
Mi relación con la escritura comenzó en los años universitarios.
Luego la palabra entró conmigo al aula. Allí estaban mis alumnos, sus preguntas, los textos que leíamos y las historias que traían consigo.
Con el tiempo, creé una página web dedicada a incentivar la lectura y la escritura. Allí fui construyendo, publicación tras publicación, un lugar gratuito para los lectores.
Así transcurrieron muchos años.
Hasta que un día llegaron palabras que yo no había buscado.
Una de ellas fue biopsia.
Todo comenzó durante uno de mis controles médicos habituales. Una ecografía mostró algo que la mamografía no había revelado y mi ginecóloga recomendó realizar el procedimiento.
Salí del consultorio con miedo.
Una semana después llegó la confirmación.
Cáncer.
La primera cirugía fue un mes más tarde.
Mientras una parte de mi vida transcurría entre médicos y exámenes, la otra seguía entre páginas y proyectos.
Seguí escribiendo.
Y las palabras que durante años había compartido con mis lectores comenzaron a regresar en forma de mensajes de ánimo y cariño, incluso de personas que no conocía.
Después vinieron otras dos cirugías y más controles. Hubo días de cansancio, otros de temor y algunos en que se juntaban los dos.
Curiosamente, eran también los días en que más necesitaba escribir.
Me sentaba frente a la computadora y comenzaba una leyenda, un cuento, una reflexión o una anécdota.
Poco a poco, algo cambiaba.
El cuerpo seguía cansado, pero mi mente descansaba. El temor no desaparecía; se apartaba lo suficiente para dejar espacio a otras cosas. Una historia despertaba mi curiosidad. Dar forma a un relato me alegraba. Encontrar un buen final se convertía en una pequeña celebración.
Escribir no me pedía fuerzas.
Me las devolvía.
Había muchas cosas sobre las que apenas podía decidir: las fechas de los exámenes, los tratamientos, los resultados, lo que vendría después.
Frente a una página era distinto.
Allí podía inventar un mundo, cambiar el rumbo de una historia, provocar una sonrisa con una reflexión. Incluso podía eliminar a un personaje sin pedirle permiso a nadie.
No era poco.
Una tarde levanté la mirada y descubrí que llevaba casi una hora trabajando sin pensar en mi enfermedad.
Una hora.
Puede parecer poco. En aquellos días no lo era.
Los problemas seguían allí, pero durante ese tiempo habían dejado de ocupar todos mis pensamientos.
Han pasado tres años y tres cirugías. Los controles y los medicamentos continúan.
Yo también continúo.
Y escribo.
Hoy comprendo que, frente a una enfermedad grave, además de la atención médica y el cariño de quienes nos rodean, podemos encontrar algo que nos ayude a sobrellevar los días difíciles.
No tiene que ser la escritura.
Puede ser una canción, un libro, una caminata o una oración. Algo que nos permita descansar, aliviar la preocupación y recordar que todavía hay mucho por vivir.
Yo encontré las palabras.
No curaron mi cuerpo ni hicieron desaparecer el miedo. Pero me permitieron seguir creando, disfrutar de lo que hacía y recuperar, por momentos, la tranquilidad que tanto necesitaba.
Todavía lo hacen.
Quizá sanar también tenga que ver con eso: encontrar, aun en medio de la enfermedad, algo que nos devuelva la alegría de vivir.
Dorys Rueda, Reflexiones, Volumen III, obra inédita.
