
Dorys Rueda
Esta leyenda me la contó mi padre, Ángel Rueda Encalada, en mayo de 1990, quien, a su vez, la había recopilado de su propio padre, don Miguel Rueda. Así comienza la historia:
En tiempos remotos, una Sirenita de extraordinaria belleza solía aparecer en la Fuente de Punyaro, justo a la medianoche. Durante una hora, su canto angelical resonaba por todo el lugar, llenando la noche de una melodía tan encantadora que cualquiera que la escuchara quedaba hechizado. Los habitantes, al despertar en sus casas, decían: “Ya empezó el concierto de la sirenita”.
Aquellos que no temían a la oscuridad se aventuraban hasta la Fuente, deseosos de verla cantar, pero ella, tímida y reservada, se escondía entre las aguas, sin dejar de entonar su música celestial.
En una ocasión, un apuesto joven, cautivado por la dulce voz de la Sirenita, decidió dirigirse a la Fuente con la esperanza de contemplarla. Aquella noche, la joven, por primera vez, se dejó ver: era mitad mujer y mitad pez. De la cintura hacia arriba, tenía el cuerpo más hermoso que el joven hubiera visto jamás, con largos cabellos que caían en suaves ondas sobre sus hombros y de la cintura hacia abajo, una larga y reluciente cola de pez que brillaba bajo la luz de la luna.
El muchacho se acercó con cautela y poco a poco una amistad especial floreció entre ellos. Se encontraban cada noche y con el tiempo, ese vínculo se transformó en un amor profundo y puro. El joven, tan enamorado de la Sirenita, nunca contrajo matrimonio, dedicando su vida a esos encuentros nocturnos en la Fuente. Vivió muchos años, pero la muerte finalmente le alcanzó en la vejez, llevándose consigo la historia de su amor secreto.
La Sirenita, inmortal y ahora sola, nunca dejó de cantar, pero tras la muerte de su amado, su canto cambió. Lo que antes era una melodía celestial, se convirtió en un lamento desgarrador que resonaba a través de la noche. Los habitantes cercanos, al escuchar su triste canción, decían con pesar: “Son los sollozos de la inmortal sirenita”.
