
Hace 26 años, en la bulliciosa sala de profesores de un colegio femenino, tres colegas llegaron a una conclusión preocupante: mi vida amorosa necesitaba una intervención urgente.
Yo no compartía el diagnóstico.
Pasaba los fines de semana perfectamente feliz entre un buen libro, las películas en cable y Beto, mi encantador cocker spaniel. Tenía a Agatha Christie, las novelas de autores rusos, maratones de Star Wars y un perro que jamás discutía conmigo.
A mí me parecía una vida bastante completa.
A mis amigas, no.
Ellas veían un caso que requería atención inmediata.
Así que, armadas con una computadora enorme, que hacía suficiente ruido como para anunciar cada conexión al edificio entero, y un internet que avanzaba con la serenidad de quien no tenía ninguna prisa, me inscribieron en una página que prometía ser el lugar ideal para conocer amigos.
Yo no estaba presente.
Ese pequeño detalle no pareció preocuparles.
Con gran dedicación crearon mi perfil. Buscaban a un hombre de entre 40 y 45 años, con estudios superiores, sin compromisos y que disfrutara del cine, la pintura, la música, el fútbol y la literatura.
La selección fue rigurosa.
Demasiado rigurosa.
—Este parece interesante, pero ¿qué hacemos con esa barba?
—Miren este. Tiene buena sonrisa.
—Sí, pero esos lentes…
Lo decía una de ellas mientras se acomodaba los suyos.
En pocos minutos, la sala de profesores dejó de parecer una sala de profesores y se convirtió en un comité de selección matrimonial. Faltaban únicamente las carpetas de méritos y las entrevistas personales.
Hasta que apareció Héctor.
—Este es —sentenciaron.
Y las tres estuvieron de acuerdo, cosa bastante más extraordinaria que encontrar al candidato.
Al terminar mi jornada, cuando ya estaba lista para regresar a casa, mis compañeras me llevaron a la sala de profesores. Una de ellas, incapaz de disimular el entusiasmo, hizo el anuncio:
—Dorys, tenemos una sorpresa para ti. Un buen proyecto.
La palabra proyecto debió ponerme sobre aviso.
Me explicaron lo de la página, el perfil que habían creado sin mi participación y, finalmente, su decisión.
—Hemos elegido al mejor. Se llama Héctor y es profesor de Matemáticas.
Ahí comenzaron mis dudas.
Podía aceptar una cita a ciegas. Lo que no sabía era si estaba preparada para una ecuación.
—Solo espero que sepa hablar de literatura —les advertí—. Si en la primera cita saca una fracción, me voy.
Mis amigas consideraron que exageraba.
Yo consideré que ellas no conocían suficientemente bien mi relación histórica con las matemáticas.
El día de la cita llegó un viernes de enero. Tomé un taxi y, durante el trayecto, me arreglé un poco el cabello y me pinté ligeramente los labios mirándome en el espejo retrovisor.
Llegué a una cafetería en la avenida Amazonas y Mariana de Jesús.
Entré algo nerviosa y miré alrededor.
Todos estaban en pareja o en grupo, excepto un hombre que permanecía solo junto a la barra.
Era alto y tenía una elegancia discreta. Llevaba un abrigo negro impecable y, sobre la barra, había dos rosas rojas, colocadas como si esperaran su momento para entrar en escena.
Pensé que debía ser él.
Y justo entonces el pianista comenzó a tocar.
La escena tenía algo de película. Solo faltaba que alguien gritara «acción».
Me miró, se levantó y, después de saludarnos, me entregó las flores con una sonrisa que consiguió disminuir mis nervios.
Nos sentamos.
Héctor empezó a hablar de Bach y de música clásica.
Ni una ecuación.
Ni una raíz cuadrada.
Respiré tranquila.
Tal vez mis amigas sabían lo que estaban haciendo.
Yo le hablé de literatura, de sueños y del Aucas, «el ídolo del pueblo». Él, hincha de El Nacional, decidió no discutir. Primera señal de que aquello podía funcionar.
La conversación avanzó sin esfuerzo, tranquila, sin prisas.
Y aquella primera cita tuvo una segunda.
Después otra.
Y muchas más.
Durante dos años compartimos cenas, cine, conciertos, exposiciones de arte, partidos de fútbol y largas conversaciones. Héctor, además, tuvo la delicadeza de no someterme jamás a una prueba de Matemáticas.
Finalmente nos casamos y seguimos compartiendo el gusto por el arte, la música, el fútbol, el cine y la literatura.
En el fútbol, cada uno con su equipo.
De matemáticas no hablamos.
Hemos descubierto que todo matrimonio necesita ciertos acuerdos fundamentales, y esos son algunos de los nuestros.
Aquel «buen proyecto» de mis amigas sigue funcionando veintiséis años después.
Sin necesidad de actualizaciones.
Dorys Rueda
Agosto, 2026.
