
Mi amiga siempre llevaba una baraja en la cartera.
No era para jugar.
Leía el futuro.
O, por lo menos, eso decía.
En la oficina éramos todas mujeres y, desde que comenzó a leernos las cartas, la hora del almuerzo cambió por completo. Antes queríamos saber qué había de comer. Después queríamos saber qué nos deparaba el destino.
La comida perdió importancia.
Bastaba que mi amiga sacara la baraja para que nos reuniéramos a su alrededor. Mezclaba las cartas, las extendía sobre la mesa y comenzaba a estudiarlas con una concentración que imponía respeto.
De vez en cuando fruncía el ceño.
Eso siempre preocupaba.
—¿Qué pasa?
Ella volvía a mirar las cartas.
—Esperen.
Y esperábamos.
Las más interesadas eran, por supuesto, las que tenían algún problema amoroso. Querían saber si él volvería, si aparecería alguien nuevo, si aquel silencio significaba algo o si las cartas veían un futuro más prometedor.
Mi amiga siempre encontraba algo.
Yo no estaba demasiado convencida de sus poderes.
Al principio aquellas sesiones me divertían. Con el tiempo comenzaron a cansarme. Las consultas sobre amores, trabajos y futuros todavía por estrenar parecían no terminar nunca.
Entonces se me ocurrió una manera de demostrarle que no hacía falta ningún don especial para acertar con una baraja.
Le dije que yo también sabía leer las cartas.
Su reacción fue inmediata.
—¿Tú sabes?
—Claro.
Lo dije con una seguridad que no tenía ninguna relación con la verdad.
—¡Léemelas!
—Aquí, imposible.
—¿Por qué?
Necesitaba una respuesta.
—Hay demasiadas distracciones.
Mi amiga miró alrededor.
Yo continué, ya metida en el personaje.
—Para hacer una buena lectura necesito tranquilidad. Un lugar sin preocupaciones, sin estrés… donde circule energía positiva.
—Entonces ven el fin de semana a mi casa.
Acepté.
Pero yo no sabía leer las cartas.
Ni siquiera sabía qué cartas se utilizaban para leerlas.
Así que me puse a investigar.
Averigüé qué barajas se utilizaban, cómo se mezclaban y qué rituales acompañaban una lectura.
Si iba a ser una falsa cartomántica, por lo menos tenía que prepararme para el papel.
El fin de semana llegué a la casa de mi amiga.
Había investigado.
Creía haber previsto casi todo.
Menos un pequeño detalle.
No tenía baraja.
—Olvidé mis cartas —dije con toda la naturalidad que pude—. Préstame las suyas.
Mi amiga fue a buscarlas.
Las cartas que había olvidado, por supuesto, no existían.
Tomé la baraja y la mezclé siete veces. Había leído que debía hacerlo así y, a esas alturas, respetaba escrupulosamente las reglas de una práctica en la que no creía.
Después puse las cartas boca abajo.
—Ahora baraja tú.
Lo hizo.
Comencé por el pasado.
Miré las cartas con mucha atención.
No entendí absolutamente nada.
—Has sufrido mucho.
Mi amiga asintió.
Habíamos empezado bien.
Volví a mirar las cartas.
—También veo a alguien…
—¿Un hombre?
Eso facilitaba bastante las cosas.
—Sí. Un hombre.
—¿Quién?
Eso ya las complicaba.
Me concentré en la baraja.
—Todavía no aparece con claridad.
Continué con una sorpresa próxima, algunos cambios y mejores oportunidades en el trabajo.
Mi amiga estaba encantada.
Yo también.
El experimento había funcionado.
Había llegado el momento de confesar.
—Ahora tengo que contarte una cosa…
No alcancé a terminar la frase.
Su padre entró en la habitación.
Miró las cartas sobre la mesa.
—Usted lee la baraja.
No era una pregunta.
—Léame a mí.
Intenté excusarme, pero no hubo manera.
Volví a tomar las cartas.
Mi amiga se quedó junto a nosotros, pero desde el principio hizo como si aquella lectura no fuera con ella.
Mientras barajaba, miré de reojo a su padre. Tenía cierto aire de conquistador y yo necesitaba urgentemente por dónde empezar.
Extendí las cartas.
—Aquí veo amores.
Él sonrió.
Mi amiga siguió haciéndose la desentendida.
Hablé de algunas historias del pasado, de conquistas y desventuras sentimentales. Él escuchaba y, de vez en cuando, asentía.
Yo empezaba a preocuparme por mi propio éxito.
Llegó el presente.
Miré una carta.
Luego otra.
—Aquí aparece una mujer.
Él me miró.
Hice una pausa.
—Pero no es su esposa.
Silencio.
Mi amiga continuó como si no hubiera oído nada.
A esas alturas ya no sabía si estaba leyendo las cartas o buscando problemas.
—Ese romance no va a terminar bien —continué—. Lo mejor que puede hacer es reconquistar a su esposa.
Su padre me observó unos segundos.
Entonces soltó una carcajada.
—Veo que usted tiene habilidad con los naipes.
Después de aquello, ya no supe cómo confesar que toda la lectura había sido inventada.
Mi amiga siguió convencida de sus poderes.
Y desde aquel día, también de los míos.
