
Por Dorys Rueda
He adaptado esta leyenda de distintas versiones de la tradición oral de la provincia de Napo, conservando los acontecimientos y elementos fundamentales del relato. Entre las fuentes consultadas se encuentran la recopilación de Santiago José A. Valarezo, publicada en La selva, los pueblos, su historia (2002), y la versión compilada por Gustavo Dávila Hidalgo en Mitos y Leyendas Ecuatorianas (2015).
Muchos años antes de la sublevación del cacique Jumandy, en las tierras donde hoy se encuentra la parroquia de Pano, vivía una comunidad de familias quijos procedentes de Archidona.
Allí nació el hijo de un curaca, a quien llamaron Pano.
Por aquellos mismos días, en la comunidad de El Calvario, otro cacique celebraba el nacimiento de una niña. Le pusieron por nombre Tena.
Los niños crecieron sin conocerse.
Con los años, Pano se convirtió en un joven fuerte, diestro en el manejo de las armas y acostumbrado a recorrer la selva. Tena era conocida por su belleza.
Una mañana, Pano salió de cacería con varios compañeros. Después de varias horas de camino, llegaron a la orilla de un río y decidieron descansar junto a un remanso.
Mientras compartían el último mate de chicha, escucharon las risas de unas muchachas que se bañaban en el río. Entre ellas estaba Tena.
Sus miradas se encontraron.
Desde entonces, comenzaron a reunirse junto a un gran árbol de caoba, en un recodo del río. Allí conversaban durante largas horas.
Pero el secreto no duró mucho.
El padre de Tena se enteró del romance y prohibió los encuentros. Su hija estaba prometida al hijo de otro curaca, cuya comunidad se encontraba en las cabeceras del río Misahuallí.
No permitiría que aquel compromiso se rompiera.
Desde entonces, Tena dejó de acudir al árbol de caoba.
Pano continuó esperándola.
Cada día regresaba al lugar de sus encuentros y permanecía allí hasta que comenzaba a oscurecer.
Tena no aparecía.
El joven dejó de participar en las cacerías. Hablaba poco, se apartaba de los demás y comenzó a perder las fuerzas. Su familia, preocupada por aquel mal que no dejaba heridas visibles, acudió a los chamanes de la comunidad.
Los hombres se reunieron para beber ayahuasca y buscar una explicación.
Uno sostuvo que un poderoso brujo le había enviado un virote, un dardo de maldición capaz de enfermar a una persona.
Otro sospechó que un supay, un espíritu maligno, se había apoderado de su cuerpo.
Un tercero dio una explicación distinta.
Pano estaba enamorado.
Intentaron aliviar su sufrimiento, pero el joven continuó debilitándose. No recibía noticias de Tena ni sabía si volvería a verla.
Un día caminó hasta un lugar donde el río descendía con fuerza entre las piedras.
Se detuvo frente a la corriente.
Y se arrojó al agua.
Los remolinos lo arrastraron río abajo.
Pasó algún tiempo.
Una tarde lluviosa, Tena se encontraba en su casa tejiendo una ashanga, la canasta utilizada para transportar los productos de la chacra.
Entonces un pingullo pishco se posó en una rama cercana y comenzó a cantar.
Tena escuchó.
En aquel canto comprendió que Pano había muerto.
Salió de su casa y huyó por los senderos de la selva.
Finalmente llegó a la orilla de un río.
Allí se detuvo.
Después se arrojó al agua.
La corriente la arrastró entre piedras y remansos. Su cuerpo desapareció río abajo.
Pero la historia de los dos jóvenes no terminó allí.
Cuenta la leyenda que Pano se fundió con las aguas del río, que desde entonces lleva su nombre.
Tena también se convirtió en corriente.
Un día, bajo el sol de la Amazonía, las aguas de ambos ríos se encontraron.
Desde entonces, el río Pano entrega sus aguas al río Tena y ambos continúan juntos su recorrido por la selva.
Los dos enamorados no volvieron a encontrarse bajo el árbol de caoba.
Se encontraron en el agua.
Y allí permanecen.
Imagen ilustrativa creada con inteligencia artificial.
