Llovía cuando la camioneta tomó el camino hacia Cotacachi.

En el balde llevaban un ataúd.

Varios jóvenes regresaban desde Otavalo. La cabina iba llena y uno de ellos tuvo que viajar atrás, junto al féretro.

Al principio soportó la lluvia como pudo, pero pronto el agua comenzó a caer con más fuerza.

—Así voy a llegar empapado —dijo.

Miró el ataúd.

Estaba vacío.

Levantó la tapa y, sin pensarlo demasiado, se metió dentro para protegerse del agua.

La camioneta continuó su camino.

El muchacho escuchaba desde allí el ruido del motor, las ruedas sobre la carretera mojada y la lluvia golpeando la madera.

Al llegar al partidero de Cotacachi, los faros iluminaron a una mujer que caminaba sola bajo la lluvia.

Era joven, extranjera y vestía de blanco.

El conductor disminuyó la velocidad.

—¿La llevamos?

Los demás estuvieron de acuerdo.

La mujer se acercó y preguntó si podían llevarla hasta Cotacachi.

—Suba atrás —le dijeron.

Ella subió al balde.

Lo primero que vio fue el ataúd.

Se quedó mirándolo unos segundos, pero no preguntó nada. Buscó dónde acomodarse y la camioneta volvió a ponerse en marcha.

No sabía que dentro había alguien.

Pasaron varios minutos.

Encerrado en el ataúd, el muchacho comenzó a sentirse incómodo. El aire era escaso y, por el ruido que escuchaba afuera, no podía saber si seguía lloviendo.

Decidió comprobarlo.

Levantó un poco la tapa y por la abertura apareció su mano.

La muchacha gritó y por alejarse del ataúd, perdió el equilibrio y cayó de la camioneta.

El conductor frenó.

Todos bajaron y corrieron hacia ella.

El muchacho salió del ataúd desconcertado.

—¿Qué pasó?, preguntó.

Nadie respondió.

La joven había quedado tendida en la carretera.

Durante algún tiempo se habló de lo ocurrido.

Después comenzaron a escucharse otras historias.

Los conductores que recorrían por la noche el camino hacia Cotacachi aseguraban haber visto a una joven extranjera, vestida de blanco, empapada, caminando sola al borde de la carretera.

Uno de ellos regresaba una noche cuando la distinguió bajo la luz de los faros.

Estaba sola.

Disminuyó la velocidad y bajó la ventana.

—Señorita, ¿va a Cotacachi?

La mujer se acercó.

—Sí. ¿Puede llevarme?

—Suba.

Ella abrió la puerta y se sentó a su lado.

El conductor arrancó.

Durante un rato avanzaron en silencio. De vez en cuando él la miraba de reojo. La joven mantenía la vista fija en la carretera.

—¿Vive en Cotacachi? —preguntó.

—No.

—¿Está de visita?

La mujer volvió el rostro hacia la ventana.

—Solo quiero llegar.

El hombre no preguntó más.

Continuaron avanzando.

Unos minutos después, quiso avisarle que estaban cerca.

—Señorita…

No obtuvo respuesta.

Volvió la cabeza.

El asiento estaba vacío.

El conductor frenó.

Miró hacia atrás, pensando que quizá la mujer había abierto la puerta sin que él se diera cuenta.

No había nadie.

Bajó del vehículo y recorrió con la mirada la carretera.

Solo escuchó el ruido de la lluvia.

Aterrado, regresó al vehículo y continuó el camino.

Cuando contó lo sucedido, otros conductores dijeron haber visto a la misma mujer.

Algunos se habían detenido para llevarla.

Otros habían preferido seguir de largo.

Con los años, quienes transitaban por aquel camino terminaron dándole un nombre.

La llamaron “La Gringa de Cotacachi”.

 

Dorys Rueda, Leyendas, historias y casos de mi tierra Ecuador, Volumen II.

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