografía
Patricio Buitrón Aguilar
San Pablo del Lago, 2022
