
Corría 1987 y yo cursaba el último semestre de Literatura en una universidad de Quito. Una de las asignaturas más difíciles era Lingüística.
La impartía un sacerdote español, doctor en Letras, reconocido por sus conocimientos y por una disciplina que nadie se atrevía a poner a prueba. Años más tarde sería nombrado rector de la universidad.
Éramos menos de veinticinco estudiantes y teníamos una curiosa manera de distribuirnos en el aula.
A la derecha se sentaban los bohemios, los inconformistas, los que siempre tenían algo que discutir, incluso cuando estaban de acuerdo. A la izquierda nos acomodábamos los más formales y tradicionales, aunque tampoco éramos precisamente unos santos.
En medio quedaba una fila de pupitres vacíos.
Los de la derecha parecían dispuestos a cambiar el mundo. Los de la izquierda preferíamos, por lo pronto, aprobar el semestre.
Nunca supimos quién había establecido aquella distribución, pero todos la respetábamos.
Recuerdo que, durante la segunda semana de clases, encontramos a una compañera nueva, sentada tranquilamente en uno de los pupitres del medio.
Me acerqué y, con toda delicadeza, le puse las manos sobre los hombros y la conduje hacia nuestra fila.
—Ven, siéntate aquí.
Me miró desconcertada.
—¿Y por qué?
—En el descanso te explicamos.
Y le explicamos bien.
Jamás volvió a sentarse en el medio.
Años más tarde sería rectora, durante décadas, de una prestigiosa institución secundaria.
Lo curioso era que aquella división solo existía dentro del aula. Terminaban las clases y todos nos reuníamos en la cafetería de la universidad, donde compartíamos mesa, conversaciones, bromas y discusiones. Los fines de semana coincidíamos en las fiestas y, durante los feriados, organizábamos asados.
Pero regresábamos a clases y cada cual ocupaba nuevamente su sitio.
Los inconformistas, a la derecha.
Los formales, a la izquierda.
Y en medio, nadie.
En aquellos años, profesores y estudiantes fumábamos dentro de las aulas con una naturalidad que hoy resultaría difícil de imaginar.
Durante las clases, los de una fila pedíamos cigarrillos a los de la otra. A veces bastaba una seña para que alguien nos pasara uno. Otras veces nos levantábamos a buscarlo.
Los profesores también fumaban, cómodamente sentados. Pero ni a ellos se les ocurría ocupar los pupitres del medio. Para eso preferían su escritorio.
Con el padre de Lingüística, sin embargo, las cosas cambiaban. Nadie encendía un cigarrillo, se levantaba para pedirlo ni hacía señas a la otra fila.
Hasta los más inconformistas guardaban una disciplina ejemplar.
Aquella mañana, la clase transcurría con la seriedad acostumbrada. El padre explicaba y nosotros escuchábamos.
De pronto, una compañera de la fila de los bohemios sacó un papelito, lo dobló y se lo pasó al muchacho que estaba detrás.
Él lo recibió y, sin abrirlo, se lo entregó a otra compañera.
Ella sí lo leyó.
Negó con la cabeza.
Y pasó el papelito al siguiente.
El procedimiento se repitió de pupitre en pupitre.
Los hombres lo recibían y lo entregaban sin leerlo. Las mujeres lo abrían, miraban su contenido y respondían con el mismo movimiento de cabeza.
No.
Desde nuestra fila observábamos aquel extraño intercambio. Al principio mirábamos de reojo. Después, prácticamente habíamos abandonado la Lingüística para seguir el recorrido del papelito.
¿Qué podía decir aquel mensaje que los hombres no leían y las mujeres rechazaban?
El padre continuaba explicando.
O eso creíamos.
El papelito llegó al último estudiante de la fila de los bohemios. El muchacho se levantó, cruzó el espacio de los pupitres vacíos y se acercó a la última compañera de nuestra fila para entregárselo.
Estaba a punto de hacerlo cuando escuchamos la voz del padre.
—Un momento.
El muchacho se detuvo.
—¿Qué lleva allí?
—Un papelito, padre.
—Eso ya lo veo. ¿Qué dice?
—No sé.
—¿Cómo que no sabe?
—No lo he leído.
El sacerdote extendió la mano.
—Entréguemelo, por favor.
Mi compañero obedeció.
El padre tomó el papelito, lo desdobló y comenzó a leer.
Primero se le puso roja la cara. Después el color le subió a la frente y continuó avanzando por la cabeza.
Como tenía bastante calvicie, pudimos seguir el recorrido del rubor sin ninguna dificultad.
En pocos segundos estaba rojo hasta la coronilla.
Nosotros no entendíamos nada.
El sacerdote terminó de leer, dobló cuidadosamente el papelito y levantó la mirada.
—Lo siento —dijo.
Hizo una pausa.
—Nunca más abriré algo que no esté dirigido a mí.
Dejó el mensaje sobre su escritorio y continuó la clase.
Nosotras seguíamos sin saber qué decía aquel papelito, pero tampoco nos atrevíamos a preguntar.
Tuvimos que esperar hasta que terminara la hora de clase.
Apenas salió el padre, cruzamos la fila de pupitres vacíos y nos acercamos a las compañeras de la derecha. Una de ellas había recuperado el papelito del escritorio del profesor.
—¿Qué decía? —preguntó una de nosotras.
La compañera sacó el papelito y nos lo entregó.
Lo desdoblamos y una de nosotras leyó en voz alta:
—«Abran solo las mujeres. ¿Alguien me puede ayudar con una toalla higiénica?»
Los compañeros varones, que habían pasado el papelito durante toda la clase sin abrirlo, por fin se enteraron de qué se trataba.
El único hombre que lo había leído antes que ellos era el padre.
