
Tenía 18 años cuando comencé a trabajar como secretaria en el departamento de redacción de un diario de Quito.
La sala de redacción me fascinó desde el primer día. Sonaban los teléfonos, los periodistas entraban y salían, las voces se cruzaban y siempre había una noticia que debía cerrarse a tiempo. Yo observaba aquel movimiento tratando de aprenderlo todo.
Mi jefe era don Lincoln Larrea Benalcázar, un periodista de larga trayectoria, serio, de mirada crítica y presencia imponente. Al principio me intimidaba. Tanto, que antes de acercarme a su escritorio ensayaba mentalmente lo que iba a decirle, por si los nervios decidían adelantarse.
Apenas llegué, me asignó una tarea que no figuraba precisamente entre las funciones habituales de una secretaria. Me entregó un viejo libro de astrología.
—Usted va a escribir el horóscopo.
No recuerdo haberle preguntado qué lo había llevado a pensar que, a mis 18 años, estaba preparada para semejante trabajo.
Acepté.
El libro contenía predicciones para los doce signos del zodiaco. Al principio lo utilicé como referencia, pero pronto investigué, leí y terminé escribiendo los míos.
A Aries le recomendaba controlar sus impulsos y a Tauro le pedía prudencia con el dinero. A Géminis le anunciaba cambios; a Cáncer le hablaba del amor; a Leo le aconsejaba moderar el orgullo y a Virgo le sugería que no se preocupara tanto. Yo, mientras tanto, con 18 años, todavía estaba tratando de averiguar qué hacer con mi propia vida.
Pero cada mañana repartía amor, dinero, viajes, encuentros inesperados y alguna que otra advertencia entre los doce signos con admirable tranquilidad.
Y firmaba: Doris.
Todo marchó bien durante algún tiempo, hasta que una mañana recibí una llamada desde la recepción.
—¿Doris?
—Sí.
—¡Por fin puedo hablar con usted!
Aquello me desconcertó. La joven que estaba al otro lado de la línea comenzó a felicitarme.
—Sus horóscopos son exactísimos. Todo lo que usted dice me pasa.
Eso empezó a preocuparme. Ni siquiera a mí me pasaba todo lo que yo decía.
Me contó que mis predicciones coincidían de manera sorprendente con lo que ocurría en su vida y que incluso la ayudaban a tomar decisiones. Yo la escuchaba entre halagada y alarmada, hasta que llegó la pregunta:
—¿Usted también lee las cartas?
—No.
—¿La mano?
—Tampoco.
Hubo una pequeña pausa.
—¿Y el café?
A los 18 años, lo único que yo sabía hacer con el café era tomarlo.
Intenté explicarle que no ofrecía consultas. Ella parecía decepcionada. Había llamado convencida de que detrás de aquellos horóscopos existía una mujer experimentada, conocedora de los secretos del destino, capaz de mirar una taza y anunciar matrimonios, viajes, fortunas y desgracias.
No tuve valor para decirle que la gran astróloga del diario era una muchacha de 18 años sentada frente a una máquina de escribir.
Me despedí como pude y fui directamente donde don Lincoln.
—Tenemos un problema.
Le conté la llamada. Las cartas. La mano. El café. Y mi preocupación ante la posibilidad de que otros lectores también quisieran consultar personalmente a aquella misteriosa mujer que conocía su futuro.
Don Lincoln me escuchó con seriedad. Yo esperaba una solución acorde con la gravedad del caso.
—Póngase un seudónimo.
Eso fue todo.
Regresé a mi escritorio pensando en un nombre que pudiera ocultar mi identidad y entonces recordé algo ocurrido años antes, durante mi época escolar en Estados Unidos.
Al inscribirme en el colegio, alguien había cometido un error al escribir mi nombre. En lugar de Doris, puso Dorys. Una y donde debía ir una i. Nadie lo corrigió. El error pasó de un registro a otro con tanta eficacia que terminó incluso en mi diploma de bachillerato.
Años más tarde, aquella equivocación me pareció la solución perfecta.
Dorys.
Ahí estaba mi seudónimo.
Doris era yo. Dorys sería la misteriosa autora del horóscopo. Solo nos separaba una letra, pero yo estaba convencida de que nadie lograría relacionarnos.
Volví muy satisfecha donde don Lincoln.
—Ya tengo el seudónimo.
—A ver.
—Dorys.
Don Lincoln esperó.
—¿Dorys qué?
—Dorys. Con y.
—Pero usted se llama Doris.
—Sí. Con i.
Me miró. Miró el papel donde yo había escrito mi flamante seudónimo. Volvió a mirarme.
—Ah.
Y se echó a reír.
Luego hizo un gesto con la mano.
—Bueno, Dorys. Vuelva a trabajar.
Y volví.
Durante un año, los horóscopos del diario aparecieron firmados por Dorys. Cuando dejé aquel trabajo, me llevé el nombre conmigo. Con él firmé mis primeros artículos y, años más tarde, mis libros.
Quise esconderme cambiando una letra.
Y terminé encontrando mi firma.
