Entraba y todos volvían la cabeza para mirarla.

Alta, delgada, hermosa.

Había sido reina de belleza.

Yo también la miraba.

Una noche, mientras estábamos juntos, sonó el teléfono.

Contestó.

Era un bombero estadounidense con quien había tenido una relación cuando estuvo en la base de Manta.

Ahora llamaba desde Holanda.

Bastante lejos.

Pero aquella noche no lo suficiente.

Ella comenzó a hablar en inglés.

Supongo que pensó que yo no entendería.

No sabía que yo también hablaba inglés.

—Don’t call me —le decía.

No me llames.

Eso decían las palabras.

El tono decía otra cosa.

Se reía.

Coqueteaba.

Y aquel don’t call me se parecía cada vez más a call me.

Yo, a su lado, entendía todo.

Demasiado.

Ella seguía hablando.

Yo seguía entendiendo.

La conversación se alargó.

Mucho.

Más de lo que yo estaba dispuesto a esperar.

Cuando finalmente colgó, quiso continuar donde habíamos quedado.

Pero algo se había quedado en aquella llamada.

A mí se me habían ido las ganas.

El bombero estaba en Holanda.

A miles de kilómetros.

Y desde allá había conseguido hacer lo que mejor sabía:

apagar el incendio.

Dorys Rueda, Historias que me contaron, obra inédita.

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