
—¿Qué te parece?
Alguien nos muestra lo que acaba de comprar. Lo miramos. Después levantamos los ojos hacia quien espera la respuesta.
Un segundo de silencio.
—No te gusta.
—No he dicho eso.
Podemos hablar del color, de lo útil que será, de la buena compra que hizo. Pero nuestra mirada respondió primero. Las palabras llegan un poco tarde.
En otras ocasiones, los ojos detienen una frase a tiempo. Durante una reunión, alguien empieza a contar una historia que le confiamos en privado. Levantamos una ceja.
Entonces empieza a vacilar:
—Esto le pasó a… un amigo.
Hace un instante la historia era nuestra. Ahora pertenece a alguien que acaba de aparecer y que, por suerte, no está presente para dar detalles.
No todas las miradas entienden tan rápido. Saludamos en la calle a una persona que parece conocernos muy bien. Nos sonríe, pregunta cómo estamos y espera nuestra respuesta. Contestamos con entusiasmo mientras intentamos recordar su nombre.
También está la mirada que pide perdón. Interrumpimos a alguien justo cuando llegaba a lo más importante de su historia. Nos detenemos al ver sus ojos.
—Perdón, sigue.
Nos mira un instante. Luego sonríe y continúa. Nos había perdonado antes de encontrar por dónde iba.
Hay miradas que se ponen de acuerdo. Estamos en una charla que se alarga. Cambiamos de postura, consultamos el reloj y buscamos a la persona que vino con nosotros. Está mirando hacia la puerta.
Nuestros ojos se encuentran. Miramos de nuevo hacia el frente y esperamos una pausa.
Cuando llega, nos levantamos los dos.
En el pasillo, alguien nos alcanza.
—¿Qué les pareció la charla?
Nos miramos.
Un segundo de silencio.
—Ya veo —dice.
Más tarde, alguien querido nos acompaña hasta la puerta de casa. Ya nos hemos despedido. Incluso hemos dado unos pasos, pero volvemos la cabeza. Sigue allí, mirándonos.
Sonreímos los dos.
Esta vez, ese segundo de silencio no necesita defensa.
Dorys Rueda, Reflexiones Volumen III, obra inédita.
