
Por Dorys Rueda
Otavalo guarda historias que se resisten a desaparecer de la memoria de sus mayores. Dicen que, hace muchos años, los duendes vivían cerca de las quebradas, las cascadas y los viejos edificios que entonces quedaban a las afueras de la ciudad.
Eran pequeños. Vestían poncho, camisa blanca y alpargatas. Sobre la cabeza llevaban un enorme sombrero de paja que los protegía del sol y de la lluvia. Desde lejos parecía que un pequeño techo caminaba entre los árboles.
Cuando el día terminaba, abandonaban sus escondites y recorrían el bosque sin prisa. Algunos se sentaban sobre los troncos caídos; otros descansaban entre las rocas o trepaban a los árboles para observar, en silencio, a quienes cruzaban por aquellos parajes.
Los ancianos contaban que algunos duendes llegaban a encariñarse con una familia. Entonces dejaban el monte y se instalaban en la casa sin que nadie los viera entrar. Al poco tiempo comenzaban las pequeñas travesuras: desaparecía una cuchara, una silla aparecía en otro lugar, una puerta se abría sola o la ropa amanecía desordenada.
No todos eran amistosos. Había algunos que disfrutaban sembrando miedo con solo dejarse ver, como el duende del teatro Apolo o el de la antigua Fábrica La Joya, recordados por su inquietante fascinación por las niñas morenas, de cabello negro y largo, y ojos tan grandes como la laguna de San Pablo.
Pero los mayores hablaban también de un duende diferente. Decían que solo aparecía en diciembre. Lo llamaban el duende de Navidad.
La primera vez que escuché hablar del duende de Navidad tenía apenas ocho años.
Mi madre y yo estábamos armando el pesebre. Mientras acomodábamos las figuras, el pequeño rebaño de ovejas que acababa de colocar junto al portal dejó de estar allí.
La busqué por toda la casa. Estaba segura de que no podía haberse esfumado así, de un momento a otro.
Abrí puertas, levanté manteles, miré debajo de las camas y hasta moví algunas sillas, convencida de que aparecería en cualquier momento. Me asomé detrás de los muebles y revisé las cajas donde guardábamos los adornos de Navidad, por si alguien la hubiera puesto allí sin darse cuenta.
Mientras iba de un lado a otro, tenía la extraña sensación de que alguien me observaba. Cada cierto momento me daba la vuelta de golpe, convencida de que sorprendería al duende antes de que escapara.
No sentía miedo.
Al contrario.
Me parecía emocionante pensar que el Duende de Navidad andaba cerca, oculto quién sabe dónde, divirtiéndose con mi búsqueda.
Pero nunca apareció.
Volví junto a mi madre con las manos vacías.
Ella sonrió con esa serenidad que siempre la acompañaba.
—¿Ves? —me dijo—. El Duende de Navidad no esconde las cosas por maldad.
La miré sin entender.
Entonces señaló el pesebre.
—A veces lo hace para recordarnos que el centro de la Navidad no son los adornos, sino el Niño Jesús.
No respondí. Volví la vista hacia el pesebre y me quedé un momento en silencio. Seguía pensando en aquellas ovejitas que habían desaparecido, pero las palabras de mi madre se quedaron conmigo.
Desde entonces, cada vez que armo el nacimiento, vuelve el aroma a canela que tanto le gustaba a ella y me sorprendo buscando aquellas pequeñas ovejitas que nunca aparecieron.
Con ese recuerdo regresa también su voz. Y vuelvo a comprender que aquella tarde mi madre no me estaba hablando solamente del Duende, sino del verdadero sentido de la Navidad.
